6 de abril de 2008

Ciudades sin nombre

Inevitablemente, después de la copa que comenzaba a nublarle la razón, la conversación tomaba el rumbo de la nostalgia. Todo lo que yo conocía de él lo descubrí en esas noches de charlas interminables, las que muchas veces se transformaban en el delirante monólogo de un clown que había extraviado la risa. A mí me gustaba escucharlo. Esa noche supe por qué su discurso me cautivaba, a la luz de sus palabras revisaba mi vida, que por lo demás, era bien poco interesante, pero yo aún no me daba cuenta.

Aquella vez habló de amor, de desamor, más bien, que es de lo que uno se muere. Eso dijo: No es de amor de lo que mueren los amantes, sino de desamor. Y yo pensé, recordando mis escasos y desastrosos aprontes por esos territorios pedregosos, que de alguna manera, él estaba en lo cierto. Al menos en sentido figurado, la máxima de mi amigo se cumplía, pues los amantes desdichados sienten que morirán de amor, o desamor. Y pensé, con vergüenza, en mi pobre historia de amor.

Su vida había transcurrido en ciudades sin nombre, y la historia que me contó aquella noche no era la excepción. Si bien no entró en detalles (nunca lo hacía), las conclusiones de su relato me dejaron un sabor amargo… Elijo al azar un destino en el mapa, una de aquellas miles de ciudades que no sabemos que existen. Los altavoces anuncian un nuevo embarque, que tampoco es el mío. La sala se agita. Todos quieren partir, yo más que ninguno. Sin embargo, debo esperar para abandonar la única ciudad en la que, quizás, pude ser feliz. Así me lo contó, en presente, como reviviendo el instante en que perdió la única partida que le importaba ganar.
Y así, sin más ni más, su historia de amor se dispersaba en divagaciones y reflexiones que abarcaban lo humano y lo inhumano (nunca habló de lo divino). La mayoría de las personas, me dijo, tiene una vida de mierda, pero la mayoría de esa mayoría no se da cuenta. Y de pronto, rompiendo el hilo de su discurso de clown borracho y triste, me preguntó si tenía yo una historia de amor para contar. No supe que contestar. Pensé en mi pobre historia de amor, que por más que la adornase, no era digna de ser contada… Entonces sentí, en el recoveco intercostal izquierdo, una leve pero aguda punzada. Él, como si adivinara lo que me comenzaba a pasar, retomó su monólogo con frases que en nada ayudaban a mi nuevo estado. No amar es indecente, dijo, tanto como no ser amado. Yo me salvé de esa indecencia, continuó, pero ahora no sé qué hacer con el sentimiento que me sobra. No me resigno a no amarla, me dijo, el amor una vez, no basta…

Y continuó hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Ahora él era un clown triste, borracho y mudo, que gesticulaba en el vacío. Entonces volví a sentir la punzada, ahora fuerte y filosa. Y lo odié. Estaba pariendo un dolor, mi primer dolor, el de comprobar en mí la última máxima de aquel clown borracho, triste, mudo y clarividente: mi vida era una vida de mierda… y la ciudad que me habitaba no tenía nombre.

Llené resignado mi última copa de vino negro y brindé por la “señalada” minoría de la que pasaba a formar parte, y bebí, con la vaga esperanza de que a la mañana siguiente no recordaría que me había dado cuenta… Me despedí de él con un sincero apretón de mano (el odio en mí dura poco y se me pasa con el vino), y me fui con la certidumbre de que nunca más volvería a verlo.

Esa noche soñé que alguien ponía una bomba en mi costado izquierdo… por dentro de las costillas.


25 de marzo de 2008

Malas noticias de Dios

Existe!


5 de febrero de 2008

A los que huyen

Pensábamos, con la ingenuidad de los siete años, que si cogíamos un bote y remábamos hasta la línea donde el sol incendiaba las nubes, llegaríamos al Japón... No podíamos imaginar, mi primo y yo, cuán lejos estábamos de poder huir del pueblo y de aquella vida, que ya sospechábamos era una vida de mierda.

