16 de octubre de 2014

El infarto de los días (Parte 4… y final)


Un tiempo de otro tiempo –no sé si de ayer o mañana– se me cuela por las rendijas de la piel y una tibieza (también de otro tiempo) me empapa el cuerpo. Muy cerca de mi cara, la mujer me dice algo que no entiendo. La veo como en una escena de película muda… en cámara lenta. Sin embargo, le sonrío. Su pelo se agita, su rostro se congestiona… su boca respira en mi boca, mientras atravesamos raudos la histeria de la ciudad, como si esta fuera nuestra última bacanal. En mi delirio pienso que tú y yo podríamos habernos conocido antes. En una de esas, eras tú la historia de amor que me quedé debiendo. ¿Ya no es tiempo, verdad? Intento capturar tus agitadas manos que hurguetean en mi pecho. Interrumpes un instante las maniobras seudoamorosas y me miras. Noto preocupación, casi angustia, en tu mirada. Por eso cambio el discurso, ese que solo pienso porque tu boca intermitente no me deja hablar, y te digo que olvides nuestra historia de amor que no fue, que a estas alturas poco importa, que los amores de última hora tienen el mismo poco valor que los arrepentimientos in artículo mortis…  y que aprovechemos el instante final, el orgasmo del alma, ese que se derrama por todas las rendijas de la piel, por la boca, los ojos, el ombligo, por la punta de los dedos, por los caracoles de las orejas… entonces sobreviene el silencio, la calma… la niebla del cigarrito.

Desde la azotea observo la danza fúnebre de las ambulancias que atraviesan la ciudad, pero ya no distingo en cuál de ellas viaja mi cuerpo. Tampoco recuerdo el rostro de la enfermera. Es sorprendente la mala memoria que tienen los muertos.

13 de octubre de 2014

El infarto de los días (Parte 3)


De un tiempo a esta parte, los días se empeñan en estrenar soledades nuevas y  esta ciudad –con pecado concebida– es su alcahueta. Un día olvidaré el camino de regreso a casa y después de vagar sin rumbo (como siempre se vaga en la ciudad) volveré a este rincón-oficina, porque las razones del pan están por sobre el frío de las patas del alma… Y aquí moriré, intentando corregir  los errores de un corazón mal escrito.

Mientras tanto, escribo entre las líneas de las costillas para un público analfabeto.

… a lo mejor (o a lo peor) tengo que cambiar el celular.

 

1 de octubre de 2014

El infarto de los días (Parte 2)

                                                En la hoguera de lo que fue arde lo que será. (Louis Aragon)

A estas alturas, cuando la nostalgia no tiene remedio y los días cogen el ritmo del Aleluya de Leonard Cohen o de una canción de Simon and Garfunkel, piensas que ya no es tiempo de empezar nada. Más bien, deberías ir cerrando esos capítulos escritos a medias o nunca corregidos. Eso piensas. Y que la vida, la tuya (para no meter vidas ajenas en este asunto), no es más que eso, una suma de capítulos desordenados, inconclusos… inciertos. Piensas, demasiado  tal vez. Que la ciudad cada día es menos habitable y no combina con el ritmo ese de Cohen. Que todo, por lo mismo, va desacompasado. De un tiempo a esta parte, bailamos mal tú y yo, pisándonos los callos del dedo chico. Las naves ya no arderán ni más allá ni más acá de Orión, y eso, el corazón lo sabe, lo tiene más clarito que el agua.  En la caja solo queda un fósforo para raspar las costillas desde adentro y en una avenida que parece lejana zumban los autos… que es el mar de otro tiempo en tus oídos, el viento en los cipreses de la infancia o el crepitar del polvo en el que te has convertido.

25 de septiembre de 2014

El infarto de los días


A veces, tu recuerdo me duele como un principio de infarto…

En los libros de medicina que corrijo los pacientes son nadie y nadie los llora cuando mueren. “Derrame pericárdico masivo, con colapso de cavidades cardíacas y ausencia de contracción ventricular a pesar de existir actividad eléctrica” reza el informe médico como causa de muerte. Es que la medicina es así, fría como su puta madre. En las novelas, en cambio, los pacientes tienen nombre propio, como Juan o María, y se mueren de amor o, simplemente, porque el corazón se detuvo a la vuelta de la esquina, aburrido, cansado de latir sin razón. En las novelas, en los cuentos que leo, en la vida que vivo, todavía lloramos por los paros cardiorrespiratorios sin sentimientos.

