18 de enero de 2009

La literatura no existe, Juan

Y es por esas palabras tuyas, que parecen literatura, por lo que siempre regreso. Pero esta vez no, Juan, esta vez no voy a volver. Porque la literatura, a lo más, dura unos pocos días, un par de noches en que suena en mi oído, y la dicha parece que es verdad. Pero los días, Juan, son muy largos para que la literatura alcance a llenarlos, y a ti se te olvidan o cansan, yo que sé, los días con finales felices. Porque la literatura no existe, Juan, ésa, al menos no. Si la escribieras tú, Juan, la literatura -como dices siempre que lo harás- no sería bonita, sería más bien dura, Juan, punzante, filuda. Como hoy por la mañana, como tantas mañanas, Juan, en que tempranito se te olvida la literatura que me susurras al oído por la noche. Y yo, tan como si nada, tengo que aguantarme todo ese desprecio tuyo, que siento no me merezco, porque lo único que he hecho es quererte, tontamente quererte, Juan, que es como se quiere cuando no se pasa el amor por la cabeza. Es fea la literatura tuya, Juan, ya no me gusta, porque es de mentira, aunque suene bonito. Por eso, esta vez no voy a volver. Ni con rima, Juan. Esta vez no vuelvo. Y no vuelvo, porque se necesita mucho más que literatura en la oreja por las noches para querer a alguien. Una necesita un verso también, de vez en cuando, a lo largo de las largas horas del día, porque no te imaginas, Juan, lo interminables que se hacen las horas cuando, aunque tú estés, me siento más sola que la una, y es esa soledad de vacío que no sé explicar con palabras (que la literatura –como tú te empeñas en decirme- no es lo mío, que ese es tu terreno, y mira adónde fuimos a parar), la que me va llevando a la tristeza. Por eso, Juan, me voy, porque la tristeza cansa, no sabes cuánto. Me voy porque no existen los finales felices, eso ya lo entendí, pero al menos, si me voy y no vuelvo, será un solo y último final, y no uno cada día (y a veces, uno cada hora, Juan…). Y me voy ahora, Juan, que aún te quiero un poco, así el recuerdo tuyo será menos amargo. Porque si me voy cuando ya no te quiera nada, ni eso quedará, Juan, ni un miserable recuerdo tuyo. Y sabes, de sobra sabes, que eso ocurrirá, porque tú mismo me dijiste -cuando era el tiempo en que creíamos en los finales felices y para siempre- que uno quería a quien admiraba. No, no dijiste “quería”, dijiste “amaba”, que ya casi se me olvida este verbo. Y eso pasa, Juan, que ya no te admiro, por eso sé que no voy a volver, porque cada día te pareces más a uno de esos personajes que no importan… Juan.

16 de enero de 2009

Discurso

Si em dius adéu…

¿Recuerdas? Aquella vez, en tu ciudad, que por un tiempo también fue mía, llovía como si nunca hubiese dejado de llover. Hoy, sin embargo, el día es “limpio y claro”, al menos acá lo es. Deseo, de todo corazón, que esta claridad sea el mejor de los augurios para toda la nueva vida que comienza a vivirse en ti.

Dejó un momento el lápiz en el aire y pensó. Si hubiese podido ir ¿habría ido? Quizá sí, se dijo, y siguió escribiendo.

Hay personas que están hechas para rescatar la parte de felicidad que les toca. Hay quienes luchan por ella… hay quienes se la merecen. Hay quienes lo consiguen. Porque sí, porque ven siempre el lado amable de la vida. Tú eres de esas personas, y estás en el lugar que te corresponde… en la parte, y de parte, de la alegría.

Que tinguis sort…

Los miles de kilómetros que los separaban, océano de por medio, eran razón suficiente para justificar su ausencia. Vaya, la excusa perfecta.

Qué más puedo decir. Alguna vez, tú y yo, decidimos emprender un viaje. Creo habértelo dicho, cuando era el tiempo de decir, que tú portabas una maleta colmada de ilusiones, y que yo, en cambio, llevaba en mi equipaje una carga de desasosiego y desperdicio. Una tristeza ancestral, una herencia no deseada, que tú no tenías por qué ayudarme a cargar. Aún así, lo hiciste, y créeme si te digo que en más de una estación fui feliz… malgrat la boira.

Que tinguis sort…

Se detuvo a leer lo que llevaba escrito. Tachó palabras, cambió adjetivos, trasladó una frase… repitió un verso. Lo leyó en voz alta…

Que tinguis sort…

Qué más puedo decir. El corazón no razona y vuelve a querer… siempre, como si fuera la primera vez. ¡Salud por eso! Alzo una copa por tu corazón, por su osadía. Y por ti, por hacer del corazón tu guía.

No le gustó la rima de las últimas frases, pero no encontró la palabra para reemplazar “guía”. Y lo dejó así, tampoco se trataba de un texto literario. Era sólo una especie de discurso, que, por cierto, él no leería. Lo que importaba era que sonara verdadero y, ojalá, no triste, porque de verdad se alegraba por ella. Y si estaba triste no era por eso, por el motivo de su carta, sino porque era su costumbre.

