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13 de octubre de 2009

Tristán


Desde que vivimos solos él, mi hermanita y yo, todas las mañanas son iguales. Cuando se despierta, antes de meterse a la ducha, deja que nos colemos un ratito en su cama. Entonces, yo me acomodo en la ce redonda que su cuerpo dibuja alrededor mío y pienso que no hay un mejor lugar en el mundo. Después, cuando se levanta, nos revuelve el pelo diciendo algo cariñoso, y nos sirve el desayuno. Antes de salir de casa, nos advierte cariñosamente: “Pórtense bien… volveré pronto.” Y cuando ya casi ha cerrando la puerta, agrega: “Los quiero mucho”...

(Hoy se cumplen 3 años desde que comencé a escribir en este espacio. No era este el texto que iba a publicar, pero por una triste circunstancia, mi perro-amigo-compañero Tristán está extrañamente enfermo… y mi mundo, desestabilizado).




23 de octubre de 2008

Suspiro limeño

-Buenos días, mi niño.

Dejó la bandeja con el desayuno en el velador. Subió la persiana y la habitación se llenó con las primeras luces del domingo. El pequeño se revolvió en la cama y sonrió.

-¿Cómo amaneció, mi niño?

Ella besó su frente y se despidió hasta la noche.

La micro la dejó en la estación Escuela Militar. En Baquedano hizo la combinación hacia Plaza de Armas, donde se bajó. En Catedral con Puente saludó a sus amigas sin detenerse. Se dirigió al centro de llamados, intercambió algunas palabras con el encargado, marcó el código 51-1…

Al otro lado, una mano pequeña descolgó el aparato…

-Buenos días, mi niño, ¿cómo amaneció…?


(Dedicado a las inmigrantes peruanas, que dejan a sus hijos en su país, para venir a Chile a cuidar hijos ajenos).



30 de junio de 2008

Life vest under your seat...
Para Marta...

... El abandono deja cicatrices profundas. Hablo d'en Padú... y aunque yo lo quiero así, con todas sus heridas, deseo profundamente que se cure, porque él está del lado de la vida, y la vida debería devolverle la mano. Le he dicho en secreto, en su orejitas grandes, que ganaremos todas las batallas, pero a veces siento que me faltan las fuerzas para acompañarlo... pero sólo a veces.
Sigo levantándome cada día, le doy sus vitaminas, beso sus heridas... a veces también, lloro... pero sólo a veces. Pese a todo, sigue siendo bello. En ocasiones como ésta, pienso que sería bueno creer, así podría pedir a un buen dios que lo ayude. Entonces, en un descuido de mis orejas (que no son tan grandes como las de él) me las lame, como si me dijera: ganaremos todas las batallas...

Y nada. Salir de casa sigue siendo otra batalla dura... a pesar del sol.

Ayer compré chocolate, para desdibujar la ausencia, que el vacío, allá -al otro lado de la mesa- dibuja. Y lo escondo de nadie, para que parezca que no estoy solo.

Y miro la cordillera, cuando el humo la deja ver, y recuerdo entonces que no tengo a mano la cámara para cumplir promesas de nieve fría y blanca, que eso nunca ha dejado de serlo la nieve.

Pues eso, que la vida se enfría por los pies, y se entibia por los perros, que se empeñan en creer que vivir es bello. Y hoy, querida amiga, yo les creo.

... Ayer compré chocolate. Esta mañana he abierto el escondite secreto, he saboreado un pedacito, y justo en ese momento comenzó a sonar muy dentro de mí -no sé bien si en una aurícula o un ventrículo- aquel pegajoso estribillo:

Life vest under your seat, chalecos salvavidas bajo su asiento...

19 de diciembre de 2007

La esperanza y un par de zapatos
Para Valentín, mi Pequeño Valiente, y su madre, mi hermana,
quien me contó de los zapatos de esta historia




No sé por qué razón, mi hermana mayor se empeñaba en creer en el Viejito Pascuero. Aunque éste nunca había dejado ningún juguete como prueba de su existencia, cada víspera de navidad ella colocaba sus zapatos delante de la puerta de la casa, con la esperanza de que al día siguiente encontraría sobre ellos una muñeca de pelo rubio y ojos azules que se abrían y cerraban bajo unas largas pestañas.

Cada 25 de diciembre, mi hermana salía de la cama muy temprano y corría ansiosa hacia la puerta, y como siempre, lo único que encontraba era un zapato, haciéndole compañía al otro. Y como siempre, a la decepción de no encontrar lo esperado, seguía la conformidad. Mi hermana terminaba justificando al Viejo Pascuero: que el Polo Norte estaba muy lejos o, simplemente, los regalos no le habían alcanzado. El próximo año seguro pasaría por el pueblo y se detendría ante nuestra puerta...

