27 de julio de 2008

Fado

Llovía…

Cogió la Rua Rodrigo da Fonseca y comenzó a caminar en dirección al río. Sin embargo, pronto se dejó llevar por el encanto de diversas y estrechas calles que la desviaron de la ruta trazada en su mapa turístico. A medida que se perdía en el corazón de barrios descascarados, iba descubriendo rincones con antiguos balcones de fierro, y ventanas con maceteros de geranios maltrechos pero alegres. Su curiosidad y su hábito de viajera consumada, la llevaron por infinitos recovecos, donde la ropa tendida bajo la lluvia lloraba, tal vez, las penas de dueños pobres. Frente a una de estas casas se detuvo un largo rato. Contemplaba, sin darse cuenta, pequeñas prendas de ropa, y, sin darse cuenta también, lloraba, como la ropa, por la herida. Estaba en eso cuando sintió, a lo lejos primero, una voz que la interpelaba en una lengua extraña. Luego reaccionó y vio a un joven, que desde debajo de un paraguas verde como el de ella, le preguntaba algo en portugués. Sí, dijo ella, sin entender nada, y secándose las lágrimas con el dorso de la mano, agregó… estoy perdida.

La lluvia siguió cantando fados todo el día.


18 de julio de 2008

Escalofrío

Hago fila para comprar el pan en el supermercado del barrio. Detrás de mí, dos mujeres conversan.

-Pobre hombre, no tenía casa, no tenía hijos…
-No tenía nada.

Por un helado segundo pensé que hablaban de mí.



8 de julio de 2008

Diez trenes más

¿En qué momento la vida se me fue de las manos? ¿Cuándo fue que no quise levantarme más? ¿Cómo fue que llegué a este estado tan parecido a una catástrofe?

Duermo en camas deshechas… ¿Alguien puede limpiar mi casa? ¿Alguien puede pasarle un trapito mojado a mi alma? Mi cuerpo vaga por el laberinto de los días… Mi corazón agoniza en el velador… Ay… Un ay mudo se esconde entre mis costillas. Ay… y se confunde con los pensamientos, con los latidos sin ganas de un corazón a punto de jubilar… Mi corazón dará migas de pan a las palomas en una plaza fantasma, allá muy dentro de mí…

Me lanzó todas esas tonteras como si fuese una oración desquiciada. Y yo lo escuchaba, sin saber qué decir, mientras agarraba fuertemente su brazo. Igual me habría gustado tener alguna palabra de consuelo… decirle lo típico, que todo va a estar bien. No sé, esas cosas que se les dice a los desesperados, pero que en esos momentos me parecen tan sin sentido. Así que callé y no encontré nada mejor que decirle que contara diez trenes más, y si seguía pensando lo mismo, que yo creía que hacía bien en tirarse…

Yo pienso que la gente triste, al punto de la enajenación, que vive solo para su tristeza, hace bien en matarse. Soy partidario de todas las muertes deseadas: de las autoinferidas, de las eutanasias, de los crímenes mutuos…

Lo llevé tras la línea amarilla, que en las estaciones del metro está pintada como un límite real entre la vida y la muerte, pero que es imaginaria en todos los otros territorios de la existencia. Él ya había traspasado todas las otras líneas amarillas de su vida. Esto lo supe a largo de las largas horas que siguieron al instante en que, por instinto, cogí su brazo…

Sentados, como dos amigos, en un andén que se vaciaba y llenaba de gente cada cinco minutos, me contó que vivía solo, que estaba solo, que comía solo, que bebía solo, que lloraba solo… que era solo… y más. Así, tal cual. Su desordenado discurso era lo más coherente en él, escuchar esa retahíla de palabras que salía de su boca como si fuesen sus babas, era lo único que tenía sentido en su vida. Sin embargo, yo lo comprendía.

Luego, sentado junto a él en las escaleras, supe, entre multitudes intermitentes, que llevaba años calcando los días, las horas, los minutos. Interpreté sus palabras como la rutina cotidiana, que no era muy distinta a la mía y a la de tantos otros. Pero claro, a él le importaba y a mí me daba lo mismo, o si me importaba no me daba cuenta. Mis sábados son todos iguales -me dijo- a mis domingos. Pero cresta, pensé, son suyos… yo nunca le había puesto el posesivo a los días de la semana… todos eran ajenos. No habló de sus lunes ni de sus martes ni del resto de sus días hábiles, y yo no quise preguntarle, pues supuse que serían peores, o más aún, que no existían. A lo mejor él sólo existía los fines de semana… un poco.