I que trobis el que t’mancat amb mi

Cuánto sentido le hizo este verso y deseó con fuerza que así fuera…

No fue casualidad esta canción. Ahora que escribo este verso (en cursiva), me doy cuenta de ello. Fue un presagio, otro más, y puedo dar fe, después de tantos años, malgrat tot, que fue de los buenos. Porque mañana te casas; porque has encontrado un nuevo compañero de viaje; porque ya no estás sola… porque ya no estarás más sola…

Eso era todo lo que tenía que decir. Dobló la hoja lentamente, y la metió en el sobre como si de un ritual se tratara. Cuando ya lo iba a cerrar, volvió a sacar la hoja, la desdobló, lentamente, y escribió, entre paréntesis, la última frase.

(Desde mi estación de viajero inmóvil, mi abrazo para ti, para ambos).
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8 de enero de 2009

¿Quieres ser Jude Law?

Quiere ser Jude Law. Él Quiere ser Jude Law en esa película en que es administrador de un café muy de película, porque nunca hay clientes y siempre está por cerrar. En verdad, querría ser cualquier actor, pero quiere ser Jude Law porque es el protagonista de la película que terminó de ver hace un rato. En verdad, quiere ser un personaje de película. Quiere ser otro. Quiere ser un otro a quien le pase algo. Porque hace algunas semanas que está encerrado en casa, y cuando alguien se encierra en casa no pasa nada más que la rutina. Y la rutina se convierte en un rito odioso. Y los ritos odiosos, y las rutinas de mierda, no son historias para contar. Porque es distinto que a Jude Law no le pase nada, porque, como es película, al final seguro algo le ocurre.

Ël, sin embargo, llegará al final del día sin que le haya ocurrido nada. O sí, porque cuando no pasa nada, todo ocurre: el café de la mañana, la tostada. Y ocurren lentamente. Y luego -hasta la madrugada- le ocurre el libro de medicina que debe corregir para entregar antes de que acabe el mes. A ratos ocurre que come. A ratos, acaricia a sus perros.

Pero claro, ahora quiere ser Jude Law, porque desde hace dos días que ni la cabeza ni el cuerpo le responden muy bien. Entonces decide ver una película, y aunque Jude Law es un tipo tan solo como él, quiere serlo porque el guión, a Jude Law, le será favorable. El guión, los ángulos y lo planos…

Los ritos rutinarios y solitarios de Jude Law resultan poéticos. Los suyos en cambio, con el transcurrir de los días de encierro, han empezado a convertirse en certezas. Una taza con restos de café en el fondo del lavaplatos, una cuchara abandonada a su lado. Un vaso. Una servilleta arrugada. Un mantel doblado en muchas partes en la esquina de la mesa. Todo en su única unidad, Todo en singular. Lo único plural son las hojas del libro que corrige, los lápices… las migas de pan, que ocupan el resto de la superficie de la mesa.

De pronto, se da cuenta que no sabe si es miércoles o jueves. Se da cuenta que tampoco le importa. Se da cuenta que otra vez es la madrugada. Se da cuenta que está cansado… se da cuenta que nunca será Jude Law.



19 de noviembre de 2008

(Sin título)
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Ese jueves no fue la excepción a mi fe en las duchas milagrosas, incluso quise renovarla y decidí darme un largo baño de tina. No imaginaba que sería más largo de lo que pensaba. Mientras la bañera se llenaba, me preparé un café, fumándome el cuarto o quinto cigarro del día. Terminé de bebérmelo apoyado en el lavamanos, justo cuando el agua alcanzaba un nivel apropiado. Me metí a la bañera con el resto de pitillo que me quedaba apretado entre los labios, y me estiré, no del todo, porque mi cuerpo es más largo que la bañera, por eso quedó como esos Cristos crucificados, con unas rodillas flacas medio dobladas hacia un lado. A los pocos segundos, la nuca comenzó a dolerme y, por no tener a mano nada mejor, cogí el calzoncillo que me había sacado, lo doblé y lo acomodé entre la dura superficie y mi cabeza.

Al principio el agua tibia, casi caliente, me hizo olvidar, por un largo rato, que existía un mundo más allá de la frontera de mi cuerpo. La tibieza siempre ha sido para mí uno de los mayores placeres, casi un vicio, y si no sonara ridículo hasta diría que tiene algún efecto sicotrópico. Y con esa agradable sensación de abandono, no sé bien si me dormí o perdí la conciencia. El asunto es que cuando recobré el sentido, sentí en mi cuerpo la modorra aquella que me impide levantarme tantas veces; reconocí también, con rabia, el baño, con los artefactos y azulejos de siempre. Otra vez había perdido la fe y había recobrado la noción del tiempo. Tenía frío, el agua se había helado, pero era incapaz de salir de la bañera, como antes no había podido levantarme de la cama. En medio del agua, por allá donde asomaban las rótulas entumidas de Cristo, la colilla del cigarro flotaba a la deriva.

