18 de julio de 2014

Un cuento desteñido

–Mucho me temo que vienen a rescatarme– exclamó fastidiada la princesa. Cautiva desde hace siglos en la última página de su propia historia, vio como la hoja que la precedía se transparentaba poco a poco ante la inminencia de un nuevo final, que inevitablemente sería el mismo de siempre: un apuesto príncipe, de ajustadas y –a estas alturas–  desteñidas lycras azules, irrumpiendo en lo alto de la torre para salvarla. Pero esta vez, la princesa no estaba en su celda. Había huido por la última línea –esa del “y fueron felices”–  no se sabe si con el rudo carcelero o con la suave criada.

3 de julio de 2014

Hologramas


Nos conocimos en otra dimensión, en medio del alboroto cotidiano del tren mañanero. Entre cientos de ojos, los nuestros se cruzaron en esa esquina intangible del tiempo y del espacio. Allí nos enamoramos, tontos perdidos, nos compramos la casita con subsidio y tuvimos a los mellizos. Aunque las cosas no fueron fáciles, alcanzamos a rozar la felicidad. Pero la velocidad de las estaciones todo lo desvanece y cuando las puertas del tren se cerraron tus ojos ya no estaban reflejados en la ventana.

13 de mayo de 2014

Cambio climático


Nos lamentamos, hipócritas, de no haberlo visto venir, como si ese último año no hubiese tenido cuatro inviernos y la lluvia  no  hubiera desteñido las casas y socavado los cimientos del pueblo. Cuando hicimos el teatro de que nos habíamos dado cuenta de la inminencia de la catástrofe, la humedad ya había alcanzado el colchón y resquebrajado las costillas de la cama. Entonces culpamos del frío al calentamiento global.

 

28 de abril de 2014

CASA


Una incierta tibieza de otro tiempo se me cuela a veces por entre las costillas y se asienta un rato corto entre la garganta y el pecho. Mis pies desnudos escarban en la tierra y se regocijan con el calorcito que la tierra guarda. A mi lado, mi hermana dibuja en el suelo la casa de sus sueños con una rama desnutrida. Con los ojos de ayer, la casa que mi hermana dibuja, es lo más parecido a una mansión; con los ojos de hoy, está mucho más cerca de una mediagua.

Mi hermana creció y -a fuerza de porfía y mucho trabajo- construyó una casa con muchas ventanas, tantas que alcanza para dos soles… o más.  

A veces, en el jardín de la casa de mi hermana, sin que nadie me vea, me saco los zapatos buscando la tibieza esa de otro tiempo, esa que se cuela por los recovecos intercostales, y dibujo en la tierra un sueño con forma de casa.

19 de febrero de 2014

La canción del condenado

¿Recuerdan los muertos el momento de su muerte? ¿Te acuerdas cuándo te maté?
Yo también tenía que morir, pero gasté todo el filo del cuchillo en tus costillas. En fin, para mi bien –o mi mal, en vista de como se dieron los hechos posteriores- no me desangré lo suficiente. Y aquí estoy, pagando las penas por mi mala puntería, por no saber –tú me lo repetías siempre- el lugar exacto donde habita el corazón. Ahora sí que lo sé, porque no deja de doler. En el recoveco intercostal izquierdo, tórtolo herido en su jaula de huesos flacos, late lento, muriéndose a goteras de muerte larga, consciente, desesperadamente lúcido, desesperadamente cuerdo. Porque la locura es el alivio de los amantes criminales, a mí se me ha condenado a la cordura y el desvelo… hasta que se me desgasten las sienes.

4 de febrero de 2014

La orgía del pobre


A modo de epígrafe, que puede y no puede ser parte del texto:  El oeste de la ciudad huele a meados. Las veredas, las estaciones de metro, los rincones pendencieros. Todo huele… a meados, a pollo asado, a caca de perro, a sopaipillas pasadas de grasa, a agua podrida. Es este cemento obrero que suda a pleno sol.

 La nariz se me arremanga. Es que a pesar de haber nacido en el lado oeste, mi olfato no acaba de acostumbrarse a la perfumada marginal. Me aíslo en burbujitas sosas, inodoras. Trabajo en el lado este de la ciudad. Por las tardes regreso al oeste en un tren atestado y sudoroso, donde no hay burbuja que me salve de la orgía del pobre… cuerpos contorsionados, espaldas calientes,  alientos pegajosos demasiado cerca de la oreja… respiraciones, jadeos más bien, que resbalan de la nuca al cuello… resoplidos, miradas que entran sin golpear, gestos de “perdona, no pude evitarlo… la inercia de los cuerpos en movimiento y la frenada burlona de la bacanal”. Perdonada, perdonado, perdonados todos.