Apoyados en la baranda, mirábamos los trenes de su destino. Ya habían pasado mucho más de diez. Ascendíamos como si viniésemos del purgatorio… y pensé en el infierno del Dante, que lugar común y todo, me pareció macabramente real. Ahí continuó su historia. A veces, era una historia muda, porque el ruido de los trenes no me dejaba oír, y solo veía el movimiento de su boca. Pero que más daba que lo escuchara o no. Lo importante era que él hablara y que tuviera un interlocutor de carne y hueso. Escuché nombres propios, frases sueltas, y verbos conjugados en pasado. Su rostro no mostraba emociones, sus palabras tampoco. Era como un actor memorizando textos en un teatro vacío.

No era feo…

En el último círculo concéntrico de nuestro ascenso, en un café cercano a la estación, donde lo invité, me habló de amor, de “no amor” más bien. Me habló de bocas que no había besado. Y sí, él hablaba así… bien poco cotidiano, con comas mal puestas, y muchos puntos seguidos que parecían apartes. En un momento me preguntó a qué sabían los besos que no se daban. Pensé que era una pregunta al viento, o retórica que le dicen, pero me interpeló directamente, repitiéndola… Y yo pensé: “A nada…”. Fue lo más lógico y rápido que se me vino a la cabeza. Pero me escuché diciendo: “A ausencia”… Cresta, me dije, me estoy contagiando con este loco. Y él como que se conformó con mi respuesta, porque continuó su discurso por los mismos derroteros del desamor y los besos no dados. Quise preguntarle si acaso nunca había besado, pero preferí no darle cuerda. Me dijo que no dormía, y yo le creí, pues tenía unas ojeras azulosas que se marcaban más aún, por lo pálido de su piel… -Para no soñar- prosiguió, y eso, no sé por qué, me pareció lo más fuerte de todo aquello que le había oído. Intenté recordar algún sueño mío para contárselo, pero no hubo caso, tampoco me daba como para inventar uno, siempre he sido malo para imaginar.

Pedí otros dos cafés. Era extraño, pero se bebía su café con un vago entusiasmo, como saboreando un último deseo, y bien dulce. Eso también me pareció extraño. Yo siempre lo he tomado sin azúcar.

Se hacía cada vez más noche. Pronto cerrarían el café… le pregunté qué haría, y por primera vez su rostro mostró algo parecido a una sonrisa. Ahora pienso que tal vez haya sido una mueca de incertidumbre. Le dije que yo debía marcharme, lo que era cierto, pero la verdad no llegaría tarde a parte alguna, y tampoco nadie me esperaba en ninguna otra. Caminamos en silencio hasta la boca del metro. Él me había dicho que tomaría el último tren. Yo decidí no acompañarlo e irme en micro. Me dio la mano sin decir nada y mientras se perdía escaleras abajo, pensé: “Si ahora se mata, no armará tanto escándalo”. Y no lo pensé fríamente, por los trastornos que causan los suicidas en las rutinas de los demás pasajeros del metro, sino por él, para que su espectáculo no tuviera tantos espectadores. Él, ¿cómo se llamaría él? Nunca sabría su nombre ¿Importaba? Tampoco le había dicho el mío.

¿En qué momento la vida se me fue de las manos? ¿Cuándo fue que no quise levantarme más? ¿Cómo fue que llegué a este estado tan parecido a una catástrofe?

Pienso todo eso, y espero que un desconocido se me acerqué y me diga que todo va a estar bien… que me diga que cuente diez trenes más…






7 de julio de 2008

Verdades como hielo

Era de madrugada... una luz mezquina se colaba por la persiana, dibujando sombras geométricas en las paredes del dormitorio. No podía ver sus ojos... me tardé un silencio largo en responder, no era nada fácil.

-Sí- le dije.

Y ese ´"sí", que seguramente ella no quería oír, fue el principio del final.

