18 de mayo de 2009

Don Mario

A don Mario lo conocí por la Isabel, por esa canción en que éramos mucho más más que dos. La escuchábamos en un caset pirata, de esos que hacíamos girar con un lápiz para rebobinarlos. Y la oíamos en secreto, porque don Mario era de los prohibidos, al igual que la Isabel. Porque don Mario, aunque le cantara al amor, siempre hablaba de justicia, y eso a los dictadores no les gustaba nada.

Tiempo después, cuando estudiaba literatura en la universidad, don Mario y yo nos hicimos amigos. La soledad es nuestra propiedad más privada, me dijo un día en los patios de la facultad. Era -como siempre en mi vida cuando no es invierno- otoño, y estaba solo. Él me entendía y en estás soledades de Babel, de alguna manera, me hacía compañía. Junto a él hice el inventario de mis sentires, y los días comenzaron a desfilar en verso… libre. Aprendí también, por ese entonces, a recitarlo hasta con los dedos de los pies (yo me entiendo).

La Yani me contó, una vez en el patio de la virgen, que lo amaba desde la vez en que lo oyó recitar en la Estación Mapocho. “Es un viejo adorable”, me dijo, y a renglón seguido, agregó: “Lo amo, güeón.” Yo sonreí por tan singular declaración de amor, y pienso que no era la única que lo amaba. Ahora que se ha muerto, pienso eso, ahora que comienzo a notar cuánto quería, a quien fue mi amigo en los años más tristes.

El profesor de Literatura Hispanoamericana, ese viejo medio loco y medio sátiro, me enseñó sus cuentos. Entonces me hice amigo de Eduardo, que con trece años me habló de amor y perdón, de coraje, de tostadas y réquiems. Eduardo me hizo llorar, porque su madre no lloraba nunca. Y los feos de aquella amargadulcenoche me han acompañado todos estos años, en cada curso, para explicar que no es el rostro el feo, sino el alma cuando no se cuida.

Y cómo olvidar La vecina orilla. Ocurrió hace algunos años, cuando me despidieron de un colegio. El día que debía marcharme, junto a otros profesores despedidos, todos mis alumnos llegaron con una rosa roja y la dejaron en la puerta de la capilla (porque era un colegio católico). De algo me sonaba ese gesto, esa protesta. La sonrisa cómplice de Wladimir me lo recordó: “Los cuentos enseñan, profesor.” Y no precisamente literatura… Don Mario y yo seguíamos juntos.

Don Mario se fue en mayo, en el apogeo del otoño en el hemisferio sur (que sigue existiendo). Don Mario se fue y se quedó en su Montevideo, ciudad que extraño sin haber estado nunca, porque no he podido concretar el viaje planificado desde que nos conocimos. Ojalá que adonde don Mario llegue, se respire bien.

Don Mario se fue ayer, en su Montevideo, dejándome con la esquina de mi otoño rota…






14 comentarios:

Edurne dijo...

Y cómo me dices a mí que sé sentirlo... si tú lo sientes y lo lanzas al mundo, así, tan hermoso, tan bonito, con esos afectos de profundis, amigo Tristancio...!

Y cómo haces que nos llegue todavía más adentro su ausencia, su esencia, así, tan intenso, tan de verdad...!

Hoy estamos tristes, con el otoño, con la primavera sin esquinas, reivindicando que somos más, mucho más que dos los que lo lloran, que somos legión los que lo añoran.

Allá donde esté Don Mario, el maestro, sonreirá con esos ojos de buena gente y sabrá que pasó por este mundo y que no fue en vano.
Amén!

Un super abrazote, amigo!

Laura Virtual dijo...

Pucha que es sentido este viejo...
Pero bien tenia 88 años bien vividos y nos deja una herencia de prolíficos escritos.
Mas, imposible!

Santiago Paz dijo...

A mi lo único que me queda decirle a Don Mario es... "Gracias por el fuego".


Un abrazo.


Santiago.

Laluz dijo...

Porque hizo que los rostros del alma, e incluso los del cuerpo, se hicieran más bellos, más hondos, más un grito que un silencio. Porque llenó espacios, soledades, y algún que otro amor que se quedaba cojo, lo hizo caminar más derecho.

En noches y días de cualquier estación, seguirá estando su presencia. Y como no, su palabra.

Siempre.

Terapia de piso dijo...

A mi me dejó con todas las treguas que he tenido y me faltan por tener en mi vida.

Un abrazo.

José Roberto Coppola

Sonita dijo...

aunque dicho y repetido sigue siendo una gran verdad : la belleza del alma es mucho màs hermosa que la belleza plàstica!
Don Mario te estarà esperando con una copa de vino para una charla lenta, intensa de los años que han pasado... la esperanza es la ultima en irse, eso dicen por lo menos ;)
un saludo dulce

Sergio Saavedra Rivera dijo...

No!, no tenía para morirse poh... y ya esta...

Bolero dijo...

Esos recovecos, esos son los que nos dejan en el alma, él, y otros y otras, esos recovecos q hacen que seamos como somos, no ´se si mejores, pero sí que sé q no somos peores

Yo simpre me quedo con un poema y mira q es dificil
No te salves, creo q es un canto dedicado a mi personalmente, ya ves q tonteria verdad?¿?¿?¿

muakkkkkkkkk

pd, jo majo q bien lo has despedido
yo no sabia que decir y puse su voz

muakkkkkkkkkkkkkkk

Fernando García-Lima dijo...

Tu homenaje me ha conmovido. Estoy seguro que Don Mario te lo agradecería con su infinita modestia.

Qué pena...

Beauséant dijo...

Don Mario, a personas así no se las puede tutear por más que tengas un millón de momentos compartidos...

ybris dijo...

Aquí es primavera pero su marcha nos ha dejado a todos con una esquina del otoño rota.
Sobre todo a los que somos ya un tanto otoñales.

Abrazos.

pepa dijo...

Hace muchísimo que no te leía Tristancio, y sabes? me siento conmovida, profundamente conmovida con todo lo que lograste ovillar para "Don Mario"...

Mientras devano la memoria
forma un ovillo la nostalgia
si la nostalgia desovillo
se irá ovillando la esperanza

siempre es el mismo hilo

M.B

un gran abrazo y GRACIAS por las puertas y ventanas

Cris dijo...

Otro cielo
No existe esponja para lavar el cielo
pero aunque pudieras enjabonarlo
y luego echarle baldes y baldes de mar
y colgarlo al sol para que se seque
siempre faltaría el pájaro en silencio.
No existen métodos para tocar el cielo
pero aunque te estiraras como una palma
y lograras rozarlo en tus delirios
y supieras al fin como es al tacto
siempre te faltaría la nube de algodón.
No existe un puente para cruzar el cielo
pero aunque consiguieras llegar a la otra orilla
a fuerza de memoria y pronósticos
y comprobaras que no es tan difícil
siempre te faltaría el pino del crepúsculo.
Eso es por que se trata de un cielo que no es tuyo,
aunque sea impetuoso y desgarrado,
en cambio cuando llegue al que te pertenece
no lo querrás lavar ni tocar ni cruzar
pero estarán el pájaro y la nube y el pino.
(M.Benedetti)
(Uno de mis favoritos, él estará ahora ahí, en otro cielo....Un homenaje delicioso el tuyo, para quien adorábamos a este gran hombre, un Señor, nuestro Don Mario.... Saludos cordiales :)

eSadElBlOg dijo...

una bonita despedida.