Comenzaba a tiritar, cuando sentí que alguien abría la puerta. Había olvidado que era jueves y Rosa venía a limpiar y ordenar mis últimos siete días. Entonces caí en la cuenta que llevaba más de dos horas metido en el agua. Creo que muy adentro de mí, me alegré de su llegada casi sin querer reconocerlo. Escuché la puerta cerrarse y sus pasos entrando a la casa. Luego, un leve ruido de bolsa plástica. La imaginé sacando el delantal de esa bolsa, y poniéndoselo con calma. La vi amarrándose el pelo… De pronto, el sonido de la radio que se enciende hizo que desaparecieran esas imágenes de mi cabeza. Busca una emisora hasta que encuentra una canción que le gusta. Pensé: Ojalá comience a limpiar por el baño, para que me encuentre, o que al menos tenga ganas de mear. Necesito que me encuentre. Tengo frío. Ni siquiera tendrá que abrir la puerta, cuando vives solo, nada más la puerta de entrada tiene sentido.


6 de noviembre de 2008

Lo raro de soñar

En medio de la noche, lo despertó un grito sordo, gutural. –Ayúdenme-. No tardó en darse cuenta que quien gritaba era él mismo. Y, aunque a los pocos segundos ya no recordaba lo que había soñado, no se atrevía a cerrar los ojos para volver a dormirse. La sensación de miedo y los desarticulados latidos de su corazón se lo impedían. Estiró la mano hasta el velador, cogió el teléfono y vio la hora. Cuatro de la mañana. Faltaban, al menos, dos horas para que comenzara a amanecer. Se revolvió inquieto, las sábanas se le habían enredado en las piernas y tuvo que luchar para liberarse de ellas. Definitivamente ya no podría volver a dormirse. Decidió levantarse y, sin encender la luz, como si temiese ser visto, comenzó a recorrer la casa. Si alguien lo hubiese observado, pensaría que buscaba algo… la razón de su desasosiego, tal vez, la causa de su pesadilla. Caminó hasta la sala y se detuvo a los pocos pasos, intentando adivinar los objetos en la penumbra. -Si estiro una mano- se dijo -tocaré el estante de los libros. Y en efecto, así lo hizo y sintió la textura de la madera en sus dedos. Dio unos pasos más y se paró detrás de donde debería estar el sillón de cuero negro. Y sí, estaba allí, y palpó el respaldo como lo haría un ciego. Se desvió un poco a la derecha, buscando la mesa del comedor. Aparentemente, todo estaba en su lugar. Entonces avanzó hasta el ventanal, guiado por una delgada línea de luz que se colaba desde el exterior. Descorrió un poco la cortina. Afuera, una espesa niebla cubría la ciudad, y se hacía evidente en los haces de luz que proyectaban las farolas del alumbrado público. Miró hacia un extremo de la calle. Sólo había silencio y soledad. Sintió, en ese instante, que el mundo estaba deshabitado. Cuando giró la cabeza hacia el otro lado supo lo que era sentir que la sangre se congele en las venas. Y, aunque la figura que vio en medio de la calle, caminando hacia la avenida, le daba la espalda, pudo reconocerse en ella. –Mierda- exclamó entre dientes- me volví a dormir. Intentó, a partir de ese momento, dominar su pesadilla. Caminó muy despacio hacia su habitación, siempre a oscuras, para no despertar al que dormía. Si lo hacía, temía que su cuerpo, en triplicado, quedara vagando por la eternidad en el limbo de los malos sueños. Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta de su dormitorio, instintivamente -como se suele hacer cuando uno está despierto- encendió la luz y miró hacia su cama…Sólo entonces comprendió que no estaba soñando.

30 de octubre de 2008

Últimos días de octubre

Esa tarde, en el café de siempre, o de casi siempre, sus ojos me hablaron una vez más de la tristeza que su boca nunca quiso contarme. Sus ojos siempre hablaban de tristeza; su boca, en cambio, sonreía lo más del tiempo, enseñando unos dientes pequeños y chuecos como si fueran fragmentos de una risa ajena.

Y, aunque hablaba de cosas intrascendentes, en cada palabra, en cada frase, parecía que el alma quería escapársele por los ojos. Y por las manos, que se movían como queriendo extraer respuestas del aire.

De pronto, su semblante cambio. Sus manos dejaron de revolver el espacio, aterrizaron en la mesa, y con un dedo comenzó a dibujar el contorno de la taza ya vacía…

-Mi sonrisa es de mentira- dijo-. Sonrío por costumbre, así como digo “bien”, cada vez que me preguntan cómo estoy. De este modo, te ahorras un montón de explicaciones que nadie quiere oír.

Me dieron ganas de decirle algo cariñoso, como tarado o imbécil, (siempre uso adjetivos ofensivos para demostrar afecto; los verdaderamente cariñosos me da una vergüenza tremenda pronunciarlos), y tuve el impulso de revolverle el cabello como se hace con un niño que ha dicho una tontera. Callé, sin embargo, contuve el impulso y sólo sonreí… por costumbre.

La música dejó de sonar, y en el breve silencio que flota entre una canción y otra, se quedó pensando y dijo:

-La vida no tiene banda sonora.

Luego, pagué la cuenta, y me marché… tan solo como había llegado, sin banda sonora, pero con esa molestosa voz “en off” que nunca me deja en paz.

23 de octubre de 2008

Suspiro limeño

-Buenos días, mi niño.

Dejó la bandeja con el desayuno en el velador. Subió la persiana y la habitación se llenó con las primeras luces del domingo. El pequeño se revolvió en la cama y sonrió.

-¿Cómo amaneció, mi niño?

Ella besó su frente y se despidió hasta la noche.

