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25 de diciembre de 2011

"Con lo que yo te quiero, hijoputa..."



Escogiste un buen sitio para quedarte. Es lindo en verdad, tal como me habías contado. Sin embargo, este frío era difícil de imaginar, sólo ahora que lo siento puedo entender de lo que hablabas. Tú decías que era lo único malo de este lugar, pero que terminarías acostumbrándote, total, los muertos son más fríos que el frío. Eso decías…¿Sabes? Nunca pensé que debería traerte tan pronto.

Pero promesa obliga. Estábamos borrachos aquella vez, borrachos como cada vez que alguien te abandonaba, como cada vez que alguien me abandonaba. Ay, amigo, el desamor casi nos volvió alcohólicos. En eso también éramos tal para cual: unos perfectos perdedores. Siempre decías que debíamos haber nacido maricones, que habríamos sido la pareja imperfecta: “Con lo que yo te quiero, hijoputa”, me decías muerto de risa, después de haber llorado todo tu tinto llanto de borracho clásico.

Fue solo después de la resaca de tu muerte cuando recordé aquella promesa, aquélla que la vanidad de creernos inmortales nos había hecho olvidar. Y es por eso que estoy aquí, contemplando el paisaje que tantas veces me contaste, y que ahora vuelvo a escuchar como si fuesen las indicaciones para encontrar el sitio exacto en un mapa.

A la entrada del pueblo, a mano derecha (si vienes del Este), encontrarás un puente de madera. Sí, ése que alguna vez fue colgante. Debes cruzarlo y seguir el camino de tierra hasta encontrar el sendero que te lleve al bosque. Camina por ese sendero. Si es primavera, verás flores amarillas y moradas por todos lados. Pronto llegarás a una bifurcación: un camino te lleva hacia la profundidad del bosque; el otro, al mar… Allí, al final del sendero, ¿lo ves?

Sí, lo veo… como si me hubieras prestado tus ojos. Sólo las flores no están porque es invierno.“Justo en ese punto quiero que eches a volar mis putas cenizas”, me dijiste. Te respondí con una risotada, también de borracho, que no hablaras güevás. Pero entonces te pusiste bien serio -y yo me reí con más ganas porque los borrachos que tratan de ponerse serios se ven muy cómicos- y me hiciste prometerlo… vale, vale, prometido.

Y aquí estoy, sacudiéndome de las manos el triste polvo en el que te has convertido, con fuerza, con rabia, para ver si ahora que estás muerto me sacudo también este amor de mierda. Porque en eso no te fijaste, hijoputa, que cuando decías el chistecito aquel de los maricones yo me mordía la risa…

(Vuelvo a publicar este relato porque Pamela Meza, ex-alumna y talentosa artista, me hizo el honor de ilustrarlo sin que yo lo supiera... y claro, vale la pena compartirlo).

5 de diciembre de 2011

"No te veré morir"


Para Paty, que me dijo: "Escríbelo".


