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20 de septiembre de 2011

Apología de los balcones



La mamá dice que fue un accidente, pero yo sé que no fue así. La mamá nunca va a reconocer que su hijo, ése que se veía tan feliz, se haya suicidado lanzándose de un piso quince. Qué no, que tampoco estaba borracho, dice la mamá, que su hijo no bebía. Y de drogas ni hablar, que su hijo eso nunca, porque ella lo conocía tan bien a su hijo, que era tan buen hijo además… su hijo. Mi hermano.
Un desgraciado, un terrible accidente, dice la mamá. Pero yo sé que fue la seducción del vacío, que lo he leído en un libro que mi hermano tenía en su velador y porque he investigado mucho del tema desde su muerte. Eso, que estoy buscando la respuesta a por qué se mata la gente. Porque no solo mi hermano ha muerto así. Son muchos los jóvenes que se lanzan de los balcones, en bandadas casi, como si fuese una moda, y luego la prensa dice que son accidentes, porque madres como la mía declaran eso a los cuatro vientos… porque su hijo no, porque tenía tantísimos proyectos y una estupenda vida por delante.
Y eso, que según lo que he leído, mi hermano vio el cielo allá abajo, que temblaba como una sábana sacudida por dos pares de manos gigantes, y aunque era de noche, él lo vio azul, intensamente azul.
A veces, cuando no puedo dormir, pienso otras cosas sobre su muerte. Por ejemplo, en el tiempo que se tarda un cuerpo en caer desde un piso quince. O si pensó en algo… en alguien, o si se dio cuenta que el cielo era el suelo.
Eso pienso a veces. Sólo espero que no le haya dolido mucho… aunque yo creo que sí, porque yo sentí el sonido de su cabeza al romperse en el cemento. Pienso también que todo sería muy distinto si nosotros, los humanos, tuviésemos alas.

15 de junio de 2011

¡DIOS!

Al fin veía claro. Al fin había resuelto la ecuación teológica que lo atormentaba desde pequeño. Y la solución estaba en la Gramática: Dios era una interjección.


21 de diciembre de 2009


El mar del pueblo, ese mar, ningún otro...

A menudo, el mar viene a visitarme en sueños. Es el mar del pueblo, siempre es ese mar, ningún otro. Y nunca viene en son de paz. Irrumpe violento, arrasándolo todo, cambiando la geografía de la playa, desparramando las calles, destrozando los mapas.

Cuando era pequeño, allá por los cuatro o cinco años, el mar se salió de sus cabales. Eso no lo soñé. Recuerdo que, de la mano de mi madre, subimos al cerro que estaba (y debe seguir estando) detrás de la casa. Huíamos del mar.

Con el tiempo, me marché del pueblo, huyendo del Pacífico turbulento.

Con el tiempo, el agua salada llegó también a la ciudad. Entró por mi calle. Golpeó la puerta de mi casa… Y aquí en la ciudad no hay cerros posibles.

El mar siempre me persigue en sueños. El mar del pueblo, ese mar, ningún otro.

9 de noviembre de 2009

La tercera vía

Dudas entre escribir o masturbarte. Piensas en lo que duele menos… Entonces, te muerdes las manos y tratas de dormir.

19 de agosto de 2009

El Himno del Desencanto

Pasaremos por este mundo con más pena que gloria. No habremos peleado ninguna batalla más que la propia, cotidiana y absurda… como si no hubiese habido nada por qué pelear. Como si lo tuviésemos todo ganado. Porque parece que somos libres… porque parece que somos felices.
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27 de mayo de 2009

Credo

A veces me gustaría creer en Dios para poder decir Dios mío, por qué me has abandonado...



6 de abril de 2008

Ciudades sin nombre

Inevitablemente, después de la copa que comenzaba a nublarle la razón, la conversación tomaba el rumbo de la nostalgia. Todo lo que yo conocía de él lo descubrí en esas noches de charlas interminables, las que muchas veces se transformaban en el delirante monólogo de un clown que había extraviado la risa. A mí me gustaba escucharlo. Esa noche supe por qué su discurso me cautivaba, a la luz de sus palabras revisaba mi vida, que por lo demás, era bien poco interesante, pero yo aún no me daba cuenta.

Aquella vez habló de amor, de desamor, más bien, que es de lo que uno se muere. Eso dijo: No es de amor de lo que mueren los amantes, sino de desamor. Y yo pensé, recordando mis escasos y desastrosos aprontes por esos territorios pedregosos, que de alguna manera, él estaba en lo cierto. Al menos en sentido figurado, la máxima de mi amigo se cumplía, pues los amantes desdichados sienten que morirán de amor, o desamor. Y pensé, con vergüenza, en mi pobre historia de amor.

Su vida había transcurrido en ciudades sin nombre, y la historia que me contó aquella noche no era la excepción. Si bien no entró en detalles (nunca lo hacía), las conclusiones de su relato me dejaron un sabor amargo… Elijo al azar un destino en el mapa, una de aquellas miles de ciudades que no sabemos que existen. Los altavoces anuncian un nuevo embarque, que tampoco es el mío. La sala se agita. Todos quieren partir, yo más que ninguno. Sin embargo, debo esperar para abandonar la única ciudad en la que, quizás, pude ser feliz. Así me lo contó, en presente, como reviviendo el instante en que perdió la única partida que le importaba ganar.
Y así, sin más ni más, su historia de amor se dispersaba en divagaciones y reflexiones que abarcaban lo humano y lo inhumano (nunca habló de lo divino). La mayoría de las personas, me dijo, tiene una vida de mierda, pero la mayoría de esa mayoría no se da cuenta. Y de pronto, rompiendo el hilo de su discurso de clown borracho y triste, me preguntó si tenía yo una historia de amor para contar. No supe que contestar. Pensé en mi pobre historia de amor, que por más que la adornase, no era digna de ser contada… Entonces sentí, en el recoveco intercostal izquierdo, una leve pero aguda punzada. Él, como si adivinara lo que me comenzaba a pasar, retomó su monólogo con frases que en nada ayudaban a mi nuevo estado. No amar es indecente, dijo, tanto como no ser amado. Yo me salvé de esa indecencia, continuó, pero ahora no sé qué hacer con el sentimiento que me sobra. No me resigno a no amarla, me dijo, el amor una vez, no basta…

Y continuó hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Ahora él era un clown triste, borracho y mudo, que gesticulaba en el vacío. Entonces volví a sentir la punzada, ahora fuerte y filosa. Y lo odié. Estaba pariendo un dolor, mi primer dolor, el de comprobar en mí la última máxima de aquel clown borracho, triste, mudo y clarividente: mi vida era una vida de mierda… y la ciudad que me habitaba no tenía nombre.

Llené resignado mi última copa de vino negro y brindé por la “señalada” minoría de la que pasaba a formar parte, y bebí, con la vaga esperanza de que a la mañana siguiente no recordaría que me había dado cuenta… Me despedí de él con un sincero apretón de mano (el odio en mí dura poco y se me pasa con el vino), y me fui con la certidumbre de que nunca más volvería a verlo.

Esa noche soñé que alguien ponía una bomba en mi costado izquierdo… por dentro de las costillas.