La micro la dejó en la estación Escuela Militar. En Baquedano hizo la combinación hacia Plaza de Armas, donde se bajó. En Catedral con Puente saludó a sus amigas sin detenerse. Se dirigió al centro de llamados, intercambió algunas palabras con el encargado, marcó el código 51-1…

Al otro lado, una mano pequeña descolgó el aparato…

-Buenos días, mi niño, ¿cómo amaneció…?


(Dedicado a las inmigrantes peruanas, que dejan a sus hijos en su país, para venir a Chile a cuidar hijos ajenos).



14 de octubre de 2008

(Sin título)
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Últimamente llega tarde casi todos los días, así que puede que todavía llegue…

Siempre, antes de empezar la clase -antes de saludar, incluso- escribe algo en el pizarrón: citas, versos, títulos de libros, o algún titular del diario de la mañana. A veces, una pregunta: “¿Sabes quién fue Flora Tristán?” o “¿Quién fue Rosa Parks?”. Ahora, en el pizarrón, están los rastros de la última clase de ayer, unas fórmulas matemáticas que no entenderé nunca. Mal por mí. El profesor dice que las matemáticas son más útiles para vivir. Que la historia (que es lo que él enseña) y la literatura no sirven de mucho, pero yo no le creo…. Yo prefiero sus citas a las fórmulas matemáticas, que no me dicen nada.

Cuando él empieza a escribir, con la mano derecha en el bolsillo de atrás del pantalón, en la sala reina el caos y el bullicio. Pero, poco a poco, el silencio comienza a ganar la batalla, y hasta se puede sentir el ruido que hace la tiza al rozar la superficie del pizarrón. Y cuando termina la frase, el curso está quieto y atento. En ese instante, siento el sonido de las dos rayitas que cierran las comillas y el golpecito del punto final. Entonces, anoto la frase en mi cuaderno…

Es tarde. Hoy no vendrá. Busco en mi cuaderno. La clase anterior escribió:

”El corazón, si pudiera pensar, se pararía”…(*)
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(*) La cita final pertenece a Fernando Pessoa, en "El Libro del Desasosiego".

27 de septiembre de 2008

Ciberparaíso
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Apoyada en la baranda, Eva cuenta los trenes que pasan. No es la única que espera, pero sí la que lleva más tiempo en la estación. Nerviosa, piensa que es absurdo haber acudido a esa cita. Se habían conocido en el más marginal de los paraísos. Él se llamaba Adán y naufragaba; ella había recogido la botella con su mensaje...

Poco a poco, la estación se fue quedando vacía. Un guardia se le acerca para decirle que es hora de cerrar. Eva lo mira, y sin decir nada, se marcha. Afuera, ya es de noche y hace frío. Los últimos transeúntes caminan de prisa y encogidos. De pronto, Eva reconoce su gorda imagen en los vidrios de un escaparate. Entonces, tiene la certeza de que Adán sí acudió a la cita...


22 de septiembre de 2008

Mejor así

-Tú y yo podríamos enamorarnos.

Dijo esto mientras terminaba de vestirse frente al espejo del armario. Sin embargo, cuando vio que la imagen de la mujer -recostada y desnuda allá en el fondo del espejo- comenzaba a sonreír, con la misma tranquilidad con la que se anudaba la corbata, agregó:

-Pero para qué vamos a complicar las cosas.


12 de septiembre de 2008

No duermas tanto

No duermas tanto, me dice, que te puedes acostumbrar a morir. La miro extrañado, pues creo que la frasecita es un tanto densa para motivarte a salir de la cama. Sin embargo, le hago caso; me incorporo con dificultad y siento el frío del piso en mis pies, que se encogen como gusanos asustados. Ella me toma del mentón y me obliga a mirarla y me pregunta: “¿Me quieres…?”. Cuando recién me despierto, la voz me sale como de ultratumba, así que por no hablar y por no encontrar una mejor respuesta, sólo sonrío tontamente.

Camino los trece pasos que hay desde mi cama al baño. Sin mirarme al espejo, me lavo la cara con una inusitada energía, para ver si el agua fría, o la rabia, consigue despertarme. Alzo el rostro y miro detenidamente mi reflejo… las gotas resbalan indiferentes piel abajo. Sigo siendo el mismo de ayer, y de antes de ayer… Ella también observa mi imagen en el espejo, y me sonríe, no sé si por condescendencia o porque todavía espera una respuesta, que ni puta gana tengo de darle.

Me sigue al dormitorio, y me mira vestirme con la misma ropa de hace varios días, pero no dice nada. Es más, ella misma recoge del suelo los calcetines, los desovilla y me los alcanza. Cuando me siento en la cama para ponérmelos, una mano fría se desliza por mi espalda aún desnuda, y me hace estremecer. Vuelve a coger mi cabeza para que la mire y me dice: “¿Te gusta…?”. Esta vez ni siquiera sonrío tontamente, sólo termino de vestirme y voy a prepararme un café.

Mientras espero que la tetera hierva, pongo la radio, y -en tanto abro y cierro puertas buscando una taza, una cuchara, azúcar- el locutor da la hora: 4 de la mañana con 30 minutos.