Se levantó al alba. Alistó la ropa que se pondría, que era la misma de siempre, pero en esta ocasión le sacudía el polvo acumulado en 365 días y le remendaba las costuras que el tiempo iba desvencijando sin piedad. Miró su vestido lila, de falso terciopelo, y pensó que si la nostalgia tenía un color era ése: el lila desteñido, el lila cansado, el lila derrotado. Luego, apoyada en la baranda de su pequeño jardín, cogió sus zapatos, los que a pesar de su esfuerzo por sacarles un poco de brillo, permanecían obstinadamente opacos, añejamente negros; el óxido había roto las hebillas y las correas bailoteaban inútiles sobre sus pálidos empeines. Menos mal que casi no tenía que caminar, de otro modo le habría resultado difícil sostenerse sobre aquellos tacones, que -aunque no eran muy altos- habían entorpecido sus pasos como consecuencia de la quietud de sus eternas jornadas.
Mientras se arreglaba su pelo largo y sombrío, pensaba en como las visitas poco a poco habían comenzado a distanciarse. Al principio de la mudanza, él venía a verla muy seguido; después sus apariciones se redujeron a tres en el año: cumpleaños, aniversario… y este día. Eso sí, jamás había dejado de venir, aunque no más fuese este único día. Habían pasado tantos años, ya ni siquiera recordaba cuántos eran, pero él seguía viniendo, cada vez más viejo, cada vez más lentos sus pasos. A lo largo de todo ese tiempo ella lo había visto hacerse viejo. -Si él está así –pensaba- hecho un mar de arrugas, cómo estaré yo… Por suerte, en el lugar al que la habían traído no había espejos. No es que estuvieran prohibidos, simplemente allí no tenían sentido, la vanidad resultaba ridícula. Sin embargo, ella, ese día, cuando él la venía a ver, se arreglaba un poquito como en el otro tiempo.
Cuando el primer sol de noviembre se deslizó suave por encima del muro, llenando el gran patio de cientos de sombras pretenciosas, ella se sentó sobre el banco de piedra de su jardín a esperarlo. Sabía que de un momento a otro él aparecería al final del sendero, con el ramo de crisantemos de siempre, de ese vivo color lila que, a la vez, alegraba sus días y humillaba su vestido de terciopelo, que alguna vez tuvo el mismo color.
Por fin lo vio aparecer. Mientras se acercaba, no dejó de mirarlo en ningún momento, como queriendo abarcar en esa mirada el año que había pasado sin verlo. Sin embargo, esta vez tuvo la certeza de que esa sería la última visita, y por un instante, sólo por un instante, sintió pena porque no lo vería morir, no podría acompañarlo como él había estado con ella cuando la muerte, tempranamente, vino a buscarla.
El sol continúa empinándose por los muros del cementerio, alumbrando las esculturas de los santos y las inútiles alas de los ángeles. Un hombre viejo deposita un ramo de crisantemos en la tumba de una mujer…


(El título está tomado del último verso de un poema de Idea Vilariño: "Ya no").

15 de junio de 2011

¡DIOS!

Al fin veía claro. Al fin había resuelto la ecuación teológica que lo atormentaba desde pequeño. Y la solución estaba en la Gramática: Dios era una interjección.


7 de mayo de 2011

Demencia senil

Entonces Dios, viejo y cansado, se sentó en su creación.

23 de marzo de 2011

CACHORRO


Me apuntó con la pistola y me dijo que le diera todo el dinero. El muchacho temblaba entero, seguramente por la mucha droga que se había metido o por la falta de ella. Pidiéndole que se calmara, saqué los billetes que tenía en un bolsillo y se los alargué, pero me gritó que él sabía que yo tenía más y, a punta de pistola, me obligó a subir al dormitorio. Le dije que no era necesario que me apuntara, que le daría todo lo que tenía y de uno de los cajones del ropero saqué el dinero que mi esposa siempre dejaba allí, por eso de que nunca se sabe, como solía decir ella. Se guardó los billetes y bajó la escalera de tres zancadas. Sin embargo, al instante volvió a aparecer en la puerta de la habitación. Me miró algunos segundos. Ya no me apuntaba. Inclinó la cabeza hacia un costado como un cachorro indefenso y me dijo: “Perdona, papá…” y salió corriendo.


31 de agosto de 2010

Debut

Nervioso, desenfundó el violín y para tranquilizarse ensayó algunas notas. Era su primer concierto como solista y, a decir verdad, ni el escenario ni la acústica ni el público eran lo que él había soñado para su debut. Pero no iba a echar pie atrás. No, no le daría la razón a su padre en eso de que los músicos eran unos muertos de hambre. Y así, desenfundando también su orgullo, cerró los ojos, respiró hondo y atacó. Comenzó con Karelia, porque Sibelius le hacía olvidarse del mundo. Luego, con Rachmanivov y su Vocalise, se fue perdiendo en su propia música, y se vio tocando, como si fuera otro, en desiertos y valles desconocidos, en montañas ignoradas, solo… completamente solo. De pronto, un sonido ajeno le hizo regresar, de sabe Dios qué territorios, a la tierra. Era el sonido de las primeras monedas que comenzaban a caer en el estuche del violín, que él había dejado como abandonado en el pasillo del metro.

Entonces, las emprendió con Por una cabeza para el deleite del público pasajero.



18 de marzo de 2009

Próxima estación... otoño

Bajó del vagón con el alma temblándole en las piernas. Había caminado unos pocos pasos por la línea amarilla dibujada en el piso del andén, cuando sintió que las puertas del tren se cerraban… ya era tarde para volver por la mirada que adivinó en su espalda…
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16 de enero de 2009

Discurso

Si em dius adéu…

¿Recuerdas? Aquella vez, en tu ciudad, que por un tiempo también fue mía, llovía como si nunca hubiese dejado de llover. Hoy, sin embargo, el día es “limpio y claro”, al menos acá lo es. Deseo, de todo corazón, que esta claridad sea el mejor de los augurios para toda la nueva vida que comienza a vivirse en ti.

