22 de agosto de 2011
11 de agosto de 2011
… atravesando una ciudad aún vacía y sin sol, encontrándose en su huida con otros amantes que, como él, han abandonado en una cama tibia un cuerpo dormido. Y se saludan, sin saludarse, los amantes, y continúan su camino, trazando el mapa clandestino de los amores inciertos por una ciudad aún vacía y sin sol.
Algunos sonríen por dentro, pues saben que pronto volverán al placer de deshacer la cama y de enredarse las sábanas entre las piernas. Otros, sin embargo, no tendrán la suerte de un regreso, aquéllos que, como él, se vistieron con sigilo, para que no se despertara quien dormía, y se pusieron los zapatos esperando el ascensor.
15 de junio de 2011
Al fin veía claro. Al fin había resuelto la ecuación teológica que lo atormentaba desde pequeño. Y la solución estaba en la Gramática: Dios era una interjección.
23 de mayo de 2011
Cuando al fin decide colgar, pide las disculpas de rigor, y se saludan con las frases convencionales. Están en eso cuando suena un teléfono. Es el celular del -a estas alturas- llegado hace rato. Con un gesto de “ya casi estoy”, le pide un momentito. El que había terminado de hablar, aprovecha el prematuro paréntesis para pedir un café, y luego otro… y otro.
Después de no sé cuántos cafés, el teléfono se calla. Entonces ambos miran la hora, se encogen de hombros, y deciden que es hora de despedirse, no sin antes enfatizar en que se llamarán.
29 de abril de 2011
…y este otoño tan lleno de lugares comunes, pensó, al ver caer las hojas como en una escena cursilona de película romántica. Hizo todo el camino, que iba del bar al metro, recriminándose. Que era un imbécil, que nunca aprendería, que bien merecido se lo tenía. Con esto último, se refería a esa desagradable sensación de vacío que ocupaba todos sus órganos. Caminaba con las manos en los bolsillos. Tenía frío. Empuñadas. Y rabia… con él mismo, que es la peor de las rabias. ¿Sabes cuántas personas solas hay en el mundo? Y, aunque la pregunta era retórica, de todos modos se respondió. Miles. Y no tiene nada de malo. Y si lo tiene qué, a todo se acostumbra el hombre. Llevaba solo mucho tiempo y pensaba que se había acostumbrado. Pero no, al más mínimo descuido, ya estaba soñando en plural.
Apuró el pasó para alcanzar el último tren y al llegar a la estación, el calorcito que de pronto lo envolvió, le hizo olvidarse por un momento de sí mismo. Se subió al tren y al cerrarse las puertas vio su imagen en la ventanilla. A mis años, pensó resignado, cualquier ilusión puede ser mortal.
23 de marzo de 2011
15 de febrero de 2011
Miró por la ventana del comedor que daba al patio trasero. Una pátina de polvo y hojas secas cubría las baldosas. Ya se lavarán cuando llueva, pensó. Era pleno verano y la ciudad sudaba indiferente sus penas bajo un sol de justicia. Febrero transcurría como una siesta interminable, borracho de vacío y abandono. De pronto, un relámpago iluminó la tarde, que, sin él darse cuenta, se había vuelto negra. Luego un trueno estremeció las ventanas y espantó a los perros de la calle, que huyeron a refugiarse a ninguna parte, porque en esta ciudad no hay refugios para ellos. Y de pronto, la lluvia. A goterones, gordos y ralos al comienzo, para convertirse en un aguacero con todas las de la ley unos segundos después. Las lluvias de verano hacen que todo parezca irreal, pensó, mientras miraba como el polvo de las baldosas se escapaba en pequeños ríos turbios por el desagüe. Sonrió. Sin embargo, las hojas secas -que los pequeños ríos turbios arrastraban- comenzaron a tapar la alcantarilla hasta convertir el patio en un pequeño lago oscuro. La lluvia es verdad, pensó, pero la vida es mentira.
