Lo raro de soñar
En medio de la noche, lo despertó un grito sordo, gutural. –Ayúdenme-. No tardó en darse cuenta que quien gritaba era él mismo. Y, aunque a los pocos segundos ya no recordaba lo que había soñado, no se atrevía a cerrar los ojos para volver a dormirse. La sensación de miedo y los desarticulados latidos de su corazón se lo impedían. Estiró la mano hasta el velador, cogió el teléfono y vio la hora. Cuatro de la mañana. Faltaban, al menos, dos horas para que comenzara a amanecer. Se revolvió inquieto, las sábanas se le habían enredado en las piernas y tuvo que luchar para liberarse de ellas. Definitivamente ya no podría volver a dormirse. Decidió levantarse y, sin encender la luz, como si temiese ser visto, comenzó a recorrer la casa. Si alguien lo hubiese observado, pensaría que buscaba algo… la razón de su desasosiego, tal vez, la causa de su pesadilla. Caminó hasta la sala y se detuvo a los pocos pasos, intentando adivinar los objetos en la penumbra. -Si estiro una mano- se dijo -tocaré el estante de los libros. Y en efecto, así lo hizo y sintió la textura de la madera en sus dedos. Dio unos pasos más y se paró detrás de donde debería estar el sillón de cuero negro. Y sí, estaba allí, y palpó el respaldo como lo haría un ciego. Se desvió un poco a la derecha, buscando la mesa del comedor. Aparentemente, todo estaba en su lugar. Entonces avanzó hasta el ventanal, guiado por una delgada línea de luz que se colaba desde el exterior. Descorrió un poco la cortina. Afuera, una espesa niebla cubría la ciudad, y se hacía evidente en los haces de luz que proyectaban las farolas del alumbrado público. Miró hacia un extremo de la calle. Sólo había silencio y soledad. Sintió, en ese instante, que el mundo estaba deshabitado. Cuando giró la cabeza hacia el otro lado supo lo que era sentir que la sangre se congele en las venas. Y, aunque la figura que vio en medio de la calle, caminando hacia la avenida, le daba la espalda, pudo reconocerse en ella. –Mierda- exclamó entre dientes- me volví a dormir. Intentó, a partir de ese momento, dominar su pesadilla. Caminó muy despacio hacia su habitación, siempre a oscuras, para no despertar al que dormía. Si lo hacía, temía que su cuerpo, en triplicado, quedara vagando por la eternidad en el limbo de los malos sueños. Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta de su dormitorio, instintivamente -como se suele hacer cuando uno está despierto- encendió la luz y miró hacia su cama…Sólo entonces comprendió que no estaba soñando.
En medio de la noche, lo despertó un grito sordo, gutural. –Ayúdenme-. No tardó en darse cuenta que quien gritaba era él mismo. Y, aunque a los pocos segundos ya no recordaba lo que había soñado, no se atrevía a cerrar los ojos para volver a dormirse. La sensación de miedo y los desarticulados latidos de su corazón se lo impedían. Estiró la mano hasta el velador, cogió el teléfono y vio la hora. Cuatro de la mañana. Faltaban, al menos, dos horas para que comenzara a amanecer. Se revolvió inquieto, las sábanas se le habían enredado en las piernas y tuvo que luchar para liberarse de ellas. Definitivamente ya no podría volver a dormirse. Decidió levantarse y, sin encender la luz, como si temiese ser visto, comenzó a recorrer la casa. Si alguien lo hubiese observado, pensaría que buscaba algo… la razón de su desasosiego, tal vez, la causa de su pesadilla. Caminó hasta la sala y se detuvo a los pocos pasos, intentando adivinar los objetos en la penumbra. -Si estiro una mano- se dijo -tocaré el estante de los libros. Y en efecto, así lo hizo y sintió la textura de la madera en sus dedos. Dio unos pasos más y se paró detrás de donde debería estar el sillón de cuero negro. Y sí, estaba allí, y palpó el respaldo como lo haría un ciego. Se desvió un poco a la derecha, buscando la mesa del comedor. Aparentemente, todo estaba en su lugar. Entonces avanzó hasta el ventanal, guiado por una delgada línea de luz que se colaba desde el exterior. Descorrió un poco la cortina. Afuera, una espesa niebla cubría la ciudad, y se hacía evidente en los haces de luz que proyectaban las farolas del alumbrado público. Miró hacia un extremo de la calle. Sólo había silencio y soledad. Sintió, en ese instante, que el mundo estaba deshabitado. Cuando giró la cabeza hacia el otro lado supo lo que era sentir que la sangre se congele en las venas. Y, aunque la figura que vio en medio de la calle, caminando hacia la avenida, le daba la espalda, pudo reconocerse en ella. –Mierda- exclamó entre dientes- me volví a dormir. Intentó, a partir de ese momento, dominar su pesadilla. Caminó muy despacio hacia su habitación, siempre a oscuras, para no despertar al que dormía. Si lo hacía, temía que su cuerpo, en triplicado, quedara vagando por la eternidad en el limbo de los malos sueños. Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta de su dormitorio, instintivamente -como se suele hacer cuando uno está despierto- encendió la luz y miró hacia su cama…Sólo entonces comprendió que no estaba soñando.