Dejó un momento el lápiz en el aire y pensó. Si hubiese podido ir ¿habría ido? Quizá sí, se dijo, y siguió escribiendo.

Hay personas que están hechas para rescatar la parte de felicidad que les toca. Hay quienes luchan por ella… hay quienes se la merecen. Hay quienes lo consiguen. Porque sí, porque ven siempre el lado amable de la vida. Tú eres de esas personas, y estás en el lugar que te corresponde… en la parte, y de parte, de la alegría.

Que tinguis sort…

Los miles de kilómetros que los separaban, océano de por medio, eran razón suficiente para justificar su ausencia. Vaya, la excusa perfecta.

Qué más puedo decir. Alguna vez, tú y yo, decidimos emprender un viaje. Creo habértelo dicho, cuando era el tiempo de decir, que tú portabas una maleta colmada de ilusiones, y que yo, en cambio, llevaba en mi equipaje una carga de desasosiego y desperdicio. Una tristeza ancestral, una herencia no deseada, que tú no tenías por qué ayudarme a cargar. Aún así, lo hiciste, y créeme si te digo que en más de una estación fui feliz… malgrat la boira.

Que tinguis sort…

Se detuvo a leer lo que llevaba escrito. Tachó palabras, cambió adjetivos, trasladó una frase… repitió un verso. Lo leyó en voz alta…

Que tinguis sort…

Qué más puedo decir. El corazón no razona y vuelve a querer… siempre, como si fuera la primera vez. ¡Salud por eso! Alzo una copa por tu corazón, por su osadía. Y por ti, por hacer del corazón tu guía.

No le gustó la rima de las últimas frases, pero no encontró la palabra para reemplazar “guía”. Y lo dejó así, tampoco se trataba de un texto literario. Era sólo una especie de discurso, que, por cierto, él no leería. Lo que importaba era que sonara verdadero y, ojalá, no triste, porque de verdad se alegraba por ella. Y si estaba triste no era por eso, por el motivo de su carta, sino porque era su costumbre.

I que trobis el que t’mancat amb mi

Cuánto sentido le hizo este verso y deseó con fuerza que así fuera…

No fue casualidad esta canción. Ahora que escribo este verso (en cursiva), me doy cuenta de ello. Fue un presagio, otro más, y puedo dar fe, después de tantos años, malgrat tot, que fue de los buenos. Porque mañana te casas; porque has encontrado un nuevo compañero de viaje; porque ya no estás sola… porque ya no estarás más sola…

Eso era todo lo que tenía que decir. Dobló la hoja lentamente, y la metió en el sobre como si de un ritual se tratara. Cuando ya lo iba a cerrar, volvió a sacar la hoja, la desdobló, lentamente, y escribió, entre paréntesis, la última frase.

(Desde mi estación de viajero inmóvil, mi abrazo para ti, para ambos).
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6 de noviembre de 2008