16 de diciembre de 2010

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29 de noviembre de 2010
Ahora que ya no sé soñar y que no vivo esperando buenas noticias. Ahora que tampoco espero a nadie en la estación del metro, y que me emborracho solo en bares perdidos sin compadecerme, o que sin compadecerme me emborracho perdido en bares solos. Ahora que me levanto temprano de lunes a viernes, aunque no tenga ganas, y que el viernes no importa porque es igual al lunes. Ahora que los días pasan sin sobresalto, miento. Miento como canalla, porque ahora que ya no sé soñar ni dormido, de lunes a viernes, en una escuela olvidada, enseño a soñar…
19 de noviembre de 2010
24 de octubre de 2010
Pasaba cada dos días, más o menos a la misma hora, de vuelta del trabajo. Se hizo conocido entre las cajeras no por ser un cliente frecuente, que de ésos en los supermercados de barrio hay miles, sino porque siempre compraba lo mismo: una lata de atún, desmenuzado y en agua, y cuatro panes. Las cajeras jugaban a inventarle una vida a partir de esos dos artículos. Lo primero era su estado civil; una decía que era soltero; otra, que separado; alguna, adicta a las teleseries mexicanas, afirmaba que era un viudo, que nunca se había resignado a la pérdida de su esposa. Y claro, de cocinar nada, por eso el atún. De aquí a poco olerá a pescado, bromeaban. Y claro, por eso es tan flaco, si come tan poquito. Y claro, está solo… y sonreían cómplices. De su voz solo sabían como pronunciaba dos palabras: hola y gracias. Nunca ninguna se atrevió a intentar sacarle otra. Es que con ese aire serio y lejano parecía de otro mundo. Sin embargo, A María, la más reservada de las cajeras, le gustaba su voz, y no se lo contaba a nadie. Ella imaginaba como serían otras frases en su boca, incluso como sonaría su nombre en su boca… María. Y mientras las otras cajeras seguían con las invenciones biográficas del hombre del atún y el pan, ella imaginaba cómo sonaría su nombre en su boca. ¿Y él? ¿Cómo se llamaría él? Tiene cara de Juan Pablo, decía una; otra, que de Ramiro; alguna, adicta a los nombres rebuscados (tal vez la misma aficionada a las teleseries mexicanas), afirmaba que se llamaba Estanislao José. Pero María no participaba en la trivia bautismal, pues pensaba en él sin nombre. Simplemente pensaba en él, en su presencia, e iba más allá y en su ausencia imaginaba los detalles del espacio que habitaba a diario, el color de las cortinas, la forma de la mesa, y en noches de insomnio, imaginó, con pudor, la textura de sus sábanas, la proximidad de su piel. Pensaba también en sus ritos de hombre solo. Más de una vez se sorprendió imaginándose al otro lado de su mesa, compartiendo el café de la mañana, el olor a tostadas quemadas (que a los hombres siempre se les queman) y el sabor de la mermelada. Así, María, como era dada a coleccionar amores imposibles, comenzó a imaginar más de lo que la razón le indicaba. Tantas veces el amor no es otra cosa que malas indicaciones del corazón, Cupido disparando flechas a tontas y a locas, vaya. Y aunque ella estaba entre las tontas entre comillas, se ha de alegar en su defensa que las escasas historias de amor de María, las reales, jamás habían alcanzado esa categoría, es decir, de “historia de amor”. Por este motivo, y a pesar de que ya no era una jovencita, prefería imaginar relaciones, incluso tormentosas, pero, eso sí, con finales felices. Y en este contexto, claro está, el cliente del atún y el pan, era el amante ideal: guapo (medianamente, siendo objetivos), caballero (aunque solo decía hola y gracias, podría no haber dicho nada, lo defendía ella ante sí misma) y misterioso (aunque qué cliente no lo es…). La cuestión es que María comenzó a vivir su romance intensamente y soportaba sus duras horas de cajera, pensando en que cada dos días lo vería por breves minutos. Y mientras las demás cajeras seguían con sus conjeturas, cada vez más