El tren asciende y emerge espléndido, iluminado por los últimos rayos de un febrero que atardece y se misericordia de los habitantes que regresan al oeste olorosito a lo que nos tocó, al oeste-dormitorio, al oeste donde por fin se pone el sol. Estación Laguna Sur, todo este pasajero debe descender. Agradezco el golpe de aire que me enfría la carne. A ojo de pájaro, censo a los perros tristes… hay uno más ejercitando su mejor mirada de pena: la monedita pa’ su pan. Qué manera de sobrevivir, pienso. Es que los perros solo saben de vivir… el ser humano, en su caso, aplicaría todo lo que sabe de suicidio.

2 de enero de 2014

Serenata urbana


Quizás mañana, dijo la puta regresando a su esquina de batalla. La misma letanía repitió el cura mientras arrastraba su sotana camino de la sacristía. Mañana, tal vez, pensó el gerente mirando el paisaje de rascacielos al otro lado de los cristales… Mejor mañana, escribió el muchacho, asomado al vacío desde uno de los rascacielos que miraba su amante, muy cerca  de donde la puta defendía su esquina y de la iglesia donde el cura cantaba misas pensando en la puta, que de tanto en tanto le confesaba que mañana sí, padrecito, pero hoy no que los antidepresivos están muy caros.

23 de octubre de 2013

Posdata...

-       Hola, papá – dice H, mirando intrigado una hoja que su padre sostiene en su   mano. - ¿Qué es eso?- pregunta.
 
-       Es una esquela - responde su padre acercándola a la cámara.

-    ¿Una esquela?   - exclama H sorprendido,  casi rozando la pantalla con la nariz.

-     Se usaban antiguamente para escribir cartas…

-     ¿Cartas?... Ah, mails.

El padre guarda un silencio medio triste, mientras palpa esa hoja liviana, semitransparente… de ribete bicolor. En sus dedos siente la ya casi olvidada textura del papel. La había encontrado hace unos días, vagando por los galpones de un mercadillo de antigüedades.
-       No… cartas. Los mails son posteriores… Digamos que eran los telemensajes de esos tiempos. Se escribían a mano, se enviaban por correo tradicional y un cartero te las traía a casa…

En este punto del relato hace otra pausa  silenciosa, tratando de recordar lo poco que sabía de este personaje… que andaba en bicicleta, que lo perseguían los perros, que tenía un nombre, como Juan o Diego… y le cuenta también que él, alguna vez, recibió una carta; se la había enviado su padre, el abuelo de H, cuando él estudiaba en una ciudad del norte.
-       Pero se me extravió en la última mudanza - concluyó.

H no consigue imaginar el complejo mecanismo de la carta. Eso sí, lo del cartero le hace mucha gracia.  Los gestos y la voz de su padre, a pesar de la frialdad de la pantalla, le provocan una sensación extraña. H, como toda su generación, ya no reconoce la nostalgia, sin embargo, algún gen de hijo de otro tiempo rezagado en sus venas, le provoca cierta empatía con su padre.
-       ¿Por qué no me haces una de esas cartas, papá?

-       Me agradaría, H… pero  yo tampoco sé escribir a mano.

 

13 de octubre de 2013

Duérmete niña...

“Había una vez…”, repito, y me quedo un rato en el suspenso de los puntos suspensivos. Ya le he contado esta historia no sé cuántas veces, pero ella no se duerme. Tal vez tiene hambre, pienso, buscando la causa de su desvelo, y vuelvo a revisar su pañal para asegurarme que esté seca. Qué remedio… no me queda más que sobreponerme al cansancio y continuar con el cuento que, a estas alturas de la noche, parece el cuento de nunca acabar: “Había una vez una princesa  tan distraída, que cada día había que contarle su propia historia para que no se olvidara  de quien era…”

Por fin, después de no sé cuántas vueltas a la historia, desde la lejanía de un mundo que es solo de ella, mamá me mira, sonríe… y se duerme.

(Y son siete los años de estos malditos recovecos...).

8 de octubre de 2013

Agua salada

                                                                                                                                                                           A mi padre...

A grandes zancadas sobre las olas vimos alejarse la embarcación rumbo al horizonte. En ella, ataviado con su mejor traje, iba mi padre, triunfante y feliz. Y, aunque la ruta no era la prevista, después del primer desconcierto por el abrupto cambio de planes, comprendimos que no debíamos impedirlo. Total, papá siempre hizo lo que quiso. Simplemente, el pueblo de más al norte, nuestro eterno rival futbolero, no era puerto para su destino. Así pues, mientras  la corriente del río nos acercaba al mar, papá pensó su última jugada… fue cuando el agua nos  arrebató el ataúd de las manos.

1 de octubre de 2013

"Relatos en cadena..."