Sin embargo, no sé si un buen o mal día, decidimos partir, con tiempos y direcciones diferentes. Ocurrió por la época en que nos dimos cuenta de que vivir así no tenía mucho sentido… cuando descubrimos el desasosiego. Huimos, cada cual más lejos. Mi primo comenzó un largo periplo por distintas ciudades y, apenas la legalidad de los dieciocho años se lo permitió, se fue al extranjero, aprovechando que un país, grande como un continente, abrió amistosamente sus fronteras a los inmigrantes.

Nunca más volvería a verlo. De tanto en tanto, me enviaba una postal al pueblo, del cual yo todavía no escapaba, insistiendo en que lo acompañara a vivir a aquel país, y para convercerme me contaba que desde allí Japón estaba a un paso: “Aquí se puede vivir…” me escribía. Yo era el único lazo que él tenía con una infancia que deseaba olvidar.

Mi desasosiego no cabía en ninguna maleta. Por eso nunca acepté su invitación. A pesar de ello, el viaje era mi única certeza…

De niños, alguien nos había contado que cuando en este lado del mundo anochecía, en las antípodas comenzaba a amanecer. Entonces, en el momento en que el sol incendiaba las nubes, emprendí mi viaje a Japón, cruzando el mar… sin bote y sin remos.

16 de enero de 2008

Blas

-Si quieres, puedes pasar lo que queda de noche en mi casa.

El extraño lo miró en silencio y lo siguió unos pasos más atrás, caminando torpemente con el cuerpo aterido de frío.

En noches heladas como aquélla, regresar a una casa vacía le parecía absurdo, por eso se había quedado, asesinando el tiempo, en el bar de costumbre. En una de ésas, si había suerte, podría capturar alguna mirada clandestina, a través de un cristal turbio de vino tinto. Pero eso, rara vez ocurría, así que cuando las copas se vaciaron, las luces se extinguieron y las voces se habían desvanecido, el barman lo acompañó, siempre cordialmente, hasta la puerta, la que balanceó, lastimera, su óxido triste en su espalda de último cliente.

Para demorar el regreso, se bajó del taxi algunas cuadras antes, y caminó bordeando el parque próximo a su casa, sin preocuparse del peligro que acechaba detrás de cada árbol ni de las sórdidas soledades que tentaban en cada sombra. Sólo el frío le importaba… un poco. Aunque no se veía ningún auto, en la esquina esperó la luz verde para cruzar. Fue ahí donde vio, al otro lado de la calle, una silueta resignada que intentaba, sin éxito, resguardarse del invierno bajo un poste sin luz. Cuando llegó a su lado, y olvidando todos los consejos de precaución de su mejor amiga, lo invitó a pasar la noche con él.

-Pasa, estás en tu casa- le dijo sonriendo, para que su invitado entrara en confianza.

El extraño no se atrevió a moverse del lado de la puerta. Sólo observaba con timidez el lugar y los movimientos de su anfitrión.

-Debes tener hambre, ¿te gusta el pollo?- le preguntó, sacando un plato del refrigerador- Está bueno. ¿O prefieres un ron para calentar el cuerpo?

Y rió con ganas, al ver la cara de no entender nada de su huésped, el cual, siempre con timidez pero sin dudar, optó por el pollo y comió con entusiasmo. Él, mientras tanto, lo miraba, y cuando terminó de comer, se acercó a su invitado y le acarició la cabeza, revolviéndole el pelo con ternura.

-Puedes dormir en el sillón- le dijo. –Mañana ya veremos…

Sólo entonces, el extraño tuvo un primer gesto de acercamiento: lamió, agradecido, la mano que lo acariciaba y movió su desordenada cola con confianza.