delirantes, ella, cada vez más a menudo, se colaba en sus noches y en su cuerpo, siguiendo la ruta de su perfume desde las orejas al cuello y de ahí al pecho, al ombligo, derribando poco a poco las trincheras de la vergüenza. Sin embargo, cuando él venía por su lata de atún y por su pan, ella aparentaba la misma amabilidad o indiferencia (depende del punto de vista) que ante cualquier otro cliente. A veces, cuando la imposibilidad la desesperaba un poco, imaginaba acciones osadas para producir un contacto: “Y si le deslizo, como por error, un chocolate”, “Y si deslizo, como por casualidad, mis dedos por los suyos cuando le entregue el cambio, “Y si…” Pero no, eso no estaba en las reglas del juego de los amores imposibles. Por eso regresaba sin mucho drama a sus ensoñaciones, donde sí se permitía un poco de melodrama, con peleas y reconciliaciones. Y a veces, también escapándose sin querer de las reglas, pensaba en qué pasaría si un mal día, su amante sin nombre no regresaba más a comprar. Eso ocurría cuando su historia se le escapaba de las manos y de sus fantasías. Es que a veces la realidad pesa como la verdad que es nomás. De tanto en tanto, se involucraba en los juegos inventivos con sus compañeras, no fuera cosa que sospecharan algo y lo arruinaran todo.
Pero todas las historias tienen un final, incluso las imposibles. Ocurrió uno de aquellos días en que ella, María, decidió jugar con las demás. La tarde-noche anterior, había sido él quien rompió las reglas y al atún y el pan acostumbrados, añadió dos artículos nuevos: vino y quesos. El vino y el queso, en este caso, eran inesperados productos que agregaban el elemento tormentoso posible a una historia imposible. Este hecho lo cambiaba todo y el revuelo que ocasionó en las “guionistas de supermercado” fue mayúsculo., pues venía a proporcionar material inédito a una teleserie que ya comenzaba a perder interés. “Así que vino y quesitos…” Entonces, las teorías acerca de quién y cómo sería la misteriosa invitada, echaron a volar con renovado entusiasmo la creatividad de las cajeras: “Debe ser una compañera de trabajo”, decía una; “qué no, que es una vecina y seguro la conocemos porque compra aquí”, aseguraba otra; “ay, debe ser una jovencita que conoció por casualidad al cruzarse las líneas telefónicas”, suspiraba la de las teleseries mexicanas; “la cosa es que nos quedamos viudas antes del casamiento…” remataba la de más edad, decepcionada como si de verdad hubiese tenido alguna posibilidad. Y luego venían las apuestas por el nombre de la afortunada: Angélica, Carolina, Rosa Amelia… “O Simplemente María, como tú”, dijo la misma de las teleseries mexicanas, sorprendiendo a la homónima, quien hasta ese momento escuchaba en silencio la conversación de sus colegas. “Sí, se llama María”, dijo María, con una sonrisa que todas interpretaron como de tristeza. Entonces otra, para dar un final más gracioso al capítulo de ese día, agregó: “Y a la elegida no le gusta el atún…”
31 de agosto de 2010
Nervioso, desenfundó el violín y para tranquilizarse ensayó algunas notas. Era su primer concierto como solista y, a decir verdad, ni el escenario ni la acústica ni el público eran lo que él había soñado para su debut. Pero no iba a echar pie atrás. No, no le daría la razón a su padre en eso de que los músicos eran unos muertos de hambre. Y así, desenfundando también su orgullo, cerró los ojos, respiró hondo y atacó. Comenzó con Karelia, porque Sibelius le hacía olvidarse del mundo. Luego, con Rachmanivov y su Vocalise, se fue perdiendo en su propia música, y se vio tocando, como si fuera otro, en desiertos y valles desconocidos, en montañas ignoradas, solo… completamente solo. De pronto, un sonido ajeno le hizo regresar, de sabe Dios qué territorios, a la tierra. Era el sonido de las primeras monedas que comenzaban a caer en el estuche del violín, que él había dejado como abandonado en el pasillo del metro.