29 de agosto de 2014

Errar es divino

Y vio Dios al hombre tan solo que le sacó otra costilla y le hizo un smartphone.

14 de agosto de 2014

Tristán...


 
 
Tristán… “Mostro peludo”, “Cosita del Señorsh…”
Hace justo un año tuviste que partir a recorrer otros barrios. Seguro ya eres “el rey”, también allí. Desde entonces comencé a hacer de mi corazón tu casa y a creer en dios –por conveniencia– para volver a verte en la eternidad, porque nunca más es mucho tiempo para no estar contigo.
Te recuerdo patuleco, gracioso, correteando a las tortolitas de la plaza por el gusto de verlas volar. Ahora, Bichito, ahora que tus patitas torpes se han convertido en alas de tortolita,  puedes olfatear las copas de los árboles y parar la patita –nuevamente ligera y ágil– en las nubes.
La vida, socito, nos quedó debiendo tantas siestas al sol, tantas tardes de lluvia acurrucados junto a la estufa, tantos paseos… pero todo se lo cobraremos, con creces, se lo cobraremos.
Se echan de menos sus ojitos compañero… no sabe cuánto.

18 de julio de 2014

Un cuento desteñido

–Mucho me temo que vienen a rescatarme– exclamó fastidiada la princesa. Cautiva desde hace siglos en la última página de su propia historia, vio como la hoja que la precedía se transparentaba poco a poco ante la inminencia de un nuevo final, que inevitablemente sería el mismo de siempre: un apuesto príncipe, de ajustadas y –a estas alturas–  desteñidas lycras azules, irrumpiendo en lo alto de la torre para salvarla. Pero esta vez, la princesa no estaba en su celda. Había huido por la última línea –esa del “y fueron felices”–  no se sabe si con el rudo carcelero o con la suave criada.

3 de julio de 2014

Hologramas


Nos conocimos en otra dimensión, en medio del alboroto cotidiano del tren mañanero. Entre cientos de ojos, los nuestros se cruzaron en esa esquina intangible del tiempo y del espacio. Allí nos enamoramos, tontos perdidos, nos compramos la casita con subsidio y tuvimos a los mellizos. Aunque las cosas no fueron fáciles, alcanzamos a rozar la felicidad. Pero la velocidad de las estaciones todo lo desvanece y cuando las puertas del tren se cerraron tus ojos ya no estaban reflejados en la ventana.

13 de mayo de 2014

Cambio climático


Nos lamentamos, hipócritas, de no haberlo visto venir, como si ese último año no hubiese tenido cuatro inviernos y la lluvia  no  hubiera desteñido las casas y socavado los cimientos del pueblo. Cuando hicimos el teatro de que nos habíamos dado cuenta de la inminencia de la catástrofe, la humedad ya había alcanzado el colchón y resquebrajado las costillas de la cama. Entonces culpamos del frío al calentamiento global.

 

28 de abril de 2014

CASA


Una incierta tibieza de otro tiempo se me cuela a veces por entre las costillas y se asienta un rato corto entre la garganta y el pecho. Mis pies desnudos escarban en la tierra y se regocijan con el calorcito que la tierra guarda. A mi lado, mi hermana dibuja en el suelo la casa de sus sueños con una rama desnutrida. Con los ojos de ayer, la casa que mi hermana dibuja, es lo más parecido a una mansión; con los ojos de hoy, está mucho más cerca de una mediagua.

Mi hermana creció y -a fuerza de porfía y mucho trabajo- construyó una casa con muchas ventanas, tantas que alcanza para dos soles… o más.  

A veces, en el jardín de la casa de mi hermana, sin que nadie me vea, me saco los zapatos buscando la tibieza esa de otro tiempo, esa que se cuela por los recovecos intercostales, y dibujo en la tierra un sueño con forma de casa.

19 de febrero de 2014

La canción del condenado

¿Recuerdan los muertos el momento de su muerte? ¿Te acuerdas cuándo te maté?
Yo también tenía que morir, pero gasté todo el filo del cuchillo en tus costillas. En fin, para mi bien –o mi mal, en vista de como se dieron los hechos posteriores- no me desangré lo suficiente. Y aquí estoy, pagando las penas por mi mala puntería, por no saber –tú me lo repetías siempre- el lugar exacto donde habita el corazón. Ahora sí que lo sé, porque no deja de doler. En el recoveco intercostal izquierdo, tórtolo herido en su jaula de huesos flacos, late lento, muriéndose a goteras de muerte larga, consciente, desesperadamente lúcido, desesperadamente cuerdo. Porque la locura es el alivio de los amantes criminales, a mí se me ha condenado a la cordura y el desvelo… hasta que se me desgasten las sienes.