-Buenas noches… Blas- le dijo bajito, mientras el perro se acomodaba en el sillón.



29 de diciembre de 2007

Noche de Fin de Año en el Babel

-Tal vez no sea tiempo, todavía, de decir que hubo una vez un tiempo mejor- le digo, sin preocuparme de las redundancias de mi improvisado discurso.

A medida que hablo, intento adivinar lo que pasa por sus ojos mientras llora. Algo me dice que su llanto no se debe sólo a la borrachera. Llora silenciosamente, sin aspavientos, con ese llanto que fluye una noche de cansancio cualquiera, cuando al poner la cabeza en la almohada se te llenan de calladas lágrimas las orejas. Y no entiendes la razón del llanto, porque ya no sabes qué pena te está pasando la cuenta.

-No hay otro tiempo posible- me responde.

El barman nos mira y se ríe, mientras llena por quinta (¿o sexta?) vez nuestras copas, con las que volvemos a brindar, haciéndolas chocar torpemente. Entre sorbo y sorbo, analizo sus últimas palabras y pienso en que, quizás, la razón de su tristeza sea que se va a morir… “No hay otro tiempo posible”, fue lo que dijo. Sin embargo, no me atrevo a planteárselo, al menos no todavía. Y encamino mis palabras por el lado de que la tristeza se apodera de los seres solitarios, como él y como yo, en fechas como las que todos se encuentran celebrando, y que, muy por el contrario, nosotros padecemos. Trato de que mis palabras parezcan un chiste, y para reafirmarlo, lanzo una sonora carcajada, la que no suena falsa, porque, después de todo, no lo es, pues los borrachos nos reímos siempre de verdad.

-Y lloramos de corazón… siempre- agrega, como si adivinara mis pensamientos.

Pero, así de ebrio como estoy, ni la telepatía me sorprende. Y así, entre trago y trago y palabras cada vez más mal pronunciadas, me sigo esforzando por comprender la razón del llanto del extraño que la casualidad sentó a mi lado esta última noche del año. Cuando mi borracho discurso comienza a emprenderlas por los derroteros de la muerte, el barman se me acerca intrigado y me hace una pregunta que no acabo de entender.

-¿Se va a morir el croata este?

-¿Croata? ¿Qué croata?- le digo.

-Él pues- me responde, con un aire de desconcierto, tocándole el hombro a mi compañero de borrachera. –Como han estado hablando toda la noche cada uno en su idioma, pensé que ustedes se entendían…

Y así, borracho como estoy, en un instante de ebria lucidez, y sin afán de presumir, le digo:

-La tristeza, mi amigo, habla todos los idiomas
.

19 de diciembre de 2007

La esperanza y un par de zapatos
Para Valentín, mi Pequeño Valiente, y su madre, mi hermana,
quien me contó de los zapatos de esta historia




No sé por qué razón, mi hermana mayor se empeñaba en creer en el Viejito Pascuero. Aunque éste nunca había dejado ningún juguete como prueba de su existencia, cada víspera de navidad ella colocaba sus zapatos delante de la puerta de la casa, con la esperanza de que al día siguiente encontraría sobre ellos una muñeca de pelo rubio y ojos azules que se abrían y cerraban bajo unas largas pestañas.

Cada 25 de diciembre, mi hermana salía de la cama muy temprano y corría ansiosa hacia la puerta, y como siempre, lo único que encontraba era un zapato, haciéndole compañía al otro. Y como siempre, a la decepción de no encontrar lo esperado, seguía la conformidad. Mi hermana terminaba justificando al Viejo Pascuero: que el Polo Norte estaba muy lejos o, simplemente, los regalos no le habían alcanzado. El próximo año seguro pasaría por el pueblo y se detendría ante nuestra puerta...

