27 de enero de 2015

Cardenales

Pero esta vez ella lloró y a nadie pareció extrañarle, pues estaban enterrando al hombre que hasta ayer había sido su esposo.  Las lágrimas de mamá, calmadas pero abundantes, parecían brotar de todo su cuerpo, empapándole la carne y los huesos.  

No, a nadie le extrañó que mamá llorara, solo a mí, que nunca antes la había visto llorar. Y vaya que tenía motivos para hacerlo… Y yo también lloré. Pero no por el padre muerto, sino por las lágrimas de mamá, por las desconocidas lágrimas que por tantos años  mamá había guardado como cardenales en la piel de su alma…

3 comentarios:

Edurne dijo...

Llego, ya llego...
Emocionan las lágrimas, sorprenden, acongojan, amedrantan, desconciertan...
Y más si antes no se había llorar a la persona que las derrama sin pudor alguno.

Yo lloro todos los días. Mucho. siempre he llorado, soy de lágrima fácil, llorona... Pero ahora mis lágrimas llevan mucho concentrado.

Comprendo las lágrimas, las mías y las ajenas.

Triste pero bello relato.

Un super abrazo!
;)

Beauséant dijo...

tenemos una cantidad de lágrimas, algunos las gastan muy rápido y se acaban quedando secos y otras personas las atesoran y las dejan caer muy de vez en cuando.. con la valentía pasa lo mismo, creo.

Castigadora dijo...

Los moretones que más duelen son aquellos que no podemos llorar. Me llegó la madre y el hijo en tan solo dos párrafos. No has perdido tu toque.

Un placer pasar a leerte.

Besos