4 de febrero de 2014

La orgía del pobre


A modo de epígrafe, que puede y no puede ser parte del texto:  El oeste de la ciudad huele a meados. Las veredas, las estaciones de metro, los rincones pendencieros. Todo huele… a meados, a pollo asado, a caca de perro, a sopaipillas pasadas de grasa, a agua podrida. Es este cemento obrero que suda a pleno sol.

 La nariz se me arremanga. Es que a pesar de haber nacido en el lado oeste, mi olfato no acaba de acostumbrarse a la perfumada marginal. Me aíslo en burbujitas sosas, inodoras. Trabajo en el lado este de la ciudad. Por las tardes regreso al oeste en un tren atestado y sudoroso, donde no hay burbuja que me salve de la orgía del pobre… cuerpos contorsionados, espaldas calientes,  alientos pegajosos demasiado cerca de la oreja… respiraciones, jadeos más bien, que resbalan de la nuca al cuello… resoplidos, miradas que entran sin golpear, gestos de “perdona, no pude evitarlo… la inercia de los cuerpos en movimiento y la frenada burlona de la bacanal”. Perdonada, perdonado, perdonados todos.

El tren asciende y emerge espléndido, iluminado por los últimos rayos de un febrero que atardece y se misericordia de los habitantes que regresan al oeste olorosito a lo que nos tocó, al oeste-dormitorio, al oeste donde por fin se pone el sol. Estación Laguna Sur, todo este pasajero debe descender. Agradezco el golpe de aire que me enfría la carne. A ojo de pájaro, censo a los perros tristes… hay uno más ejercitando su mejor mirada de pena: la monedita pa’ su pan. Qué manera de sobrevivir, pienso. Es que los perros solo saben de vivir… el ser humano, en su caso, aplicaría todo lo que sabe de suicidio.

2 de enero de 2014

Serenata urbana


Quizás mañana, dijo la puta regresando a su esquina de batalla. La misma letanía repitió el cura mientras arrastraba su sotana camino de la sacristía. Mañana, tal vez, pensó el gerente mirando el paisaje de rascacielos al otro lado de los cristales… Mejor mañana, escribió el muchacho, asomado al vacío desde uno de los rascacielos que miraba su amante, muy cerca  de donde la puta defendía su esquina y de la iglesia donde el cura cantaba misas pensando en la puta, que de tanto en tanto le confesaba que mañana sí, padrecito, pero hoy no que los antidepresivos están muy caros.

23 de octubre de 2013

Posdata...

-       Hola, papá – dice H, mirando intrigado una hoja que su padre sostiene en su   mano. - ¿Qué es eso?- pregunta.
 
-       Es una esquela - responde su padre acercándola a la cámara.

-    ¿Una esquela?   - exclama H sorprendido,  casi rozando la pantalla con la nariz.

-     Se usaban antiguamente para escribir cartas…

-     ¿Cartas?... Ah, mails.

El padre guarda un silencio medio triste, mientras palpa esa hoja liviana, semitransparente… de ribete bicolor. En sus dedos siente la ya casi olvidada textura del papel. La había encontrado hace unos días, vagando por los galpones de un mercadillo de antigüedades.
-       No… cartas. Los mails son posteriores… Digamos que eran los telemensajes de esos tiempos. Se escribían a mano, se enviaban por correo tradicional y un cartero te las traía a casa…

En este punto del relato hace otra pausa  silenciosa, tratando de recordar lo poco que sabía de este personaje… que andaba en bicicleta, que lo perseguían los perros, que tenía un nombre, como Juan o Diego… y le cuenta también que él, alguna vez, recibió una carta; se la había enviado su padre, el abuelo de H, cuando él estudiaba en una ciudad del norte.
-       Pero se me extravió en la última mudanza - concluyó.

H no consigue imaginar el complejo mecanismo de la carta. Eso sí, lo del cartero le hace mucha gracia.  Los gestos y la voz de su padre, a pesar de la frialdad de la pantalla, le provocan una sensación extraña. H, como toda su generación, ya no reconoce la nostalgia, sin embargo, algún gen de hijo de otro tiempo rezagado en sus venas, le provoca cierta empatía con su padre.
-       ¿Por qué no me haces una de esas cartas, papá?

-       Me agradaría, H… pero  yo tampoco sé escribir a mano.