Entonces, las emprendió con Por una cabeza para el deleite del público pasajero.
17 de agosto de 2010
... pocas veces sé el día en que vivo. El tiempo y yo vagamos por caminos distintos. Pasa que el tiempo me dijo que yo lo había perdido, y debe tener razón. A ratos nos encontramos, algún martes o miércoles laborable... porque sí.
... tampoco sé mucho del cuerpo que habito. A veces siento que quiere decirme alguna cosa, que se le escapa la sangre, la carne... los huesos. Yo solo lo miro con extrañeza, como si no fuera el mío.
... el tiempo y mi cuerpo deben andar por ahí, sonriéndose de mí, que me he quedado con el alma entumida en un eterno domingo de invierno.
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18 de julio de 2010
… Escogiste un buen sitio para quedarte. Es lindo en verdad, tal como me habías contado. Sin embargo, este frío era difícil de imaginar, sólo ahora que lo siento puedo entender de lo que hablabas. Tú decías que era lo único malo de este lugar, pero que terminarías acostumbrándote, total, los muertos son más fríos que el frío. Eso decías…
¿Sabes? Nunca pensé que debería traerte tan pronto. Pero promesa obliga. Estábamos borrachos aquella vez, borrachos como cada vez que alguien te abandonaba, como cada vez que alguien me abandonaba. Ay, amigo, el desamor casi nos volvió alcohólicos. En eso también éramos tal para cual: unos perfectos perdedores. Siempre decías que debíamos haber nacido maricones, que habríamos sido la pareja imperfecta: “Con lo que yo te quiero, hijoputa”, me decías muerto de risa, después de haber llorado todo tu tinto llanto de borracho clásico.
Fue solo después de la resaca de tu muerte cuando recordé aquella promesa, aquélla que la vanidad de creernos inmortales nos había hecho olvidar. Y es por eso que estoy aquí, contemplando el paisaje que tantas veces me contaste, y que ahora vuelvo a escuchar como si fuesen las indicaciones para encontrar el sitio exacto en un mapa.
A la entrada del pueblo, a mano derecha (si vienes del Este), encontrarás un puente de madera. Sí, ése que alguna vez fue colgante. Debes cruzarlo y seguir el camino de tierra hasta encontrar el sendero que te lleve al bosque. Camina por ese sendero. Si es primavera, verás flores amarillas y moradas por todos lados. Pronto llegarás a una bifurcación: un camino te lleva hacia la profundidad del bosque; el otro, al mar… Allí, al final del sendero, ¿lo ves?
Sí, lo veo… como si me hubieras prestado tus ojos. Sólo las flores no están porque es invierno.
“Justo en ese punto quiero que eches a volar mis putas cenizas”, me dijiste. Te respondí con una risotada, también de borracho, que no hablaras güevás. Pero entonces te pusiste bien serio -y yo me reí con más ganas porque los borrachos que tratan de ponerse serios se ven muy cómicos- y me hiciste prometerlo… vale, vale, prometido.
Y aquí estoy, sacudiéndome de las manos el triste polvo en el que te has convertido, con fuerza, con rabia, para ver si ahora que estás muerto me sacudo también este amor de mierda. Porque en eso no te fijaste, hijoputa, que cuando decías el chistecito aquel de los maricones yo me mordía la risa…
23 de mayo de 2010
El sol mezquinaba sus rayos y los dejaba caer sobre el patio del asilo como aletazos de pájaro herido. Sentados a lo largo del corredor, los abuelos desentumecían sus cuerpos, y trataban de aferrarse a la cola de un recuerdo que los abandonaba. La voz de Gardel, que salía de una radio vieja y desafinada, les entibiaba los huesos del alma. Algunos, que todavía tenían la noción de domingo, esperaban por si alguien venía a visitarlos; los otros, simplemente vagaban por las desmemoriadas horas de sus últimos días.