La navidad en que mi hermana tenía trece años no dejó sus zapatos afuera. Pensé, entonces, que le había llegado la hora de no creer más. Pero estaba equivocado. Descubrí mi error la navidad pasada, cuando viajé al pueblo para pasar las fiestas de fin de año en familia, y, sobre todo, para verla a ella, porque dentro de poco iba a tener un hijo. Esa nochebuena, mientras hablaba con ella, puse mi mano en su vientre inflado para sentir alguna patada de mi sobrino y, por casualidad, o tal vez no, le pregunté si también dejaría los zapatos de Valentín en la puerta para que Papá Noel le dejará los regalos, o le enseñaría desde pequeñito que el Viejito Pascuero no existía. “¿Quién te contó que no existe?”, me dijo. Yo sonreí, pensando que bromeaba...

Si mi hermana no volvió a dejar sus zapatos a la intemperie, no fue porque haya dejado de creer, sino porque aquel día comprendió que el Viejo Pascuero, en todos esos años nunca había dejado de pasar. Esa nochebuena, una lluvia abundante cayó sobre el pueblo... Mi hermana, al levantarse aquella mañana encontró sus zapatos, sus únicos zapatos, llenos de agua. Entonces supo lo que valía tener un par de zapatos... secos.


28 de noviembre de 2007

Del tiempo y un par de zapatos

La ocasión era importante, por lo tanto, se esforzó más de lo acostumbrado en el rito del lustrado. Aplicó betún hasta en el último milímetro de zapato. Después, los dejó un momento al sol, como reposando, para luego continuar con la fase del abrillantado. Durante largo rato frotó el cuero con un paño y no descansó hasta quedar satisfecho con el resultado. Metió la mano dentro de uno de los zapatos y lo miró con detenimiento, mostrándolo al sol para comprobar el brillo.

Aquellos zapatos habían sido los primeros que había tenido. La tía solterona –quien generosamente se hizo cargo de su crianza cuando le tocó quedarse solo- se los había comprado, no con poco sacrificio, para su Primera Comunión. Claro, no se podía recibir el Cuerpo de Cristo así tan mal calzado. Eran “Bata” -biónicos, nucleares o galácticos, no recuerdo cuál era el gancho vendedor aquel año- y negros, para que sirvieran, también, para el uniforme del colegio. El asunto es que el sentimiento que experimentó, mientras estaba en la larga fila de niños esperando comulgar, si no era la felicidad, era lo que más que se le parecía. Y el sentimiento aquel estaba en los pies, y no en el corazón, como él quería creer, debido a la sagrada ocasión. Lo sagrado siempre está teñido por lo profano.

Después de lustrarlos, dibujó sobre un cartón dos plantillas, las que luego recortó con cuidado para, finalmente, acomodarlas en cada uno de los zapatos. Con éstas, intentaba disimular los orificios que el tiempo y sus miles de pasos, habían abierto en las suelas de sus zapatos.

Los cordones, sin embargo, eran nuevos, pues los originales no habían resistido tanto hacer y deshacer nudos. Lentamente, los deslizó, desde el primero al sexto agujero, hasta dejar los extremos de la misma medida, así, el nudo rosa quedaría perfecto, como su tía, con santa paciencia, se lo había enseñado.

Cuando llegó la hora, ni un minuto antes, se los colocó como si de una ceremonia se tratara. Los zapatos, tan brillantes, desentonaban con su ropa gris y gastada. Entonces, se unió al resto de la gente que iniciaba el recorrido por las polvorientas calles del pueblo, hasta la iglesia, primero, y luego hasta el cementerio, donde enterrarían a su tía.

Después que todos se marcharon, él continuó junto a la tumba por un largo rato. Se miró los zapatos -ahora, opacos por el polvo acumulado en la caminata- y el sentimiento que experimentó, si no era el desamparo, era lo que más se le parecía. Y el sentimiento aquel estaba en su corazón, y no en sus pies, como él quería creer. Lo profano, a veces, se tiñe de lo sagrado.