 

13 de octubre de 2013

Duérmete niña...

“Había una vez…”, repito, y me quedo un rato en el suspenso de los puntos suspensivos. Ya le he contado esta historia no sé cuántas veces, pero ella no se duerme. Tal vez tiene hambre, pienso, buscando la causa de su desvelo, y vuelvo a revisar su pañal para asegurarme que esté seca. Qué remedio… no me queda más que sobreponerme al cansancio y continuar con el cuento que, a estas alturas de la noche, parece el cuento de nunca acabar: “Había una vez una princesa  tan distraída, que cada día había que contarle su propia historia para que no se olvidara  de quien era…”

Por fin, después de no sé cuántas vueltas a la historia, desde la lejanía de un mundo que es solo de ella, mamá me mira, sonríe… y se duerme.

(Y son siete los años de estos malditos recovecos...).

8 de octubre de 2013

Agua salada

                                                                                                                                                                           A mi padre...

A grandes zancadas sobre las olas vimos alejarse la embarcación rumbo al horizonte. En ella, ataviado con su mejor traje, iba mi padre, triunfante y feliz. Y, aunque la ruta no era la prevista, después del primer desconcierto por el abrupto cambio de planes, comprendimos que no debíamos impedirlo. Total, papá siempre hizo lo que quiso. Simplemente, el pueblo de más al norte, nuestro eterno rival futbolero, no era puerto para su destino. Así pues, mientras  la corriente del río nos acercaba al mar, papá pensó su última jugada… fue cuando el agua nos  arrebató el ataúd de las manos.

1 de octubre de 2013

"Relatos en cadena..."


Notable abandono de deberes

Ordenaron colocarle una venda en los ojos, pese a que dicho ritual -en  este particularísimo caso- resultaba redundante y ridículo, pues hacía un rato largo ya que Dios se había quedado ciego.

 Mutantes

La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en el váter. Su hijo –una criatura híbrida de niño y pegaso- la observa por el resquicio de la puerta, acurrucado bajo su única ala. Desde el pasillo, Einstein les saca la lengua…

12 de agosto de 2013

La otra mitad de la cumbia


Lluvia miserable la de esta mañana. La ciudad se despliega entre una gama de grises y un sinfín de lucecitas que sucumben al día. Los trenes se desparraman lánguidos por los rieles de sus horas -de todas sus horas- con su carga de huesos y carne tan parecida al desperdicio.

El alma busca refugio en un par de audífonos que se multiplican como un reguero de orejas. El corazón se esconde en una balada romanticona, en una cumbia, en un rock apocalíptico y rabioso, al compás de latidos inciertos, tristones… resignados.

Y el sentido no brilla ni por su ausencia. Y parecen tantos los días de la vida… tantas las mañanas de lluvia miserable.

En mala hora me descolgué hoy del ropero. Prometo, señor, no reírme nunca más de los suicidas. Prometo no putearlos si detienen el tren de las ocho am, dejando la cumbia mañanera partida por la mitad en la oreja del pobre.

7 de agosto de 2013

Las bicicletas son para el otoño


Cuando descubrió que el Viejo Pascuero no existía, supo que la anhelada bicicleta no llegaría nunca. Por eso, la navidad en que –envuelta en un mar de cintas rojiverdes- vio bajo el árbol la bicicleta de sus sueños, rompió a llorar con una alegría inconsolable. Después, como reza la tradición, salió a la calle para presumir de su regalo delante de los niños del barrio, quienes ni siquiera se molestaron en mirarlo. Entonces emprendió el viaje más feliz de su vida. Poco importaba que solo fuese alrededor de la manzana y menos que,  a esas alturas, él tuviera mucho más de cuarenta años.

31 de julio de 2013

Carreteras secundarias

Con mi pulgar agradecido subí en la parte trasera del camión, donde me recibió un gigantón peludo y amable. Me acomodé a su lado y nos dormimos.
Muchos kilómetros después nos despertó el conductor.
-       El animal se queda aquí – dijo secamente.
Miré alrededor. No había más que desierto…
El perro, desconcertado e inquieto, parecía no resignarse a su destino y pude verlo siguiéndonos en medio de la polvareda durante un buen trecho. De pronto desapareció. Entonces golpeé el techo de la cabina. El camión se detuvo y me bajé.
Me bastó desandar un poco del camino para encontrarlo. Acezaba.
-       No sé adónde voy - le dije- pero tú te vienes conmigo.
Él movió su cola.