Entonces caigo en la cuenta de que vivo solo, que desde hace más de una semana que no he salido de la casa, y que no he visto ni he hablado con nadie… ella, apoyada en el marco de la puerta de la cocina, se encoge de hombros.

-Vale- le digo - deja, al menos, que me tome el café…

6 de septiembre de 2008

(Sin título)
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El brazo, con la lentitud de una grúa, vuelve por el encendedor. Creo que esta tarea será más difícil, pues ni siquiera sé si está en el velador. Ahora toco un libro. Éste sí lo recuerdo, lleva ahí, probablemente en la misma posición, más de un mes. “El libro del desasosiego”. Mis dedos se tropiezan con el cenicero –hondo, redondo y azul-. El artilugio debería estar por ahí, completando la trilogía del vicio: cigarrillos, cenicero, encendedor. Pero no. Seguro quedó en el bolsillo del pantalón. El brazo-grúa deja el velador y baja en busca del pantalón que debería yacer amontonado al costado de la cama, justo donde me lo saqué. El resto de la ropa está esparcida también por el piso, por esa mala costumbre mía de lanzarla a cualquier parte cuando me desvisto sin ganas. Ahora sí debo doblar un poco el tronco para alcanzar los pantalones, porque están más o menos en la mitad de la cama. Camino con los dedos por el piso frío y llego hasta la anhelada prenda. Hurgo en un bolsillo y, aleluya, lo he encontrado a la primera. Mi suerte, al parecer, empieza a cambiar. ¿Será acaso una señal de que sí debo levantarme? La llama aparece con el tercer chasquido. Fumo. Aspiro profundamente, y me concentro en la brasa que se aviva, por allá, en la lejana punta del cigarro. Las volutas de humo ascienden con la calma que las caracteriza y la habitación se hace difusa. La escena en la que me encuentro no parece estar ocurriendo…es como si fuera un recuerdo. Un mal recuerdo.

28 de agosto de 2008

Porque este es mi cuerpo
Fotografía, Francisco Valdés

Había llegado un poco vivo.

Cuando el aparato encargado de enviar señales de vida se hizo línea continua, tal como él lo había pedido -expresa y tajantemente- comenzó el despojo. Y así, en una desesperada carrera de relevos, los riñones arrancados pasaron de mano en mano hasta llegar a las cuencas enfermas de otros cuerpos. Lo mismo ocurrió con el resto de los órganos: hígado, páncreas, pulmones, córneas, huesos, válvulas insospechadas.

Todo lo donable había sido donado. Todo, menos -expresa y tajantemente- el corazón.

El corazón no, había dicho… el corazón, que se pudra.




A pesar del sol
(o el difícil arte de limpiar la casa)

Es jueves. Mediodía…
Me he levantado tarde. Muy tarde
El sol se pierde allá, afuera
sin tocarme
Aquí, adentro
el silencio gana todas las batallas

Debería hacer algo…

Limpiar, tal vez. Despejar la cocina...

bañar los platos
espantar el polvo

Ordenar la vida de este lado
la que no se escribe con palabras…

(la que se esconde tras los platos sucios
y el polvo acumulado).


15 de agosto de 2008

"Esto es un asalto"

Era poco antes de la medianoche. Lo recuerdo bien, porque a esa hora yo entregaba el turno. Él llevaba un rato en la esquina y se paseaba nervioso. Primero pensé que esperaba a alguien, pero como pasó mucho tiempo y ni siquiera miraba la hora, empecé a sospechar. Entonces fui yo la que me puse nerviosa, porque además debía hacer caja y, aunque siempre hay un guardia en el local, si te quieren asaltar, los delincuentes siempre se las arreglan.

Serían poco más de las once cuando llegué a la esquina donde está el minimarket. Hacía más frío que la cresta, así que pa’ calentar el cuerpo comencé a pasearme de un lado a otro. Y bueno, también pa’ calmar un poco los nervios, porque nunca había hecho una cosa así. La primera vez, ya se sabe, es la más difícil. “Pobreza obliga”, pensé para mis adentros, dándome ánimo, porque tampoco estaba tan convencido de querer hacerlo.

El tipo, de tanto en tanto, echaba una ojeada hacía adentro, y seguía con la mirada a los clientes que entraban y salían. No debe haber sido mayor que yo. De apariencia no se veía tan mal, vestía como un joven cualquiera, jeans y zapatillas, era flaco y no muy alto. Y tenía frío, porque no iba muy abrigado para ser invierno, sólo llevaba una chaqueta de mezclilla, una bufanda y una gorra con visera. Su cara, a esa distancia no la podía ver bien, pero era blanco, casi pálido. A lo mejor era por el frío. Yo me fijé bien en todo, mientras atendía a los clientes, por si más tarde me tocaba describírselo a los a los carabineros.

Y mientras me decidía, miraba a los clientes que entraban y salían, esperando el momento que no hubiera nadie. La vendedora parece que algo sospechó, porque me miraba intentando disimular. Era una mujer joven, como de mi edad. No era nada de fea, aunque a esa distancia no la distinguía muy bien. El uniforme, eso sí, no la favorecía: un delantal blanco y un gorro, también blanco, que le escondía el pelo. En un momento se cruzaron nuestras miradas y casi me arrepentí… caminé hasta perderme de vista, pero regresé a la esquina.