21 de noviembre de 2007

El Apocalipsis según Santiago (2)

...la puta casualidad fue la que se encargó de aquel encuentro.

En una ciudad de millones de habitantes (ya no sé cuántos somos), dos que se conocen, se encuentran. Uno de ellos va aceleradísimo, hablando por teléfono, seguramente atrasado a alguna cita; el otro, simplemente vaga (porque no sabía, en realidad, qué más hacer). Se ven, repentinamente. El desaforado latir de las venas de la ciudad hace que no se reconozcan, casi. Sin embargo, se reconocen. Un confuso "hola", un beso torpe, un gesto indefinido (como de desconcierto), y una o dos miradas (las de ellos), que se pierden en medio de los infinitos mapas cotidianos. De fondo, gritos metálicos (las micros todavía eran amarillas).
...
Las miradas se perdieron (sin remedio).
...

La puta casualidad nunca fue tan puta... (los seres que se habían encontrado, nunca más volvieron a encontrarse).

11 de noviembre de 2007

(Pensando tu nombre en vano)

... uno de estos días, dios debería sentarse a recapacitar.

3 de noviembre de 2007


El Apocalipsis según Santiago (1)*

Ilustración: Antonio Salgado (fragmento)


El Ángel Guardián yacía muerto en lo alto de la torre de telecomunicaciones. Sus ropas, otrora albas, estaban cubiertas de hollín y sus pulmones reventados. Muy cerca de allí, en la cima del más elevado y moderno de los edificios, los heraldos de la muerte, que desde hacía casi quinientos años esperaban este acontecimiento, festejaban haciendo sonar sirenas día y noche.

Cuando los primeros habitantes comenzaron a morir, miles de personas atestaron las autopistas, huyendo despavoridas. Ni siquiera se acordaron de enterrar a sus muertos…

Pronto, todos habían abandonado la ciudad. Todos, menos los incontables perros vagabundos que seguían trajinando sus calles vacías. No, ellos no se marcharon, porque no tenían más amo a quien serle fiel que Santiago.
*Santiago de Chile...

19 de octubre de 2007

Y mira dónde fue a parar todo lo que se dijo

El sol marcaba algo más de las ocho. Tantos años durmiendo en la misma habitación, lo habían acostumbrado a intuir la hora en su ventana. Abandonó lentamente la cama y, sintiendo aún la otra piel en su cuerpo, caminó hasta el baño. Puso el seguro en el momento justo que su espalda se arqueaba por una fuerte convulsión. Y vomitó, vomitó mucho. Vomitó todo lo que tenía que vomitar.

Luego, casi sin fuerzas, se sentó en la bañera sin decidirse a presionar el botón que se llevaría los restos de esa última noche. Afuera, golpes y voces afligidas lo instaban a abrir la puerta, pero un incesante crepitar dentro de su cabeza no lo dejaba oír el ruido del mundo.

Casi una hora después, apretó el botón del estanque como quien jala el gatillo de un revólver y -sin despegar los ojos del fondo del escusado- vio como las metáforas, comparaciones, hipérboles, sinestesias, y cuánta figura literaria se le había ocurrido en esos casi dos años, desaparecían violentamente en el remolino del agua.

Luego, se enjuagó la boca con un desinfectante y dejó caer un delgado chorro de alcohol y babas teñido de rojo. Un adjetivo de afiladas aristas le había roto la lengua y la garganta. Volvió a tirar la cadena, respiró hondo y dijo:

-No saldré de aquí si sigues en esta casa.

Y así fue. Cuando sintió, después de largos minutos, que la puerta de entrada se cerraba, salió del baño y vio como la luz vacía de mayo entraba por la ventana. Entonces, cuando el sol marcaba una hora incierta, se echó a dormir.





15 de octubre de 2007

Cada año es un aniversario inevitable

Hace un año llovía.