Lo raro de soñar

En medio de la noche, lo despertó un grito sordo, gutural. –Ayúdenme-. No tardó en darse cuenta que quien gritaba era él mismo. Y, aunque a los pocos segundos ya no recordaba lo que había soñado, no se atrevía a cerrar los ojos para volver a dormirse. La sensación de miedo y los desarticulados latidos de su corazón se lo impedían. Estiró la mano hasta el velador, cogió el teléfono y vio la hora. Cuatro de la mañana. Faltaban, al menos, dos horas para que comenzara a amanecer. Se revolvió inquieto, las sábanas se le habían enredado en las piernas y tuvo que luchar para liberarse de ellas. Definitivamente ya no podría volver a dormirse. Decidió levantarse y, sin encender la luz, como si temiese ser visto, comenzó a recorrer la casa. Si alguien lo hubiese observado, pensaría que buscaba algo… la razón de su desasosiego, tal vez, la causa de su pesadilla. Caminó hasta la sala y se detuvo a los pocos pasos, intentando adivinar los objetos en la penumbra. -Si estiro una mano- se dijo -tocaré el estante de los libros. Y en efecto, así lo hizo y sintió la textura de la madera en sus dedos. Dio unos pasos más y se paró detrás de donde debería estar el sillón de cuero negro. Y sí, estaba allí, y palpó el respaldo como lo haría un ciego. Se desvió un poco a la derecha, buscando la mesa del comedor. Aparentemente, todo estaba en su lugar. Entonces avanzó hasta el ventanal, guiado por una delgada línea de luz que se colaba desde el exterior. Descorrió un poco la cortina. Afuera, una espesa niebla cubría la ciudad, y se hacía evidente en los haces de luz que proyectaban las farolas del alumbrado público. Miró hacia un extremo de la calle. Sólo había silencio y soledad. Sintió, en ese instante, que el mundo estaba deshabitado. Cuando giró la cabeza hacia el otro lado supo lo que era sentir que la sangre se congele en las venas. Y, aunque la figura que vio en medio de la calle, caminando hacia la avenida, le daba la espalda, pudo reconocerse en ella. –Mierda- exclamó entre dientes- me volví a dormir. Intentó, a partir de ese momento, dominar su pesadilla. Caminó muy despacio hacia su habitación, siempre a oscuras, para no despertar al que dormía. Si lo hacía, temía que su cuerpo, en triplicado, quedara vagando por la eternidad en el limbo de los malos sueños. Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta de su dormitorio, instintivamente -como se suele hacer cuando uno está despierto- encendió la luz y miró hacia su cama…Sólo entonces comprendió que no estaba soñando.

30 de octubre de 2008

Últimos días de octubre

Esa tarde, en el café de siempre, o de casi siempre, sus ojos me hablaron una vez más de la tristeza que su boca nunca quiso contarme. Sus ojos siempre hablaban de tristeza; su boca, en cambio, sonreía lo más del tiempo, enseñando unos dientes pequeños y chuecos como si fueran fragmentos de una risa ajena.

Y, aunque hablaba de cosas intrascendentes, en cada palabra, en cada frase, parecía que el alma quería escapársele por los ojos. Y por las manos, que se movían como queriendo extraer respuestas del aire.

De pronto, su semblante cambio. Sus manos dejaron de revolver el espacio, aterrizaron en la mesa, y con un dedo comenzó a dibujar el contorno de la taza ya vacía…

-Mi sonrisa es de mentira- dijo-. Sonrío por costumbre, así como digo “bien”, cada vez que me preguntan cómo estoy. De este modo, te ahorras un montón de explicaciones que nadie quiere oír.

Me dieron ganas de decirle algo cariñoso, como tarado o imbécil, (siempre uso adjetivos ofensivos para demostrar afecto; los verdaderamente cariñosos me da una vergüenza tremenda pronunciarlos), y tuve el impulso de revolverle el cabello como se hace con un niño que ha dicho una tontera. Callé, sin embargo, contuve el impulso y sólo sonreí… por costumbre.

La música dejó de sonar, y en el breve silencio que flota entre una canción y otra, se quedó pensando y dijo:

-La vida no tiene banda sonora.

Luego, pagué la cuenta, y me marché… tan solo como había llegado, sin banda sonora, pero con esa molestosa voz “en off” que nunca me deja en paz.

23 de octubre de 2008

Suspiro limeño

-Buenos días, mi niño.

Dejó la bandeja con el desayuno en el velador. Subió la persiana y la habitación se llenó con las primeras luces del domingo. El pequeño se revolvió en la cama y sonrió.

-¿Cómo amaneció, mi niño?

Ella besó su frente y se despidió hasta la noche.

La micro la dejó en la estación Escuela Militar. En Baquedano hizo la combinación hacia Plaza de Armas, donde se bajó. En Catedral con Puente saludó a sus amigas sin detenerse. Se dirigió al centro de llamados, intercambió algunas palabras con el encargado, marcó el código 51-1…

Al otro lado, una mano pequeña descolgó el aparato…

-Buenos días, mi niño, ¿cómo amaneció…?


(Dedicado a las inmigrantes peruanas, que dejan a sus hijos en su país, para venir a Chile a cuidar hijos ajenos).



27 de septiembre de 2008

Ciberparaíso
...
Apoyada en la baranda, Eva cuenta los trenes que pasan. No es la única que espera, pero sí la que lleva más tiempo en la estación. Nerviosa, piensa que es absurdo haber acudido a esa cita. Se habían conocido en el más marginal de los paraísos. Él se llamaba Adán y naufragaba; ella había recogido la botella con su mensaje...