Notable abandono de deberes

Ordenaron colocarle una venda en los ojos, pese a que dicho ritual -en  este particularísimo caso- resultaba redundante y ridículo, pues hacía un rato largo ya que Dios se había quedado ciego.

 Mutantes

La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en el váter. Su hijo –una criatura híbrida de niño y pegaso- la observa por el resquicio de la puerta, acurrucado bajo su única ala. Desde el pasillo, Einstein les saca la lengua…

12 de agosto de 2013

La otra mitad de la cumbia


Lluvia miserable la de esta mañana. La ciudad se despliega entre una gama de grises y un sinfín de lucecitas que sucumben al día. Los trenes se desparraman lánguidos por los rieles de sus horas -de todas sus horas- con su carga de huesos y carne tan parecida al desperdicio.

El alma busca refugio en un par de audífonos que se multiplican como un reguero de orejas. El corazón se esconde en una balada romanticona, en una cumbia, en un rock apocalíptico y rabioso, al compás de latidos inciertos, tristones… resignados.

Y el sentido no brilla ni por su ausencia. Y parecen tantos los días de la vida… tantas las mañanas de lluvia miserable.

En mala hora me descolgué hoy del ropero. Prometo, señor, no reírme nunca más de los suicidas. Prometo no putearlos si detienen el tren de las ocho am, dejando la cumbia mañanera partida por la mitad en la oreja del pobre.

7 de agosto de 2013

Las bicicletas son para el otoño


Cuando descubrió que el Viejo Pascuero no existía, supo que la anhelada bicicleta no llegaría nunca. Por eso, la navidad en que –envuelta en un mar de cintas rojiverdes- vio bajo el árbol la bicicleta de sus sueños, rompió a llorar con una alegría inconsolable. Después, como reza la tradición, salió a la calle para presumir de su regalo delante de los niños del barrio, quienes ni siquiera se molestaron en mirarlo. Entonces emprendió el viaje más feliz de su vida. Poco importaba que solo fuese alrededor de la manzana y menos que,  a esas alturas, él tuviera mucho más de cuarenta años.

31 de julio de 2013

Carreteras secundarias

Con mi pulgar agradecido subí en la parte trasera del camión, donde me recibió un gigantón peludo y amable. Me acomodé a su lado y nos dormimos.
Muchos kilómetros después nos despertó el conductor.
-       El animal se queda aquí – dijo secamente.
Miré alrededor. No había más que desierto…
El perro, desconcertado e inquieto, parecía no resignarse a su destino y pude verlo siguiéndonos en medio de la polvareda durante un buen trecho. De pronto desapareció. Entonces golpeé el techo de la cabina. El camión se detuvo y me bajé.
Me bastó desandar un poco del camino para encontrarlo. Acezaba.
-       No sé adónde voy - le dije- pero tú te vienes conmigo.
Él movió su cola.
 

13 de mayo de 2013

Variantes para un regreso a casa


A veces, regreso a casa tan cansado,  sin fuerzas, siquiera, para una caricia. Entonces me alegro (tal vez “alegro” no sea la palabra) de no tener hijos… y de vivir solo. Otras veces, el mismo cansancio…  de otros regresos, a la misma casa, me hace extrañar a mamá.

19 de febrero de 2013

La soledad de los objetos


Si los objetos sintieran, preferirían no sentir. Estoy seguro. Hoy -puesto que hasta el gato está de vacaciones en esta empresa- he almorzado rodeado de ellos. De objetos, que es de eso de lo que hablo. Ojalá, pensaba mientras tragaba no sé qué, que la quietud -la santa quietud de los objetos- sea calma. Pero no. La quietud de los objetos es inquietud, un desasosiego que no tiene fin, el cual, de tanto en tanto, siente algún alivio cuando un alma descuidada los coge, los usa o, simplemente, los cambia de lugar para que no estorben. Es por eso que muchos objetos estorban. Son como niños faltos de afecto llamando desesperadamente la atención.
Hoy almorcé con el salero. Un salero plástico y feo, hecho con el amor que se brinda a los objetos funcionales y fabricados en serie, es decir, ninguno. “Ninguno amor”. Desde una prudente distancia -la prudente distancia a la que están acostumbrados protocolarmente los saleros- parece que me observaba… como queriendo trabar amistad. Saqué un rotulador de mi bolsillo, cogí el salero y me pareció sentir su suspiro de alivio… Entonces, le dibujé unos ojos de mono animado. “Para mirarnos mejor…”
No diré que hablamos el salero y yo, no vayan a pensar que estoy loco. Sin embargo, nos hicimos un poco de compañía, una compañía miserable, pero compañía a fin de cuentas. Cuando me marchaba, luego de rumiar una manzana desabrida, noté que sus ojos de mono animado me miraban distinto, con un cierto brillo tal vez, como aquel que precede a la tristeza… Pasado un instante, comprendí lo que él quería. Lo tomé entre mis manos y nos miramos por última vez. Le sonreí. Lamenté no haberle dibujado una boca, pero a falta de esta, sus ojillos me devolvieron la sonrisa. Mi brazo se alzó para coger impulso y, sin pensarlo, lo estrellé contra el suelo.
Me fui sin recoger sus pedazos y sin limpiar su blanca sangre derramada…