30 de junio de 2008

Life vest under your seat...
Para Marta...

... El abandono deja cicatrices profundas. Hablo d'en Padú... y aunque yo lo quiero así, con todas sus heridas, deseo profundamente que se cure, porque él está del lado de la vida, y la vida debería devolverle la mano. Le he dicho en secreto, en su orejitas grandes, que ganaremos todas las batallas, pero a veces siento que me faltan las fuerzas para acompañarlo... pero sólo a veces.
Sigo levantándome cada día, le doy sus vitaminas, beso sus heridas... a veces también, lloro... pero sólo a veces. Pese a todo, sigue siendo bello. En ocasiones como ésta, pienso que sería bueno creer, así podría pedir a un buen dios que lo ayude. Entonces, en un descuido de mis orejas (que no son tan grandes como las de él) me las lame, como si me dijera: ganaremos todas las batallas...

Y nada. Salir de casa sigue siendo otra batalla dura... a pesar del sol.

Ayer compré chocolate, para desdibujar la ausencia, que el vacío, allá -al otro lado de la mesa- dibuja. Y lo escondo de nadie, para que parezca que no estoy solo.

Y miro la cordillera, cuando el humo la deja ver, y recuerdo entonces que no tengo a mano la cámara para cumplir promesas de nieve fría y blanca, que eso nunca ha dejado de serlo la nieve.

Pues eso, que la vida se enfría por los pies, y se entibia por los perros, que se empeñan en creer que vivir es bello. Y hoy, querida amiga, yo les creo.

... Ayer compré chocolate. Esta mañana he abierto el escondite secreto, he saboreado un pedacito, y justo en ese momento comenzó a sonar muy dentro de mí -no sé bien si en una aurícula o un ventrículo- aquel pegajoso estribillo:

Life vest under your seat, chalecos salvavidas bajo su asiento...

6 de abril de 2008

Ciudades sin nombre

Inevitablemente, después de la copa que comenzaba a nublarle la razón, la conversación tomaba el rumbo de la nostalgia. Todo lo que yo conocía de él lo descubrí en esas noches de charlas interminables, las que muchas veces se transformaban en el delirante monólogo de un clown que había extraviado la risa. A mí me gustaba escucharlo. Esa noche supe por qué su discurso me cautivaba, a la luz de sus palabras revisaba mi vida, que por lo demás, era bien poco interesante, pero yo aún no me daba cuenta.

Aquella vez habló de amor, de desamor, más bien, que es de lo que uno se muere. Eso dijo: No es de amor de lo que mueren los amantes, sino de desamor. Y yo pensé, recordando mis escasos y desastrosos aprontes por esos territorios pedregosos, que de alguna manera, él estaba en lo cierto. Al menos en sentido figurado, la máxima de mi amigo se cumplía, pues los amantes desdichados sienten que morirán de amor, o desamor. Y pensé, con vergüenza, en mi pobre historia de amor.

Su vida había transcurrido en ciudades sin nombre, y la historia que me contó aquella noche no era la excepción. Si bien no entró en detalles (nunca lo hacía), las conclusiones de su relato me dejaron un sabor amargo… Elijo al azar un destino en el mapa, una de aquellas miles de ciudades que no sabemos que existen. Los altavoces anuncian un nuevo embarque, que tampoco es el mío. La sala se agita. Todos quieren partir, yo más que ninguno. Sin embargo, debo esperar para abandonar la única ciudad en la que, quizás, pude ser feliz. Así me lo contó, en presente, como reviviendo el instante en que perdió la única partida que le importaba ganar.
Y así, sin más ni más, su historia de amor se dispersaba en divagaciones y reflexiones que abarcaban lo humano y lo inhumano (nunca habló de lo divino). La mayoría de las personas, me dijo, tiene una vida de mierda, pero la mayoría de esa mayoría no se da cuenta. Y de pronto, rompiendo el hilo de su discurso de clown borracho y triste, me preguntó si tenía yo una historia de amor para contar. No supe que contestar. Pensé en mi pobre historia de amor, que por más que la adornase, no era digna de ser contada… Entonces sentí, en el recoveco intercostal izquierdo, una leve pero aguda punzada. Él, como si adivinara lo que me comenzaba a pasar, retomó su monólogo con frases que en nada ayudaban a mi nuevo estado. No amar es indecente, dijo, tanto como no ser amado. Yo me salvé de esa indecencia, continuó, pero ahora no sé qué hacer con el sentimiento que me sobra. No me resigno a no amarla, me dijo, el amor una vez, no basta…

