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28 de abril de 2014

CASA


Una incierta tibieza de otro tiempo se me cuela a veces por entre las costillas y se asienta un rato corto entre la garganta y el pecho. Mis pies desnudos escarban en la tierra y se regocijan con el calorcito que la tierra guarda. A mi lado, mi hermana dibuja en el suelo la casa de sus sueños con una rama desnutrida. Con los ojos de ayer, la casa que mi hermana dibuja, es lo más parecido a una mansión; con los ojos de hoy, está mucho más cerca de una mediagua.

Mi hermana creció y -a fuerza de porfía y mucho trabajo- construyó una casa con muchas ventanas, tantas que alcanza para dos soles… o más.  

A veces, en el jardín de la casa de mi hermana, sin que nadie me vea, me saco los zapatos buscando la tibieza esa de otro tiempo, esa que se cuela por los recovecos intercostales, y dibujo en la tierra un sueño con forma de casa.

22 de agosto de 2011

Artilugio

Fue allí, en esa frontera incierta entre mi casa y el mundo, justo en el momento de la despedida, después del beso incluso, cuando -así como que no quiere la cosa- me lo dijo: “Dejé mi cepillo de dientes en tu baño…”

23 de mayo de 2011

La amistad en los tiempos del celular


“Estoy esperando a un amigo”, dice el desconocido de la mesa del lado, hablando por celular. Yo no espero a nadie, solo me tomo un café y leo, pero no puedo evitar escuchar la conversación, y de paso desconcentrarme en mi lectura. Pasado un rato, el amigo llega. El otro, que durante todo ese tiempo no ha parado de hablar, lo saluda con un gesto de “dame un segundo, que estoy en algo importante”. El recién llegado sonríe, se sienta y pide una cerveza, y luego otra… y otra. Eso sí, de tanto en tanto, ambos se comunican con más sonrisas, y el hablador, con el índice y el pulgar da a entender que ahora sí ya casi está… pero no está.
Cuando al fin decide colgar, pide las disculpas de rigor, y se saludan con las frases convencionales. Están en eso cuando suena un teléfono. Es el celular del -a estas alturas- llegado hace rato. Con un gesto de “ya casi estoy”, le pide un momentito. El que había terminado de hablar, aprovecha el prematuro paréntesis para pedir un café, y luego otro… y otro.
Después de no sé cuántos cafés, el teléfono se calla. Entonces ambos miran la hora, se encogen de hombros, y deciden que es hora de despedirse, no sin antes enfatizar en que se llamarán.