La navidad en que mi hermana tenía trece años no dejó sus zapatos afuera. Pensé, entonces, que le había llegado la hora de no creer más. Pero estaba equivocado. Descubrí mi error la navidad pasada, cuando viajé al pueblo para pasar las fiestas de fin de año en familia, y, sobre todo, para verla a ella, porque dentro de poco iba a tener un hijo. Esa nochebuena, mientras hablaba con ella, puse mi mano en su vientre inflado para sentir alguna patada de mi sobrino y, por casualidad, o tal vez no, le pregunté si también dejaría los zapatos de Valentín en la puerta para que Papá Noel le dejará los regalos, o le enseñaría desde pequeñito que el Viejito Pascuero no existía. “¿Quién te contó que no existe?”, me dijo. Yo sonreí, pensando que bromeaba...

Si mi hermana no volvió a dejar sus zapatos a la intemperie, no fue porque haya dejado de creer, sino porque aquel día comprendió que el Viejo Pascuero, en todos esos años nunca había dejado de pasar. Esa nochebuena, una lluvia abundante cayó sobre el pueblo... Mi hermana, al levantarse aquella mañana encontró sus zapatos, sus únicos zapatos, llenos de agua. Entonces supo lo que valía tener un par de zapatos... secos.


15 de julio de 2007

La Compañera del Superhéroe
Para mi Amigo-Hermano...

Sobre la baranda del balcón, el Pequeño intentaba mantener el equilibrio, mientras una toalla amarrada a su cuello flameaba al viento como capa de superhéroe. Su intención era volar muy lejos. Pensaba que si volaba hasta donde sus ojos ya no podían ver -y debían, por fuerza, imaginar insospechados paisajes- encontraría allí, muchos amigos y personas cariñosas como su Abuela. Ella era la única que lo comprendía.

Fue precisamente su Abuela la que lo vio cuando se aprestaba a saltar, y gritando alarmada corrió, con pasos torpes y cansados, para intentar detenerlo. Pero sólo alcanzó a estirar instintivamente los brazos para cogerlo. Quizá fue la buena fortuna la que hizo que el niño cayera sobre la Abuela, la cual, aunque quedó mal herida, lo ayudó a amortiguar el golpe.

Mientras la ambulancia cruzaba, rauda y bulliciosa, la ciudad rumbo al hospital, el Pequeño, en un delirio semiinconsciente, repetía una y otra vez: “¿Me acompañarás, Abuela, me acompañarás?”. Y la Abuela, desde sus huesos rotos y aturdidos, respondía afirmativamente con una sonrisa.

Sin embargo, la caída había sido fea, bien fea. La Abuela consiguió salvarlo de la muerte, no así de las múltiples fracturas, que lo mantuvieron por largos nueve meses hospitalizado. Extraña y milagrosamente, la Abuela se recuperó pronto, y pudo ir a acompañarlo para hacer más gratos y amables sus tediosos días de enfermo. Y fue una suerte que eso ocurriera, pues Abuela y Nieto no se tenían más que el uno al otro como única familia. Ellos dos y una Vecina…

-A veces, más vale así- decía la Abuela- mejor un buen vecino que una mala familia.

Durante todo el tiempo que el Pequeño estuvo en el hospital, la Vecina, al igual que la Abuela, no dejó nunca de ir a verlo. Cuando llegó el día en que el Pequeño debía volver a casa, la Abuela lo despertó para darle la noticia.

-Hoy se cumplen nueve meses desde que llegaste al hospital, y ya es hora de regresar.- Luego, repitió en su oído, como si fuera un mensaje que descifrar, la frase “nueve meses”…

Aquel día, llamaron a la Vecina para que fuera a buscarlo, pero el Pequeño insistía que no era necesario, decía que se iría con la Abuela. Cuando llegó la Vecina, el médico le preguntó si el chico tenía alguna abuela. Ella puso cara de sorprendida, pero no dijo nada.

-Él siempre está hablando de una abuela- dijo el Médico- e incluso, en sus fantasías de niño, dice que ella viene cada día a verlo.

La Vecina permaneció en silencio. Después de un rato, con voz temblorosa, y sin recuperarse aún del desconcierto, contó el final de la historia.

-Sí, el Pequeño tiene una Abuela- dijo -aunque ella esté muerta hace más de dos años…

28 de junio de 2007

No te duermas

No te duermas, le dijo, después de desanudar su cuerpo del suyo. No te duermas, le dijo, mientras acomodaba su abrazo a la espalda de él, como si fuese una tabla salvavidas. Luego, se quedó mirando los pequeños círculos que la luz que se colaba desde afuera dibujaba en la persiana. Cuando dormía sola y el sueño tardaba en venir, jugaba a atrapar estos círculos en su mano. Ahora estaba con él... el sueño no venía y los círculos de luz se estrellaban en la pared.

No te duermas... que vendrá el mar violento y me llenará los ojos, y ciega de sal sólo la muerte cabe en los espacios del cuerpo que antes ocupaban los órganos... No te duermas... que me hundo en el triste vacío de la noche. Necesito una mano que detenga la caída... vendrá la muerte y no podré rehuir su mirada... no te duermas, que sigo cayendo y si no me atajas, nada más queda esperar a que amanezca... y la mañana es de cemento.

Pero no dijo nada de eso, tan solo no te duermas...