Zenón era de aquéllos que no esperaba a nadie, pero no porque su cabeza se hubiese olvidado de todo, sino porque no tenía a nadie a quien esperar. A decir de él, su piel se había jubilado de caricias y su boca de besos antes de los cuarenta. Por ese entonces, había asumido que lo único cierto en su vida era que moriría solo.
A decir de él: “Al otro lado del amor, no hay nadie esperándote…”
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13 de abril de 2010
Ese día regresaba a casa más tarde de lo que era mi costumbre. Asuntos de fuerza mayor me retuvieron en la oficina hasta entrada la noche. Conducía, a pesar del cansancio, concentrado para que una fina, pero persistente llovizna no me jugara una mala pasada. Por eso fue que me sobresalté cuando en un semáforo en rojo sentí unos golpecitos en la ventanilla de mi auto. En medio de la bruma invernal pude distinguir a una niña que me ofrecía una rosa. La imagen era, por decir lo menos, desconcertante…
Bajé el vidrio sin pensar -en realidad, todo lo que hice de ahí en adelante fue sin pensar- y, como una aparición, la pequeña, con el rostro salpicado de lluvia, me sonrío estirando la mano con la rosa.
-¿Tienes hambre?- le pregunté.
Ella sacudió la cabeza de arriba abajo, sin dejar de ofrecerme la rosa. Yo me incliné para abrirle la puerta.
-Sube- le dije, y ella obedeció como si fuera una orden.
Cerca de allí había una gasolinera de ésas que tienen un lugar para comer algo al paso. Los pocos clientes que habían, al vernos entrar nos miraron con curiosidad (ahora puedo afirmar que no era curiosidad, sino reprobación).
-¿Qué quieres comer?- le dije, ayudándola a instalarse en una de esas mesas pequeñas y redondas, que eran muy altas para su poca estatura.
-Un completo- dijo sin dudar.
-¿Con leche, té, café…?- le dije, como tomándole el pedido.
-Una Coca cola- respondió sonriendo y balanceando los pies que le colgaban lejos del suelo.
-Espérame aquí- agregué guiñándole un ojo.
Cuando volví a la mesa con su pedido y un café para mí, sus ojos se iluminaron. Comenzó a comer con entusiasmo. Yo intenté vaciar su bebida en un vaso, pero dijo que no y tomó directamente de la lata.
-¿Cuántos años tienes?
-Diez- dijo sin dejar de comer.
-¿Y tu mamá…?- pregunté, intentando establecer un diálogo.
-No sé- dijo. –No tengo mamá…
-¿Y con quién vives?- insistí.
-Por ahí, con unos amigos…
Cuando terminó de comer me miró y sonrió. Yo sonreí también porque sobre su labio superior se habían dibujado unos divertidos bigotes de ketchup y mayonesa. Cogí una servilleta y le limpié la boca. Entonces fue cuando ella dijo lo que yo nunca esperé escuchar… lo que nunca hubiese querido oír.
-Ya… ahora qué quieres que te haga.
Y me lo dijo desde esa sonrisa, que, a pesar de todo, seguía siendo inocente…
21 de diciembre de 2009

A menudo, el mar viene a visitarme en sueños. Es el mar del pueblo, siempre es ese mar, ningún otro. Y nunca viene en son de paz. Irrumpe violento, arrasándolo todo, cambiando la geografía de la playa, desparramando las calles, destrozando los mapas.
Cuando era pequeño, allá por los cuatro o cinco años, el mar se salió de sus cabales. Eso no lo soñé. Recuerdo que, de la mano de mi madre, subimos al cerro que estaba (y debe seguir estando) detrás de la casa. Huíamos del mar.
Con el tiempo, me marché del pueblo, huyendo del Pacífico turbulento.
Con el tiempo, el agua salada llegó también a la ciudad. Entró por mi calle. Golpeó la puerta de mi casa… Y aquí en la ciudad no hay cerros posibles.
El mar siempre me persigue en sueños. El mar del pueblo, ese mar, ningún otro.