Poco a poco, la estación se fue quedando vacía. Un guardia se le acerca para decirle que es hora de cerrar. Eva lo mira, y sin decir nada, se marcha. Afuera, ya es de noche y hace frío. Los últimos transeúntes caminan de prisa y encogidos. De pronto, Eva reconoce su gorda imagen en los vidrios de un escaparate. Entonces, tiene la certeza de que Adán sí acudió a la cita...


22 de septiembre de 2008

Mejor así

-Tú y yo podríamos enamorarnos.

Dijo esto mientras terminaba de vestirse frente al espejo del armario. Sin embargo, cuando vio que la imagen de la mujer -recostada y desnuda allá en el fondo del espejo- comenzaba a sonreír, con la misma tranquilidad con la que se anudaba la corbata, agregó:

-Pero para qué vamos a complicar las cosas.


28 de agosto de 2008

Porque este es mi cuerpo
Fotografía, Francisco Valdés

Había llegado un poco vivo.

Cuando el aparato encargado de enviar señales de vida se hizo línea continua, tal como él lo había pedido -expresa y tajantemente- comenzó el despojo. Y así, en una desesperada carrera de relevos, los riñones arrancados pasaron de mano en mano hasta llegar a las cuencas enfermas de otros cuerpos. Lo mismo ocurrió con el resto de los órganos: hígado, páncreas, pulmones, córneas, huesos, válvulas insospechadas.

Todo lo donable había sido donado. Todo, menos -expresa y tajantemente- el corazón.

El corazón no, había dicho… el corazón, que se pudra.




15 de agosto de 2008

"Esto es un asalto"

Era poco antes de la medianoche. Lo recuerdo bien, porque a esa hora yo entregaba el turno. Él llevaba un rato en la esquina y se paseaba nervioso. Primero pensé que esperaba a alguien, pero como pasó mucho tiempo y ni siquiera miraba la hora, empecé a sospechar. Entonces fui yo la que me puse nerviosa, porque además debía hacer caja y, aunque siempre hay un guardia en el local, si te quieren asaltar, los delincuentes siempre se las arreglan.

Serían poco más de las once cuando llegué a la esquina donde está el minimarket. Hacía más frío que la cresta, así que pa’ calentar el cuerpo comencé a pasearme de un lado a otro. Y bueno, también pa’ calmar un poco los nervios, porque nunca había hecho una cosa así. La primera vez, ya se sabe, es la más difícil. “Pobreza obliga”, pensé para mis adentros, dándome ánimo, porque tampoco estaba tan convencido de querer hacerlo.

El tipo, de tanto en tanto, echaba una ojeada hacía adentro, y seguía con la mirada a los clientes que entraban y salían. No debe haber sido mayor que yo. De apariencia no se veía tan mal, vestía como un joven cualquiera, jeans y zapatillas, era flaco y no muy alto. Y tenía frío, porque no iba muy abrigado para ser invierno, sólo llevaba una chaqueta de mezclilla, una bufanda y una gorra con visera. Su cara, a esa distancia no la podía ver bien, pero era blanco, casi pálido. A lo mejor era por el frío. Yo me fijé bien en todo, mientras atendía a los clientes, por si más tarde me tocaba describírselo a los a los carabineros.

Y mientras me decidía, miraba a los clientes que entraban y salían, esperando el momento que no hubiera nadie. La vendedora parece que algo sospechó, porque me miraba intentando disimular. Era una mujer joven, como de mi edad. No era nada de fea, aunque a esa distancia no la distinguía muy bien. El uniforme, eso sí, no la favorecía: un delantal blanco y un gorro, también blanco, que le escondía el pelo. En un momento se cruzaron nuestras miradas y casi me arrepentí… caminé hasta perderme de vista, pero regresé a la esquina.

Por un momento se cruzaron nuestras miradas y yo me quedé helada, miré hacia otro lado y cuando volví a mirar, él había desaparecido. Justo en ese momento el local se quedó vacío y llamé al guardia, pero para mi mala suerte había ido al baño sin avisarme.

Le pregunté la hora a un hombre que pasaba. Faltaba un cuarto para las doce. Es ahora o nunca, pensé. Y, armándome de un valor que no tenía, me decidí a entrar.