Por un momento se cruzaron nuestras miradas y yo me quedé helada, miré hacia otro lado y cuando volví a mirar, él había desaparecido. Justo en ese momento el local se quedó vacío y llamé al guardia, pero para mi mala suerte había ido al baño sin avisarme.

Le pregunté la hora a un hombre que pasaba. Faltaba un cuarto para las doce. Es ahora o nunca, pensé. Y, armándome de un valor que no tenía, me decidí a entrar.

Pero volvió a aparecer. Vi que le preguntaba la hora a alguien y comenzó a caminar hacia el minimarket. Llamé al guardia, aparentando tranquilidad, pero éste no apareció. Él ya estaba entrando…

Respiré hondo y a dos pasos de la entrada las puertas se abrieron mágicamente. Caminé hacia la vendedora aparentando seguridad, con una mano en el bolsillo de la chaqueta y la otra en la espalda, para sacar la pistola del pantalón. Ella me miró resignada…

Caminó hacia mí y no me pareció un asaltante, aunque supe que venía a eso. Su rostro pálido y un incierto temor en sus ojos me tranquilizaron. Puso un papel arrugado en el mesón, escrito con lápiz pasta: “Esto es un asalto tengo una pistola…”

Puse el papel sobre el mesón y mientras ella lo leía se iba poniendo pálida. Después me miró extrañada, pero, con calma, hizo lo que decía la nota.

Terminé de leer el papel y lo miré, no sé si desconcertada o con tristeza, y tranquilamente coloqué en una bolsa lo que me pedía: “un sandwish de cualquier cosa, una coca cola y cigarros”. De todo puse dos cosas. Le entregué la bolsa… y cuando ya se marchaba lo llamé…

Me entregó la bolsa y, cuando me daba la vuelta para irme, sentí que me decía: “Espera…”. Y me pasó un chocolate, la barra más grande de uno de esos con almendras…

“Esto va por mi cuenta”, le dije. Entonces, él me miró a los ojos unos segundos y por primera y única vez escuché su voz (su temblorosa voz). Después salió huyendo…

“Gracias”, le dije. Y creí ver en sus ojos ese brillito previo al llanto. Y salí huyendo.



1 de agosto de 2008

Parece que nos estamos muriendo

-Parece que nos estamos muriendo, hermanito- escuchó que le decía el hombre que estaba tendido a su lado.

Sintió que el sol desaparecía y abrió los ojos lentamente. Y era verdad, el sol les había dado una tregua, escondiéndose detrás de un cielo desteñido. Trató de recordar los días que habían pasado desde la partida… una semana tal vez. Sin embargo, el viaje había comenzado mucho antes, en el momento de su nacimiento, o antes incluso, porque su madre ya lo llevaba en el vientre cuando tuvo que huir de su país.

-Eso, desde que nos parieron, amigo- le respondió como para tranquilizarlo.

Pero era cierto, eso pensaba, que había quienes nacían para comenzar a vivir, y que otros, en cambio, como él y todos los que yacían a su lado, nacían y empezaban a morir.

El viento de lo alto alargaba y deformaba las nubes. En la aldea -aquella aldea que había aparecido de la nada, y que era poco más que eso- las nubes habían desaparecido hacía unos cuantos años. Por este motivo pensó que el cielo nublado que ahora lo cubría era un buen presagio, que a optimista no se la ganaba nadie. Había sido también ese optimismo, y las ganas de no seguir muriendo la razón que lo había impulsado a realizar el gran viaje.

-Te imaginas si lloviera- volvió a hablarle el hombre del costado.

La última vez que llovió en la aldea había sido una fiesta. El agua caía como maná, como arroz, como pan. Recordó a sus hermanos pequeños danzando junto a los otros niños. Pero, por sobre todo, recordó a su madre; el rostro de su madre mirando hacia el cielo, (como miraba él ese cielo ahora, aunque no quisiera) con los ojos entrecerrados, los brazos en cruz y el agua rebotando en las palmas de sus manos y resbalando por su cara y su vestido; su madre, estática, como una estatua agradecida…

Imaginaba, claro que imaginaba. Si lloviera…

Apenas fue consciente, y eso ocurrió muy temprano, supo que debía marcharse. Desde aquel momento vivió sólo para ese viaje. Fueron años de trabajo para comprar un incierto billete, para un futuro que el creía cierto. Y, cuando al fin llegó el día de partir, no lo dudó, poco tenía que perder, y comenzó la travesía en la que debía cruzar más de un desierto.

El viento arrastró las nubes lejos de ahí, y sobre la piel quemada de los hombres, el sol volvió a arder.

-Parece que no lo lograremos, hermanito- le dijo, con una voz apenas audible, su compañero.


La víspera de la partida, su madre lo había abrazado largamente. Ninguno de los dos lloró, que también la sequía había llegado a los ojos.

-Prometí a mi madre que lo iba a lograr, y que regresaría a la aldea después…

Intentó adivinar cuánto tiempo habría pasado desde la partida…dos semanas tal vez. Su compañero hablaba cada vez menos, y cuando lo hacía, más bien deliraba.

-Resista, hermanito, que parece que queda poco- le dijo él- ¿qué no oye cómo cantan los pájaros? Pero el hermanito no le respondía.

