18 de enero de 2009

La literatura no existe, Juan

Y es por esas palabras tuyas, que parecen literatura, por lo que siempre regreso. Pero esta vez no, Juan, esta vez no voy a volver. Porque la literatura, a lo más, dura unos pocos días, un par de noches en que suena en mi oído, y la dicha parece que es verdad. Pero los días, Juan, son muy largos para que la literatura alcance a llenarlos, y a ti se te olvidan o cansan, yo que sé, los días con finales felices. Porque la literatura no existe, Juan, ésa, al menos no. Si la escribieras tú, Juan, la literatura -como dices siempre que lo harás- no sería bonita, sería más bien dura, Juan, punzante, filuda. Como hoy por la mañana, como tantas mañanas, Juan, en que tempranito se te olvida la literatura que me susurras al oído por la noche. Y yo, tan como si nada, tengo que aguantarme todo ese desprecio tuyo, que siento no me merezco, porque lo único que he hecho es quererte, tontamente quererte, Juan, que es como se quiere cuando no se pasa el amor por la cabeza. Es fea la literatura tuya, Juan, ya no me gusta, porque es de mentira, aunque suene bonito. Por eso, esta vez no voy a volver. Ni con rima, Juan. Esta vez no vuelvo. Y no vuelvo, porque se necesita mucho más que literatura en la oreja por las noches para querer a alguien. Una necesita un verso también, de vez en cuando, a lo largo de las largas horas del día, porque no te imaginas, Juan, lo interminables que se hacen las horas cuando, aunque tú estés, me siento más sola que la una, y es esa soledad de vacío que no sé explicar con palabras (que la literatura –como tú te empeñas en decirme- no es lo mío, que ese es tu terreno, y mira adónde fuimos a parar), la que me va llevando a la tristeza. Por eso, Juan, me voy, porque la tristeza cansa, no sabes cuánto. Me voy porque no existen los finales felices, eso ya lo entendí, pero al menos, si me voy y no vuelvo, será un solo y último final, y no uno cada día (y a veces, uno cada hora, Juan…). Y me voy ahora, Juan, que aún te quiero un poco, así el recuerdo tuyo será menos amargo. Porque si me voy cuando ya no te quiera nada, ni eso quedará, Juan, ni un miserable recuerdo tuyo. Y sabes, de sobra sabes, que eso ocurrirá, porque tú mismo me dijiste -cuando era el tiempo en que creíamos en los finales felices y para siempre- que uno quería a quien admiraba. No, no dijiste “quería”, dijiste “amaba”, que ya casi se me olvida este verbo. Y eso pasa, Juan, que ya no te admiro, por eso sé que no voy a volver, porque cada día te pareces más a uno de esos personajes que no importan… Juan.

17 comentarios:

Edurne dijo...

Vaya, me he quedado así... y Juan, y su literatura, tendrán algo que decir a todo esto?
Lo dudo, seguro que ya se le ha acabado toda esa "literatura" y como dice ella, tan sólo sabe escribir finales, uno cada hora, cada minuto probablemente...
Qué penita me dio!
Un super abrazo (sin literatura, pero eso sí, lleno de letras!)

Terapia de piso dijo...

Existen los finales felices, son pocos y cuando los vivimos no nos damos cuenta porque muchas veces continuamos la historia con amargura. Y empieza de nuevo la incertidumbre.

José Roberto Coppola

Nacho Hevia dijo...

lo más duro de las palabras, su mayor prueba, es que demuestren su verdad...porque están cargadas de obsesión, de calma, de dolor... son tantos los abalorios que las acompañan que nunca se muestran desnudas, hay que desgranarlas, y ese es un trabajo muy duro,incluso cuando son las nuestras

las tuyas, hermosas

endina dijo...

yo llegue a creer que para amar a alguien hace falta admirarle, ahora no se si realmente es asi, porque supuestamente existe el amor para siempre pero estoy convencida de que no puedes admirar a alguien para siempre, al cabo d un tiempo acabas por acostumbrarte tanto a la genialidad de alguien que te parece pura rutina llenarte de su arte...

Castigadora dijo...