Pero volvió a aparecer. Vi que le preguntaba la hora a alguien y comenzó a caminar hacia el minimarket. Llamé al guardia, aparentando tranquilidad, pero éste no apareció. Él ya estaba entrando…

Respiré hondo y a dos pasos de la entrada las puertas se abrieron mágicamente. Caminé hacia la vendedora aparentando seguridad, con una mano en el bolsillo de la chaqueta y la otra en la espalda, para sacar la pistola del pantalón. Ella me miró resignada…

Caminó hacia mí y no me pareció un asaltante, aunque supe que venía a eso. Su rostro pálido y un incierto temor en sus ojos me tranquilizaron. Puso un papel arrugado en el mesón, escrito con lápiz pasta: “Esto es un asalto tengo una pistola…”

Puse el papel sobre el mesón y mientras ella lo leía se iba poniendo pálida. Después me miró extrañada, pero, con calma, hizo lo que decía la nota.

Terminé de leer el papel y lo miré, no sé si desconcertada o con tristeza, y tranquilamente coloqué en una bolsa lo que me pedía: “un sandwish de cualquier cosa, una coca cola y cigarros”. De todo puse dos cosas. Le entregué la bolsa… y cuando ya se marchaba lo llamé…

Me entregó la bolsa y, cuando me daba la vuelta para irme, sentí que me decía: “Espera…”. Y me pasó un chocolate, la barra más grande de uno de esos con almendras…

“Esto va por mi cuenta”, le dije. Entonces, él me miró a los ojos unos segundos y por primera y única vez escuché su voz (su temblorosa voz). Después salió huyendo…

“Gracias”, le dije. Y creí ver en sus ojos ese brillito previo al llanto. Y salí huyendo.



27 de julio de 2008

Fado

Llovía…

Cogió la Rua Rodrigo da Fonseca y comenzó a caminar en dirección al río. Sin embargo, pronto se dejó llevar por el encanto de diversas y estrechas calles que la desviaron de la ruta trazada en su mapa turístico. A medida que se perdía en el corazón de barrios descascarados, iba descubriendo rincones con antiguos balcones de fierro, y ventanas con maceteros de geranios maltrechos pero alegres. Su curiosidad y su hábito de viajera consumada, la llevaron por infinitos recovecos, donde la ropa tendida bajo la lluvia lloraba, tal vez, las penas de dueños pobres. Frente a una de estas casas se detuvo un largo rato. Contemplaba, sin darse cuenta, pequeñas prendas de ropa, y, sin darse cuenta también, lloraba, como la ropa, por la herida. Estaba en eso cuando sintió, a lo lejos primero, una voz que la interpelaba en una lengua extraña. Luego reaccionó y vio a un joven, que desde debajo de un paraguas verde como el de ella, le preguntaba algo en portugués. Sí, dijo ella, sin entender nada, y secándose las lágrimas con el dorso de la mano, agregó… estoy perdida.

La lluvia siguió cantando fados todo el día.


18 de julio de 2008

Escalofrío

Hago fila para comprar el pan en el supermercado del barrio. Detrás de mí, dos mujeres conversan.

-Pobre hombre, no tenía casa, no tenía hijos…
-No tenía nada.

Por un helado segundo pensé que hablaban de mí.



7 de julio de 2008

Verdades como hielo

Era de madrugada... una luz mezquina se colaba por la persiana, dibujando sombras geométricas en las paredes del dormitorio. No podía ver sus ojos... me tardé un silencio largo en responder, no era nada fácil.

-Sí- le dije.

Y ese ´"sí", que seguramente ella no quería oír, fue el principio del final.

6 de abril de 2008

Ciudades sin nombre

Inevitablemente, después de la copa que comenzaba a nublarle la razón, la conversación tomaba el rumbo de la nostalgia. Todo lo que yo conocía de él lo descubrí en esas noches de charlas interminables, las que muchas veces se transformaban en el delirante monólogo de un clown que había extraviado la risa. A mí me gustaba escucharlo. Esa noche supe por qué su discurso me cautivaba, a la luz de sus palabras revisaba mi vida, que por lo demás, era bien poco interesante, pero yo aún no me daba cuenta.

Aquella vez habló de amor, de desamor, más bien, que es de lo que uno se muere. Eso dijo: No es de amor de lo que mueren los amantes, sino de desamor. Y yo pensé, recordando mis escasos y desastrosos aprontes por esos territorios pedregosos, que de alguna manera, él estaba en lo cierto. Al menos en sentido figurado, la máxima de mi amigo se cumplía, pues los amantes desdichados sienten que morirán de amor, o desamor. Y pensé, con vergüenza, en mi pobre historia de amor.