Era Octubre y llovía.
Entonces, pensé

que la lluvia se equivocaba.
Era 13 aquel día, Octubre 13.
Primavera adolescente en el Sur.
Sin embargo,
ni Octubre

ni la Primavera
ni la lluvia
se equivocaban:
era Invierno.

Ha pasado un año
y cuatro inviernos;
365 vísperas inevitables.
365 deseos de vida...


365 deseos de muerte.

(Hace 365 días que escribo en este blog).-




10 de octubre de 2007

El otro hijo de Sísifo

(Foto Ana Mª Hernández)

A veces me siento cansado
y no quiero que llegue el día siguiente.
Pero el día siguiente siempre llega.

Cada día es una víspera inevitable
.

8 de octubre de 2007

Última noción de muerte

Cementerio General de Santiago
(Octubre 3 de 2007)

21 de septiembre de 2007

Los adverbios del tiempo

Después de un año con cuatro inviernos, existía alguna posibilidad de que a su patio regresara el sol. El Señor del Tiempo había dicho que tal vez. Y había agregado que nadie se merecía tanto invierno. Y él, cuya principal virtud (o defecto, más bien, debido a los tiempos que corren) era confiar, le creyó. Y así nada más, yo creo que por la irracionalidad de la esperanza, se dejó invadir por un entusiasmo desaforado y muy ajeno a él, que lo hacía parecer feliz. Ahora, con la perspectiva de los días y con los hechos consumados, lo veo claro, pero entonces sólo me pareció extraño y no sé por qué no intuí lo que de verdad le estaba ocurriendo.

Fue el día en que el Señor del Tiempo había dicho que tal vez, cuando me llamó porque necesitaba mi ayuda. Eso ya debió parecerme sospechoso, pues él nunca pedía ayuda. Sin embargo, seguramente yo también estaba bajo la influencia de tanto invierno y por eso todo me pareció normal. Por razones que no viene al caso detallar, relacionadas con la vida en la ciudad, tardé casi una semana en acudir a su llamado. Eso sí, no sin antes avisarle que iría en cuanto pudiera. Me dijo que no me preocupara, que mientras tanto él aprovecharía de escribirle a una amiga del otro lado del mundo (de la parte del mundo en que había sol, mucho sol) para contarle que el invierno se marcharía pronto, y así ella ya no tendría que esforzarse por imaginar el frío que cubría la ciudad. Esa parte no la entendí muy bien, pero no le di importancia. Además, como ya dije, él parecía feliz.

Cuando aquel domingo por la mañana por fin fui a su casa, el tal vez del Señor del Tiempo volvía a ser una ilusión (casi un nunca). El frío que cubría la ciudad, y que la amiga desconocida no conseguía imaginar, lejos de marcharse se hacía notar inmisericorde. Por eso, la primera sorpresa la tuve cuando me abrió la puerta completamente desnudo. No alcancé a rèponerme de mi asombro, porque cogió fuerte, pero alegremente mi brazo y me dijo que lo acompañara. Cruzamos toda la casa hasta el patio. Ahí me pidió que lo ayudara, ni siquiera le pregunté en qué, no entendía nada. No recuerdo cuanto tiempo estuve observando su frenética y absurda actividad, sin poder reaccionar. Sobre los alambres de tender ropa, colgaba prendas invisibles. Me mordí los nudillos para no llorar. Mientras, él seguía en su demencial tarea, contándome que tanto invierno las había dejado empapadas, pero que ahora el sol las secaría, o, por lo menos, las deshumedecería… entonces, podría volver a escribir.

Me saqué mi abrigo y caminé hasta él, sin preocuparme ya por contener el llanto. Cubrí su cuerpo amoratado y lo abracé con fuerza. Él insistía en que lo ayudara, que el sol no tardaría en venir, que ya estilaban… que el agua comenzaba a huir de ellas. Comprendí, en ese momento, por qué la cordura lo había abandonado... Entonces, con mucho cuidado, hice lo que me pedía, y con una pinza, también invisible, entre sustantivos y verbos mojados, colgué el tal vez que él tanto esperaba.