13 de octubre de 2012

Todos los pasajeros deben descender


En vista y considerando que no hay verdaderas intenciones de acabar con la miseria, T piensa que la ciudad debería adaptarse a ella, a la miseria. Y tiene algunas ideas. Por ejemplo, que los bancos de las calles, además de asientos, podrían ser casas para mendigos y perros abandonados. La ciudad podría hacer de su arquitectura un resquicio contra el desamparo.

Eso piensa mientras camina hacia el metro, como en la eterna segunda parte de una película llamada “al amanecer se irán los amantes”. Y piensa que ya son demasiados los días sin sol, y que así nomás con esta primavera disidente.

Piensa también, montado en el vagón de regreso a sí mismo, que el tren debería estar vacío, y que  no tiene ganas de bajarse en la estación terminal, porque  quiere ver qué hay más allá de esa última estación.

El tren llega al final del recorrido, a esa última estación donde todos los pasajeros deben descender. Él piensa, sigue pensando. Sin embargo,  como el pasajero común y silvestre que es, se baja como los demás. Y piensa que pensar tanto es inútil.

Si el mundo fuera un tren, todos los pasajeros deberían descender… piensa (sin punto final)
 
(Otro 13 de octubre... seis años ya escribiendo en estos "malditos recovecos").

 

15 de julio de 2012

Por siempre jamás...

Mientras tanto en el futuro, los peces de ciudad -aquellos a los que años atrás Sabina les dedicó una canción- quedaron atrapados en las redes sociales…

9 de junio de 2012

Manual para curar ángeles heridos

A veces, tu recuerdo me duele como un principio de infarto. Entonces me pregunto qué fue de ti… y me pregunto, si en una de esas, tú te preguntas qué fue de mí. Como la pregunta es retórica, dejaremos la respuesta vagando en el mar de los acasos.

Cuando te conocí te sangraban las alas, o lo que quedaba de ellas. Viajábamos en el mismo vagón semivacío de la medianoche; tú me dabas la espalda, no a mí, claro, sería mucha pretensión de mi parte pensar eso, si tú todavía no sabías ni que existía. Dejémoslo en que era al mundo (al que le dabas la espalda, digo). Y si bien tu pelo de ángel renacentista escondía, a la altura de los omóplatos, dos manchas informes en tu camisa, (C me dice que se dice escápula, que los omóplatos ya no existen), yo supe altiro que eran los muñones de tus alas cortadas que no dejaban de sangrar.

Lo demás, como se suele decir, es historia. Lo demás, para ser más exacto, es toda la historia.

Lo demás era todo lo que importaba… quién iba a pensar que esa historia (que era toda la historia), sería, para ti, lo de menos.



15 de abril de 2012

TODAS LAS HORAS DEL MARTES

Mete la llave en la cerradura, la gira… se tarda mil segundos en abrir. No sabe lo que va a encontrar al otro lado.

Son las tres de la tarde de un lunes. Nunca ha estado un lunes a esa hora en su casa. Su propia casa. Durante casi veinte años, nunca. Nunca un lunes laborable.


Entra. Por fin entra.

Otros mil, dos mil segundos, inmóvil en la entrada, observando los muebles, los cuadros, los adornos de la sala, como intentando reconocerlos.


Se mueve. Por fin se mueve.

Deja el maletín en la mesa; el abrigo en el respaldo de una silla. Se afloja la corbata y se deja caer en el sillón que mira a la ventana.

“Este es el color de mi casa a las tres de la tarde”, piensa mientras mira la luz que se filtra a pesar de las gruesas cortinas.

“Esta la temperatura de mi casa vacía…”

“Y el silencio, aquí adentro (lleno de ruidos de la calle), a las tres diez de la tarde.”

“Mi casa por dentro a las tres y cuarto de la tarde de un lunes de trabajo.”
Eso piensa. Eso siente.

Y duerme… se duerme. Después de tantos años, una siesta involuntaria. La siesta de los despedidos, la siesta de los echados a la calle.

Cuando se despierta, a una hora incierta, todo sigue igual. Todo, menos el color de la casa a esa hora incierta de un lunes laborable.

“Mañana sabré cómo son todas las horas del martes aquí adentro.”

Piensa.