Otra noche caía sobre ellos. La embarcación comenzó a moverse más de lo habitual y un viento fresco, como una bendición, se coló por entre los cuerpos amontonados. Y así, algo más aliviado consiguió, después de muchas horas, dormir un poco. Y soñó. Y en su sueño volvía a llover en la aldea. Llovía como nunca había llovido. Y en su sueño vio a su madre como aquella vez, con los brazos abiertos, recibiendo la lluvia, el arroz, el pan. Porque era eso lo que llovía en su sueño, mucho pan, mucho arroz. Y los niños de la aldea, en su sueño, bailaban salpicando infinitos granos de arroz. Y su madre, en el sueño, le decía que regresara, que ahora no hacía falta que se marchara… ¿acaso no ves, hijito, como llueve arroz sobre nosotros? Y estrellas, madre, mire cuántas estrellas caen sobre mis ojos, madre.

Se despertó sobresaltado. Pensó que seguía soñando. Cientos de destellos luminosos no le dejaban ver con claridad lo que ocurría. Se incorporó con dificultad, apoyándose en su compañero y en la baranda de la embarcación, mientras una voz fuerte y extraña, que salía de un megáfono, lo conminaba no sabía a qué.

Fue entonces que lo vi. (Dios mío, si todavía era un niño). Mientras con una mano se cubría el rostro para protegerse de los flashes, con la otra se afirmaba del cayuco para no caerse. Luego, volvió a agacharse, y cuando comenzó a sacudir el cuerpo muerto de uno de sus compañeros, vi, dibujado en su rostro, todo el miedo que la humanidad es capaz de infundir. Entonces, bajé mi cámara, me metí al agua y caminé los pocos metros que me separaban del cayuco. Los flashes seguían disparando, inescrupulosamente, su carga noticiosa. Él, arrodillado al lado de su compañero, le hablaba como si estuviese vivo, en una lengua que ninguno de los que estábamos allí habría podido identificar, porque era la lengua de los pueblos olvidados de África. Alargué instintivamente mi mano y toqué su hombro. Él me miró, y ya no era miedo lo que había en sus ojos, sino desconcierto.

-Bienvenido a Europa, hermanito- le dije, sin poder parar de llorar.




27 de julio de 2008

Fado

Llovía…

Cogió la Rua Rodrigo da Fonseca y comenzó a caminar en dirección al río. Sin embargo, pronto se dejó llevar por el encanto de diversas y estrechas calles que la desviaron de la ruta trazada en su mapa turístico. A medida que se perdía en el corazón de barrios descascarados, iba descubriendo rincones con antiguos balcones de fierro, y ventanas con maceteros de geranios maltrechos pero alegres. Su curiosidad y su hábito de viajera consumada, la llevaron por infinitos recovecos, donde la ropa tendida bajo la lluvia lloraba, tal vez, las penas de dueños pobres. Frente a una de estas casas se detuvo un largo rato. Contemplaba, sin darse cuenta, pequeñas prendas de ropa, y, sin darse cuenta también, lloraba, como la ropa, por la herida. Estaba en eso cuando sintió, a lo lejos primero, una voz que la interpelaba en una lengua extraña. Luego reaccionó y vio a un joven, que desde debajo de un paraguas verde como el de ella, le preguntaba algo en portugués. Sí, dijo ella, sin entender nada, y secándose las lágrimas con el dorso de la mano, agregó… estoy perdida.

La lluvia siguió cantando fados todo el día.


18 de julio de 2008

Escalofrío

Hago fila para comprar el pan en el supermercado del barrio. Detrás de mí, dos mujeres conversan.

-Pobre hombre, no tenía casa, no tenía hijos…
-No tenía nada.

Por un helado segundo pensé que hablaban de mí.



8 de julio de 2008

Diez trenes más

¿En qué momento la vida se me fue de las manos? ¿Cuándo fue que no quise levantarme más? ¿Cómo fue que llegué a este estado tan parecido a una catástrofe?

Duermo en camas deshechas… ¿Alguien puede limpiar mi casa? ¿Alguien puede pasarle un trapito mojado a mi alma? Mi cuerpo vaga por el laberinto de los días… Mi corazón agoniza en el velador… Ay… Un ay mudo se esconde entre mis costillas. Ay… y se confunde con los pensamientos, con los latidos sin ganas de un corazón a punto de jubilar… Mi corazón dará migas de pan a las palomas en una plaza fantasma, allá muy dentro de mí…

Me lanzó todas esas tonteras como si fuese una oración desquiciada. Y yo lo escuchaba, sin saber qué decir, mientras agarraba fuertemente su brazo. Igual me habría gustado tener alguna palabra de consuelo… decirle lo típico, que todo va a estar bien. No sé, esas cosas que se les dice a los desesperados, pero que en esos momentos me parecen tan sin sentido. Así que callé y no encontré nada mejor que decirle que contara diez trenes más, y si seguía pensando lo mismo, que yo creía que hacía bien en tirarse…

Yo pienso que la gente triste, al punto de la enajenación, que vive solo para su tristeza, hace bien en matarse. Soy partidario de todas las muertes deseadas: de las autoinferidas, de las eutanasias, de los crímenes mutuos…

Lo llevé tras la línea amarilla, que en las estaciones del metro está pintada como un límite real entre la vida y la muerte, pero que es imaginaria en todos los otros territorios de la existencia. Él ya había traspasado todas las otras líneas amarillas de su vida. Esto lo supe a largo de las largas horas que siguieron al instante en que, por instinto, cogí su brazo…

Sentados, como dos amigos, en un andén que se vaciaba y llenaba de gente cada cinco minutos, me contó que vivía solo, que estaba solo, que comía solo, que bebía solo, que lloraba solo… que era solo… y más. Así, tal cual. Su desordenado discurso era lo más coherente en él, escuchar esa retahíla de palabras que salía de su boca como si fuesen sus babas, era lo único que tenía sentido en su vida. Sin embargo, yo lo comprendía.