26 de agosto de 2007

Primera noción de muerte

Una larga hilera de pequeñas luces avanzaba por la orilla de la playa, en medio de la oscuridad que precede al amanecer. Mi hermana mayor, a quien le habían encargado mi cuidado, me despertó para que miráramos el cortejo. Estábamos solos en la casa, porque nuestros padres y el resto de los hermanos venían acompañando a la difunta. Yo tenía apenas cinco años cuando murió la tía, y por aquel entonces no sabía lo que era morirse.

El sol lanzaba tímidamente sus primeros rayos, cuando la procesión comenzó a cruzar delante de nuestros ojos. Las luces que habíamos visto a los lejos, ahora eran diminutas llamas de velas, que temblaban dentro de artesanales faroles hechos de lata. Todo el pueblo vestido de negro pasó frente a nuestra casa. Y en medio del gentío, una lenta y ceremoniosa carreta tirada por dos bueyes, cargaba un humilde ataúd de madera sin trabajar.

-¿Qué llevan en esa carreta?- le pregunté muy bajito a mi hermana.

- En ese cajón llevan a la tía- me respondió, como si se tratara de un secreto.

Un escalofrío me sacudió la carne y los huesos. Escondí la cabeza en su regazo y a partir de ese momento sólo sentí el ruido del rito de la muerte. “Dios te salves”, salpicados de sollozos, cruzaban el aire, los que eran respondidos por un lastimero coro de “Ave Marías”. Aquella letanía macabra no me dejaría dormir tranquilo durante mucho tiempo. Una irracional e inevitable herencia había tomado posesión de mi alma de niño: el miedo a la muerte.

Ahora, cuando tengo la certeza de que moriré muy pronto, ya no temo a la muerte. Y no le temo, porque por fin he comprendido la razón del miedo. El niño que fui, pensaba que después de muerto seguiría viviendo.





12 de agosto de 2007

A esa hora incierta en que amanece

-¿Buenos días?- me pregunta, después de abrir lentamente los ojos y reconocerme.

- Tardes -le digo- ya es la tarde.

Moviendo sólo sus pupilas, como si tuviese el resto del cuerpo paralizado, observa la habitación con detenimiento.

- Si esto no es el purgatorio, debería ser un hospital…

Su comentario me saca una sonrisa, la que se borra en el instante en que sus ojos se detienen en mí. Me mira, pero sus ojos no me ven, o ven mucho más allá de donde yo puedo imaginar.

-Ya no duele- me dice…

Luego vino el silencio, un silencio que le cosió la boca desde entonces, la boca y el alma. Y ese “ya no duele” ya nunca dejaría de dolerme.

25 de julio de 2007

Lectura de un cierto evangelio

-En un principio, era el caos- dijo el sacerdote, comenzando la lectura del Santo Evangelio, según no recuerdo quién.

Fue en ese momento cuando Él se levantó en medio de la escuálida multitud que asistía a la misa, y alzando tímidamente su mano, pidió la palabra, como si de una clase se tratara. Entonces, ante el asombro de la concurrencia (y del mío propio), fue que dijo lo que dijo.

-No. En un principio no fue el caos. En un principio fue la injusticia... y la tristeza. Después vino todo lo demás.

Y se volvió a sentar, tan como si nada, seguido por las miradas reprobatorias y desconcertadas de los asistentes. El cura guardó un largo y pálido silencio, con la vista perdida más allá de los vitrales de la entrada. Después de un rato, y como en un susurro, volvió a hablar.

-Él tiene razón.

La iglesia se llenó de murmullos, los que fueron interrumpidos, otra vez, por la voz temblorosa del sacerdote.

-Hermanos, nuestra misa ha terminado. Podéis ir en la paz del...