Y continuó hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Ahora él era un clown triste, borracho y mudo, que gesticulaba en el vacío. Entonces volví a sentir la punzada, ahora fuerte y filosa. Y lo odié. Estaba pariendo un dolor, mi primer dolor, el de comprobar en mí la última máxima de aquel clown borracho, triste, mudo y clarividente: mi vida era una vida de mierda… y la ciudad que me habitaba no tenía nombre.

Llené resignado mi última copa de vino negro y brindé por la “señalada” minoría de la que pasaba a formar parte, y bebí, con la vaga esperanza de que a la mañana siguiente no recordaría que me había dado cuenta… Me despedí de él con un sincero apretón de mano (el odio en mí dura poco y se me pasa con el vino), y me fui con la certidumbre de que nunca más volvería a verlo.

Esa noche soñé que alguien ponía una bomba en mi costado izquierdo… por dentro de las costillas.


25 de marzo de 2008

Malas noticias de Dios

Existe!


5 de febrero de 2008

A los que huyen

Pensábamos, con la ingenuidad de los siete años, que si cogíamos un bote y remábamos hasta la línea donde el sol incendiaba las nubes, llegaríamos al Japón... No podíamos imaginar, mi primo y yo, cuán lejos estábamos de poder huir del pueblo y de aquella vida, que ya sospechábamos era una vida de mierda.

Sin embargo, no sé si un buen o mal día, decidimos partir, con tiempos y direcciones diferentes. Ocurrió por la época en que nos dimos cuenta de que vivir así no tenía mucho sentido… cuando descubrimos el desasosiego. Huimos, cada cual más lejos. Mi primo comenzó un largo periplo por distintas ciudades y, apenas la legalidad de los dieciocho años se lo permitió, se fue al extranjero, aprovechando que un país, grande como un continente, abrió amistosamente sus fronteras a los inmigrantes.

Nunca más volvería a verlo. De tanto en tanto, me enviaba una postal al pueblo, del cual yo todavía no escapaba, insistiendo en que lo acompañara a vivir a aquel país, y para convercerme me contaba que desde allí Japón estaba a un paso: “Aquí se puede vivir…” me escribía. Yo era el único lazo que él tenía con una infancia que deseaba olvidar.

Mi desasosiego no cabía en ninguna maleta. Por eso nunca acepté su invitación. A pesar de ello, el viaje era mi única certeza…

De niños, alguien nos había contado que cuando en este lado del mundo anochecía, en las antípodas comenzaba a amanecer. Entonces, en el momento en que el sol incendiaba las nubes, emprendí mi viaje a Japón, cruzando el mar… sin bote y sin remos.

16 de enero de 2008

Blas

-Si quieres, puedes pasar lo que queda de noche en mi casa.

El extraño lo miró en silencio y lo siguió unos pasos más atrás, caminando torpemente con el cuerpo aterido de frío.

En noches heladas como aquélla, regresar a una casa vacía le parecía absurdo, por eso se había quedado, asesinando el tiempo, en el bar de costumbre. En una de ésas, si había suerte, podría capturar alguna mirada clandestina, a través de un cristal turbio de vino tinto. Pero eso, rara vez ocurría, así que cuando las copas se vaciaron, las luces se extinguieron y las voces se habían desvanecido, el barman lo acompañó, siempre cordialmente, hasta la puerta, la que balanceó, lastimera, su óxido triste en su espalda de último cliente.

Para demorar el regreso, se bajó del taxi algunas cuadras antes, y caminó bordeando el parque próximo a su casa, sin preocuparse del peligro que acechaba detrás de cada árbol ni de las sórdidas soledades que tentaban en cada sombra. Sólo el frío le importaba… un poco. Aunque no se veía ningún auto, en la esquina esperó la luz verde para cruzar. Fue ahí donde vio, al otro lado de la calle, una silueta resignada que intentaba, sin éxito, resguardarse del invierno bajo un poste sin luz. Cuando llegó a su lado, y olvidando todos los consejos de precaución de su mejor amiga, lo invitó a pasar la noche con él.