Luego, sentado junto a él en las escaleras, supe, entre multitudes intermitentes, que llevaba años calcando los días, las horas, los minutos. Interpreté sus palabras como la rutina cotidiana, que no era muy distinta a la mía y a la de tantos otros. Pero claro, a él le importaba y a mí me daba lo mismo, o si me importaba no me daba cuenta. Mis sábados son todos iguales -me dijo- a mis domingos. Pero cresta, pensé, son suyos… yo nunca le había puesto el posesivo a los días de la semana… todos eran ajenos. No habló de sus lunes ni de sus martes ni del resto de sus días hábiles, y yo no quise preguntarle, pues supuse que serían peores, o más aún, que no existían. A lo mejor él sólo existía los fines de semana… un poco.

Apoyados en la baranda, mirábamos los trenes de su destino. Ya habían pasado mucho más de diez. Ascendíamos como si viniésemos del purgatorio… y pensé en el infierno del Dante, que lugar común y todo, me pareció macabramente real. Ahí continuó su historia. A veces, era una historia muda, porque el ruido de los trenes no me dejaba oír, y solo veía el movimiento de su boca. Pero que más daba que lo escuchara o no. Lo importante era que él hablara y que tuviera un interlocutor de carne y hueso. Escuché nombres propios, frases sueltas, y verbos conjugados en pasado. Su rostro no mostraba emociones, sus palabras tampoco. Era como un actor memorizando textos en un teatro vacío.

No era feo…

En el último círculo concéntrico de nuestro ascenso, en un café cercano a la estación, donde lo invité, me habló de amor, de “no amor” más bien. Me habló de bocas que no había besado. Y sí, él hablaba así… bien poco cotidiano, con comas mal puestas, y muchos puntos seguidos que parecían apartes. En un momento me preguntó a qué sabían los besos que no se daban. Pensé que era una pregunta al viento, o retórica que le dicen, pero me interpeló directamente, repitiéndola… Y yo pensé: “A nada…”. Fue lo más lógico y rápido que se me vino a la cabeza. Pero me escuché diciendo: “A ausencia”… Cresta, me dije, me estoy contagiando con este loco. Y él como que se conformó con mi respuesta, porque continuó su discurso por los mismos derroteros del desamor y los besos no dados. Quise preguntarle si acaso nunca había besado, pero preferí no darle cuerda. Me dijo que no dormía, y yo le creí, pues tenía unas ojeras azulosas que se marcaban más aún, por lo pálido de su piel… -Para no soñar- prosiguió, y eso, no sé por qué, me pareció lo más fuerte de todo aquello que le había oído. Intenté recordar algún sueño mío para contárselo, pero no hubo caso, tampoco me daba como para inventar uno, siempre he sido malo para imaginar.

Pedí otros dos cafés. Era extraño, pero se bebía su café con un vago entusiasmo, como saboreando un último deseo, y bien dulce. Eso también me pareció extraño. Yo siempre lo he tomado sin azúcar.

Se hacía cada vez más noche. Pronto cerrarían el café… le pregunté qué haría, y por primera vez su rostro mostró algo parecido a una sonrisa. Ahora pienso que tal vez haya sido una mueca de incertidumbre. Le dije que yo debía marcharme, lo que era cierto, pero la verdad no llegaría tarde a parte alguna, y tampoco nadie me esperaba en ninguna otra. Caminamos en silencio hasta la boca del metro. Él me había dicho que tomaría el último tren. Yo decidí no acompañarlo e irme en micro. Me dio la mano sin decir nada y mientras se perdía escaleras abajo, pensé: “Si ahora se mata, no armará tanto escándalo”. Y no lo pensé fríamente, por los trastornos que causan los suicidas en las rutinas de los demás pasajeros del metro, sino por él, para que su espectáculo no tuviera tantos espectadores. Él, ¿cómo se llamaría él? Nunca sabría su nombre ¿Importaba? Tampoco le había dicho el mío.

¿En qué momento la vida se me fue de las manos? ¿Cuándo fue que no quise levantarme más? ¿Cómo fue que llegué a este estado tan parecido a una catástrofe?

Pienso todo eso, y espero que un desconocido se me acerqué y me diga que todo va a estar bien… que me diga que cuente diez trenes más…






7 de julio de 2008

Verdades como hielo

Era de madrugada... una luz mezquina se colaba por la persiana, dibujando sombras geométricas en las paredes del dormitorio. No podía ver sus ojos... me tardé un silencio largo en responder, no era nada fácil.

-Sí- le dije.

Y ese ´"sí", que seguramente ella no quería oír, fue el principio del final.