Ha sido duro de leer! Pero el estilo reflejaba todo el "desespero" que podía sentir

Gran relato, gran manera de contarlo

Besos

Diego dijo...

Admirable, Fabián, una sinceridad insultante, y ese "Juan" que se repite como una súplica... Me gustan los relatos en segunda persona, siempre lo digo, también por eso disfruté tanto con esta lectura. "Y me voy ahora, Juan, que aún te quiero un poco..." Hay que tener mucho valor para decir y hacer eso. Un abrazo.

Bitter dijo...

precisamente por eso me gusta la literatura, porque es de mentira....

martin dijo...

joder, llego aquí me topo con tu primera línea, y yo que me llamo Juan y me quiero dedicar a la literatura en cuerpo y alma y me sueltas que no existes, a mí y sólo a mí. Y me dejas planchado.

Málaga, 22 de enero.

Javier dijo...

Tristancio, y ¿qué decirte? ¿qué opinar sobre este texto más que me llenó los huesos de asombro y sentimiento. Y es verdad, y cuan cierto, que sin admiración no hay sentimiento, y que la literatura existe, pero tiene patas de vidrio, y que no alimenta si no le ponés una foto de color en la tapa ... y Juan... lo veo solo bajo un techo de chapa caliente... masticando tabaco y releyendo sus versos, siempre los mismos, y haciéndo una mueca de "yo tenía razón... yo tengo razón, allá ella..."

Genial entrada señor, genial por dónde se la mire!

Un gran abrazo!

FER dijo...

Vaya, las palabras finales son de una dureza como hacía tiempo que no veía... "cada día te pareces más a uno de esos personajes que no importan".

Muy bueno, sí señor.

ybris dijo...

Y lo malo no es la literatura sino quedarse sólo en literatura.
Se quedará solo.
Seguramente porque se lo merece.

Abrazos.

LILITH dijo...

Por eso, esta vez no voy a volver. Ni con rima, Juan.

Esta frase me encantó, rompió un poco la tristeza resignada del poema y me provocó la sonrisa.

Los literatos (me incluyo) a veces (sólo a veces) vivimos en un mundo paralelo, pero yo creo que ella no era la persona adecuada, aquella con la que te apetece vivir en vez de escribir, la que no convertirías jamás en muso/a.

Beauséant dijo...

hay que escapar antes de que todo estalle en nuestra cara, cierto..

pero se necesita un detector muy afinado para saber cuando llega ese momento :)

tomás dijo...

sublime, tristancio.

sublime.

Santiago Paz dijo...

La moraleja: uno no es su literatura. La literatura que uno tiene que lograr debe salir de uno, y en algun punto, poder ser dos seres que viven en simbiosis. Como el alma al cuerpo, la literatura debe habitar en uno y habitar uno en la literatura para que sea real, personal, un sello indeleble.

Y a todo esto, dejeme decirle, profe, que no sé como le hago, pero la cosa es que a veces, es bien visceral y sólo necesita salir. Yo solo le doy el empujon.


Un abrazo.


Santiago.


P.S: Tengo un cuentito, ya que me ha reclamado que me he puesto muy "poeta".

Manuel dijo...

Uyyyyy!! me llegó tu historia... Creo haber sido un Juan, un iluso Juan.... "Los finales tristes son los mejores", leí en un graffiti hoy... La literatura existe en esa conexiones metatextuales... Me llevaré tu cuento impreso en una hoja. Un abrazo amigo!

Claudio Cactus dijo...

Eso de andar echándole la culpa a un literato, si la que vivía en ficciones era la otra.

Se escribe para dejar que las ideas tengan vida propia, den vueltas. El problema es de los terceros fantasiosos involucrados. Pero bueno, dicen que las cosas también tienen vida propia si se les despierta el ánima; hay algunos que se despiertan en cada mundo.

Por cierto, no existen historias felices, ni felicidad; existen hombres o mujeres felices... escuché por ahí, pero no he conocido a ninguno.

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Oye y sí poh, pa´ k te digo algo así como k frases buenas o k k cosa, desgraciado. Y bueno, la literatura se mide por el placer, y por placer vuelvo, desgraciado.