-Pasa, estás en tu casa- le dijo sonriendo, para que su invitado entrara en confianza.

El extraño no se atrevió a moverse del lado de la puerta. Sólo observaba con timidez el lugar y los movimientos de su anfitrión.

-Debes tener hambre, ¿te gusta el pollo?- le preguntó, sacando un plato del refrigerador- Está bueno. ¿O prefieres un ron para calentar el cuerpo?

Y rió con ganas, al ver la cara de no entender nada de su huésped, el cual, siempre con timidez pero sin dudar, optó por el pollo y comió con entusiasmo. Él, mientras tanto, lo miraba, y cuando terminó de comer, se acercó a su invitado y le acarició la cabeza, revolviéndole el pelo con ternura.

-Puedes dormir en el sillón- le dijo. –Mañana ya veremos…

Sólo entonces, el extraño tuvo un primer gesto de acercamiento: lamió, agradecido, la mano que lo acariciaba y movió su desordenada cola con confianza.

-Buenas noches… Blas- le dijo bajito, mientras el perro se acomodaba en el sillón.



29 de diciembre de 2007

Noche de Fin de Año en el Babel

-Tal vez no sea tiempo, todavía, de decir que hubo una vez un tiempo mejor- le digo, sin preocuparme de las redundancias de mi improvisado discurso.

A medida que hablo, intento adivinar lo que pasa por sus ojos mientras llora. Algo me dice que su llanto no se debe sólo a la borrachera. Llora silenciosamente, sin aspavientos, con ese llanto que fluye una noche de cansancio cualquiera, cuando al poner la cabeza en la almohada se te llenan de calladas lágrimas las orejas. Y no entiendes la razón del llanto, porque ya no sabes qué pena te está pasando la cuenta.

-No hay otro tiempo posible- me responde.

El barman nos mira y se ríe, mientras llena por quinta (¿o sexta?) vez nuestras copas, con las que volvemos a brindar, haciéndolas chocar torpemente. Entre sorbo y sorbo, analizo sus últimas palabras y pienso en que, quizás, la razón de su tristeza sea que se va a morir… “No hay otro tiempo posible”, fue lo que dijo. Sin embargo, no me atrevo a planteárselo, al menos no todavía. Y encamino mis palabras por el lado de que la tristeza se apodera de los seres solitarios, como él y como yo, en fechas como las que todos se encuentran celebrando, y que, muy por el contrario, nosotros padecemos. Trato de que mis palabras parezcan un chiste, y para reafirmarlo, lanzo una sonora carcajada, la que no suena falsa, porque, después de todo, no lo es, pues los borrachos nos reímos siempre de verdad.

-Y lloramos de corazón… siempre- agrega, como si adivinara mis pensamientos.

Pero, así de ebrio como estoy, ni la telepatía me sorprende. Y así, entre trago y trago y palabras cada vez más mal pronunciadas, me sigo esforzando por comprender la razón del llanto del extraño que la casualidad sentó a mi lado esta última noche del año. Cuando mi borracho discurso comienza a emprenderlas por los derroteros de la muerte, el barman se me acerca intrigado y me hace una pregunta que no acabo de entender.

-¿Se va a morir el croata este?

-¿Croata? ¿Qué croata?- le digo.

-Él pues- me responde, con un aire de desconcierto, tocándole el hombro a mi compañero de borrachera. –Como han estado hablando toda la noche cada uno en su idioma, pensé que ustedes se entendían…

Y así, borracho como estoy, en un instante de ebria lucidez, y sin afán de presumir, le digo:

-La tristeza, mi amigo, habla todos los idiomas
.

19 de diciembre de 2007

La esperanza y un par de zapatos
Para Valentín, mi Pequeño Valiente, y su madre, mi hermana,
quien me contó de los zapatos de esta historia




No sé por qué razón, mi hermana mayor se empeñaba en creer en el Viejito Pascuero. Aunque éste nunca había dejado ningún juguete como prueba de su existencia, cada víspera de navidad ella colocaba sus zapatos delante de la puerta de la casa, con la esperanza de que al día siguiente encontraría sobre ellos una muñeca de pelo rubio y ojos azules que se abrían y cerraban bajo unas largas pestañas.