Su vida había transcurrido en ciudades sin nombre, y la historia que me contó aquella noche no era la excepción. Si bien no entró en detalles (nunca lo hacía), las conclusiones de su relato me dejaron un sabor amargo… Elijo al azar un destino en el mapa, una de aquellas miles de ciudades que no sabemos que existen. Los altavoces anuncian un nuevo embarque, que tampoco es el mío. La sala se agita. Todos quieren partir, yo más que ninguno. Sin embargo, debo esperar para abandonar la única ciudad en la que, quizás, pude ser feliz. Así me lo contó, en presente, como reviviendo el instante en que perdió la única partida que le importaba ganar.
Y así, sin más ni más, su historia de amor se dispersaba en divagaciones y reflexiones que abarcaban lo humano y lo inhumano (nunca habló de lo divino). La mayoría de las personas, me dijo, tiene una vida de mierda, pero la mayoría de esa mayoría no se da cuenta. Y de pronto, rompiendo el hilo de su discurso de clown borracho y triste, me preguntó si tenía yo una historia de amor para contar. No supe que contestar. Pensé en mi pobre historia de amor, que por más que la adornase, no era digna de ser contada… Entonces sentí, en el recoveco intercostal izquierdo, una leve pero aguda punzada. Él, como si adivinara lo que me comenzaba a pasar, retomó su monólogo con frases que en nada ayudaban a mi nuevo estado. No amar es indecente, dijo, tanto como no ser amado. Yo me salvé de esa indecencia, continuó, pero ahora no sé qué hacer con el sentimiento que me sobra. No me resigno a no amarla, me dijo, el amor una vez, no basta…

Y continuó hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Ahora él era un clown triste, borracho y mudo, que gesticulaba en el vacío. Entonces volví a sentir la punzada, ahora fuerte y filosa. Y lo odié. Estaba pariendo un dolor, mi primer dolor, el de comprobar en mí la última máxima de aquel clown borracho, triste, mudo y clarividente: mi vida era una vida de mierda… y la ciudad que me habitaba no tenía nombre.

Llené resignado mi última copa de vino negro y brindé por la “señalada” minoría de la que pasaba a formar parte, y bebí, con la vaga esperanza de que a la mañana siguiente no recordaría que me había dado cuenta… Me despedí de él con un sincero apretón de mano (el odio en mí dura poco y se me pasa con el vino), y me fui con la certidumbre de que nunca más volvería a verlo.

Esa noche soñé que alguien ponía una bomba en mi costado izquierdo… por dentro de las costillas.


5 de febrero de 2008

A los que huyen

Pensábamos, con la ingenuidad de los siete años, que si cogíamos un bote y remábamos hasta la línea donde el sol incendiaba las nubes, llegaríamos al Japón... No podíamos imaginar, mi primo y yo, cuán lejos estábamos de poder huir del pueblo y de aquella vida, que ya sospechábamos era una vida de mierda.

Sin embargo, no sé si un buen o mal día, decidimos partir, con tiempos y direcciones diferentes. Ocurrió por la época en que nos dimos cuenta de que vivir así no tenía mucho sentido… cuando descubrimos el desasosiego. Huimos, cada cual más lejos. Mi primo comenzó un largo periplo por distintas ciudades y, apenas la legalidad de los dieciocho años se lo permitió, se fue al extranjero, aprovechando que un país, grande como un continente, abrió amistosamente sus fronteras a los inmigrantes.

Nunca más volvería a verlo. De tanto en tanto, me enviaba una postal al pueblo, del cual yo todavía no escapaba, insistiendo en que lo acompañara a vivir a aquel país, y para convercerme me contaba que desde allí Japón estaba a un paso: “Aquí se puede vivir…” me escribía. Yo era el único lazo que él tenía con una infancia que deseaba olvidar.

Mi desasosiego no cabía en ninguna maleta. Por eso nunca acepté su invitación. A pesar de ello, el viaje era mi única certeza…

De niños, alguien nos había contado que cuando en este lado del mundo anochecía, en las antípodas comenzaba a amanecer. Entonces, en el momento en que el sol incendiaba las nubes, emprendí mi viaje a Japón, cruzando el mar… sin bote y sin remos.