Y no dijo Señor. No, no lo dijo, juro que no dijo Señor... Yo doy fe de ello. Yo estaba ahí -con la boca abierta como todos los demás-cuando el cura terminó la misa, mucho antes de la comunión, y no dijo Señor.

15 de julio de 2007

La Compañera del Superhéroe
Para mi Amigo-Hermano...

Sobre la baranda del balcón, el Pequeño intentaba mantener el equilibrio, mientras una toalla amarrada a su cuello flameaba al viento como capa de superhéroe. Su intención era volar muy lejos. Pensaba que si volaba hasta donde sus ojos ya no podían ver -y debían, por fuerza, imaginar insospechados paisajes- encontraría allí, muchos amigos y personas cariñosas como su Abuela. Ella era la única que lo comprendía.

Fue precisamente su Abuela la que lo vio cuando se aprestaba a saltar, y gritando alarmada corrió, con pasos torpes y cansados, para intentar detenerlo. Pero sólo alcanzó a estirar instintivamente los brazos para cogerlo. Quizá fue la buena fortuna la que hizo que el niño cayera sobre la Abuela, la cual, aunque quedó mal herida, lo ayudó a amortiguar el golpe.

Mientras la ambulancia cruzaba, rauda y bulliciosa, la ciudad rumbo al hospital, el Pequeño, en un delirio semiinconsciente, repetía una y otra vez: “¿Me acompañarás, Abuela, me acompañarás?”. Y la Abuela, desde sus huesos rotos y aturdidos, respondía afirmativamente con una sonrisa.

Sin embargo, la caída había sido fea, bien fea. La Abuela consiguió salvarlo de la muerte, no así de las múltiples fracturas, que lo mantuvieron por largos nueve meses hospitalizado. Extraña y milagrosamente, la Abuela se recuperó pronto, y pudo ir a acompañarlo para hacer más gratos y amables sus tediosos días de enfermo. Y fue una suerte que eso ocurriera, pues Abuela y Nieto no se tenían más que el uno al otro como única familia. Ellos dos y una Vecina…

-A veces, más vale así- decía la Abuela- mejor un buen vecino que una mala familia.

Durante todo el tiempo que el Pequeño estuvo en el hospital, la Vecina, al igual que la Abuela, no dejó nunca de ir a verlo. Cuando llegó el día en que el Pequeño debía volver a casa, la Abuela lo despertó para darle la noticia.

-Hoy se cumplen nueve meses desde que llegaste al hospital, y ya es hora de regresar.- Luego, repitió en su oído, como si fuera un mensaje que descifrar, la frase “nueve meses”…

Aquel día, llamaron a la Vecina para que fuera a buscarlo, pero el Pequeño insistía que no era necesario, decía que se iría con la Abuela. Cuando llegó la Vecina, el médico le preguntó si el chico tenía alguna abuela. Ella puso cara de sorprendida, pero no dijo nada.

-Él siempre está hablando de una abuela- dijo el Médico- e incluso, en sus fantasías de niño, dice que ella viene cada día a verlo.

La Vecina permaneció en silencio. Después de un rato, con voz temblorosa, y sin recuperarse aún del desconcierto, contó el final de la historia.

-Sí, el Pequeño tiene una Abuela- dijo -aunque ella esté muerta hace más de dos años…

10 de julio de 2007

Porque éste es mi cuerpo

Había llegado un poco vivo.

Cuando el aparato encargado de enviar señales de vida se hizo línea continua, tal como él lo había pedido -expresa y tajantemente- comenzó el despojo. Y así, en una desesperada carrera de relevos, los riñones arrancados pasaron de mano en mano hasta llegar a las cuencas enfermas de otros cuerpos. Lo mismo ocurrió con el resto de los órganos: hígado, páncreas, pulmones, córneas, huesos, válvulas insospechadas.

Todo lo donable había sido donado. Todo, menos -expresa y tajantemente- el corazón.
El corazón no, había dicho… el corazón que se pudra.