Cada 25 de diciembre, mi hermana salía de la cama muy temprano y corría ansiosa hacia la puerta, y como siempre, lo único que encontraba era un zapato, haciéndole compañía al otro. Y como siempre, a la decepción de no encontrar lo esperado, seguía la conformidad. Mi hermana terminaba justificando al Viejo Pascuero: que el Polo Norte estaba muy lejos o, simplemente, los regalos no le habían alcanzado. El próximo año seguro pasaría por el pueblo y se detendría ante nuestra puerta...

La navidad en que mi hermana tenía trece años no dejó sus zapatos afuera. Pensé, entonces, que le había llegado la hora de no creer más. Pero estaba equivocado. Descubrí mi error la navidad pasada, cuando viajé al pueblo para pasar las fiestas de fin de año en familia, y, sobre todo, para verla a ella, porque dentro de poco iba a tener un hijo. Esa nochebuena, mientras hablaba con ella, puse mi mano en su vientre inflado para sentir alguna patada de mi sobrino y, por casualidad, o tal vez no, le pregunté si también dejaría los zapatos de Valentín en la puerta para que Papá Noel le dejará los regalos, o le enseñaría desde pequeñito que el Viejito Pascuero no existía. “¿Quién te contó que no existe?”, me dijo. Yo sonreí, pensando que bromeaba...

Si mi hermana no volvió a dejar sus zapatos a la intemperie, no fue porque haya dejado de creer, sino porque aquel día comprendió que el Viejo Pascuero, en todos esos años nunca había dejado de pasar. Esa nochebuena, una lluvia abundante cayó sobre el pueblo... Mi hermana, al levantarse aquella mañana encontró sus zapatos, sus únicos zapatos, llenos de agua. Entonces supo lo que valía tener un par de zapatos... secos.


28 de noviembre de 2007

Del tiempo y un par de zapatos

La ocasión era importante, por lo tanto, se esforzó más de lo acostumbrado en el rito del lustrado. Aplicó betún hasta en el último milímetro de zapato. Después, los dejó un momento al sol, como reposando, para luego continuar con la fase del abrillantado. Durante largo rato frotó el cuero con un paño y no descansó hasta quedar satisfecho con el resultado. Metió la mano dentro de uno de los zapatos y lo miró con detenimiento, mostrándolo al sol para comprobar el brillo.

Aquellos zapatos habían sido los primeros que había tenido. La tía solterona –quien generosamente se hizo cargo de su crianza cuando le tocó quedarse solo- se los había comprado, no con poco sacrificio, para su Primera Comunión. Claro, no se podía recibir el Cuerpo de Cristo así tan mal calzado. Eran “Bata” -biónicos, nucleares o galácticos, no recuerdo cuál era el gancho vendedor aquel año- y negros, para que sirvieran, también, para el uniforme del colegio. El asunto es que el sentimiento que experimentó, mientras estaba en la larga fila de niños esperando comulgar, si no era la felicidad, era lo que más que se le parecía. Y el sentimiento aquel estaba en los pies, y no en el corazón, como él quería creer, debido a la sagrada ocasión. Lo sagrado siempre está teñido por lo profano.

Después de lustrarlos, dibujó sobre un cartón dos plantillas, las que luego recortó con cuidado para, finalmente, acomodarlas en cada uno de los zapatos. Con éstas, intentaba disimular los orificios que el tiempo y sus miles de pasos, habían abierto en las suelas de sus zapatos.

Los cordones, sin embargo, eran nuevos, pues los originales no habían resistido tanto hacer y deshacer nudos. Lentamente, los deslizó, desde el primero al sexto agujero, hasta dejar los extremos de la misma medida, así, el nudo rosa quedaría perfecto, como su tía, con santa paciencia, se lo había enseñado.

Cuando llegó la hora, ni un minuto antes, se los colocó como si de una ceremonia se tratara. Los zapatos, tan brillantes, desentonaban con su ropa gris y gastada. Entonces, se unió al resto de la gente que iniciaba el recorrido por las polvorientas calles del pueblo, hasta la iglesia, primero, y luego hasta el cementerio, donde enterrarían a su tía.

Después que todos se marcharon, él continuó junto a la tumba por un largo rato. Se miró los zapatos -ahora, opacos por el polvo acumulado en la caminata- y el sentimiento que experimentó, si no era el desamparo, era lo que más se le parecía. Y el sentimiento aquel estaba en su corazón, y no en sus pies, como él quería creer. Lo profano, a veces, se tiñe de lo sagrado.









21 de noviembre de 2007

El Apocalipsis según Santiago (2)

...la puta casualidad fue la que se encargó de aquel encuentro.

En una ciudad de millones de habitantes (ya no sé cuántos somos), dos que se conocen, se encuentran. Uno de ellos va aceleradísimo, hablando por teléfono, seguramente atrasado a alguna cita; el otro, simplemente vaga (porque no sabía, en realidad, qué más hacer). Se ven, repentinamente. El desaforado latir de las venas de la ciudad hace que no se reconozcan, casi. Sin embargo, se reconocen. Un confuso "hola", un beso torpe, un gesto indefinido (como de desconcierto), y una o dos miradas (las de ellos), que se pierden en medio de los infinitos mapas cotidianos. De fondo, gritos metálicos (las micros todavía eran amarillas).
...
Las miradas se perdieron (sin remedio).
...

La puta casualidad nunca fue tan puta... (los seres que se habían encontrado, nunca más volvieron a encontrarse).

11 de noviembre de 2007

(Pensando tu nombre en vano)

... uno de estos días, dios debería sentarse a recapacitar.

3 de noviembre de 2007


El Apocalipsis según Santiago (1)*

Ilustración: Antonio Salgado (fragmento)


El Ángel Guardián yacía muerto en lo alto de la torre de telecomunicaciones. Sus ropas, otrora albas, estaban cubiertas de hollín y sus pulmones reventados. Muy cerca de allí, en la cima del más elevado y moderno de los edificios, los heraldos de la muerte, que desde hacía casi quinientos años esperaban este acontecimiento, festejaban haciendo sonar sirenas día y noche.

Cuando los primeros habitantes comenzaron a morir, miles de personas atestaron las autopistas, huyendo despavoridas. Ni siquiera se acordaron de enterrar a sus muertos…

Pronto, todos habían abandonado la ciudad. Todos, menos los incontables perros vagabundos que seguían trajinando sus calles vacías. No, ellos no se marcharon, porque no tenían más amo a quien serle fiel que Santiago.
*Santiago de Chile...

19 de octubre de 2007

Y mira dónde fue a parar todo lo que se dijo

El sol marcaba algo más de las ocho. Tantos años durmiendo en la misma habitación, lo habían acostumbrado a intuir la hora en su ventana. Abandonó lentamente la cama y, sintiendo aún la otra piel en su cuerpo, caminó hasta el baño. Puso el seguro en el momento justo que su espalda se arqueaba por una fuerte convulsión. Y vomitó, vomitó mucho. Vomitó todo lo que tenía que vomitar.

Luego, casi sin fuerzas, se sentó en la bañera sin decidirse a presionar el botón que se llevaría los restos de esa última noche. Afuera, golpes y voces afligidas lo instaban a abrir la puerta, pero un incesante crepitar dentro de su cabeza no lo dejaba oír el ruido del mundo.

Casi una hora después, apretó el botón del estanque como quien jala el gatillo de un revólver y -sin despegar los ojos del fondo del escusado- vio como las metáforas, comparaciones, hipérboles, sinestesias, y cuánta figura literaria se le había ocurrido en esos casi dos años, desaparecían violentamente en el remolino del agua.

Luego, se enjuagó la boca con un desinfectante y dejó caer un delgado chorro de alcohol y babas teñido de rojo. Un adjetivo de afiladas aristas le había roto la lengua y la garganta. Volvió a tirar la cadena, respiró hondo y dijo:

-No saldré de aquí si sigues en esta casa.

Y así fue. Cuando sintió, después de largos minutos, que la puerta de entrada se cerraba, salió del baño y vio como la luz vacía de mayo entraba por la ventana. Entonces, cuando el sol marcaba una hora incierta, se echó a dormir.





15 de octubre de 2007

Cada año es un aniversario inevitable

Hace un año llovía.

Era Octubre y llovía.
Entonces, pensé

que la lluvia se equivocaba.
Era 13 aquel día, Octubre 13.
Primavera adolescente en el Sur.
Sin embargo,
ni Octubre

ni la Primavera
ni la lluvia
se equivocaban:
era Invierno.

Ha pasado un año
y cuatro inviernos;
365 vísperas inevitables.
365 deseos de vida...


365 deseos de muerte.

(Hace 365 días que escribo en este blog).-




10 de octubre de 2007

El otro hijo de Sísifo

(Foto Ana Mª Hernández)

A veces me siento cansado
y no quiero que llegue el día siguiente.
Pero el día siguiente siempre llega.

Cada día es una víspera inevitable
.

8 de octubre de 2007

Última noción de muerte

Cementerio General de Santiago
(Octubre 3 de 2007)

21 de septiembre de 2007

Los adverbios del tiempo

Después de un año con cuatro inviernos, existía alguna posibilidad de que a su patio regresara el sol. El Señor del Tiempo había dicho que tal vez. Y había agregado que nadie se merecía tanto invierno. Y él, cuya principal virtud (o defecto, más bien, debido a los tiempos que corren) era confiar, le creyó. Y así nada más, yo creo que por la irracionalidad de la esperanza, se dejó invadir por un entusiasmo desaforado y muy ajeno a él, que lo hacía parecer feliz. Ahora, con la perspectiva de los días y con los hechos consumados, lo veo claro, pero entonces sólo me pareció extraño y no sé por qué no intuí lo que de verdad le estaba ocurriendo.

Fue el día en que el Señor del Tiempo había dicho que tal vez, cuando me llamó porque necesitaba mi ayuda. Eso ya debió parecerme sospechoso, pues él nunca pedía ayuda. Sin embargo, seguramente yo también estaba bajo la influencia de tanto invierno y por eso todo me pareció normal. Por razones que no viene al caso detallar, relacionadas con la vida en la ciudad, tardé casi una semana en acudir a su llamado. Eso sí, no sin antes avisarle que iría en cuanto pudiera. Me dijo que no me preocupara, que mientras tanto él aprovecharía de escribirle a una amiga del otro lado del mundo (de la parte del mundo en que había sol, mucho sol) para contarle que el invierno se marcharía pronto, y así ella ya no tendría que esforzarse por imaginar el frío que cubría la ciudad. Esa parte no la entendí muy bien, pero no le di importancia. Además, como ya dije, él parecía feliz.

Cuando aquel domingo por la mañana por fin fui a su casa, el tal vez del Señor del Tiempo volvía a ser una ilusión (casi un nunca). El frío que cubría la ciudad, y que la amiga desconocida no conseguía imaginar, lejos de marcharse se hacía notar inmisericorde. Por eso, la primera sorpresa la tuve cuando me abrió la puerta completamente desnudo. No alcancé a rèponerme de mi asombro, porque cogió fuerte, pero alegremente mi brazo y me dijo que lo acompañara. Cruzamos toda la casa hasta el patio. Ahí me pidió que lo ayudara, ni siquiera le pregunté en qué, no entendía nada. No recuerdo cuanto tiempo estuve observando su frenética y absurda actividad, sin poder reaccionar. Sobre los alambres de tender ropa, colgaba prendas invisibles. Me mordí los nudillos para no llorar. Mientras, él seguía en su demencial tarea, contándome que tanto invierno las había dejado empapadas, pero que ahora el sol las secaría, o, por lo menos, las deshumedecería… entonces, podría volver a escribir.

Me saqué mi abrigo y caminé hasta él, sin preocuparme ya por contener el llanto. Cubrí su cuerpo amoratado y lo abracé con fuerza. Él insistía en que lo ayudara, que el sol no tardaría en venir, que ya estilaban… que el agua comenzaba a huir de ellas. Comprendí, en ese momento, por qué la cordura lo había abandonado... Entonces, con mucho cuidado, hice lo que me pedía, y con una pinza, también invisible, entre sustantivos y verbos mojados, colgué el tal vez que él tanto esperaba.