1 de enero de 2012

El día que se acabó el mundo



El lunes, cuando se despertó, el mundo se caía a pedazos. Aparentemente, todo estaba en calma y en su lugar. Una multitud cabizbaja comenzaba a recorrer las calles rumbo al trabajo; otra multitud apresurada, corría a comprar los regalos para la navidad que estaba a la vuelta de la esquina. Nadie parecía darse cuenta de los últimos estertores del mundo, a pesar de que todos los portales de internet lo anunciaban.


El hombre, con sus eternas guerras, se engolosinaba matando seres humanos a diestra y siniestra. Pensó que si tan solo ocupara una ínfima parte de su afán de muerte en matar el hambre, las moscas desaparecerían. Pero ya era tarde para pensar, porque ya se oía el ruido del fin del mundo, que no era otro que el insoportable zumbido de las moscas.


La naturaleza, por su parte, cansada de la estupidez de los habitantes de la tierra, les echaba una manito desplegando todo su arsenal de destrucción: terremotos, tormentas, sequías… volcanes.


Era cuestión de tiempo. No daba para más… a más tardar mañana.


Sin embargo, mañana cuando se despertó, para su mal, el mundo no se había acabado, pero estaba vacío. Entonces, descolgó el teléfono y la llamó para pedirle una segunda oportunidad.

25 de diciembre de 2011

"Con lo que yo te quiero, hijoputa..."



Escogiste un buen sitio para quedarte. Es lindo en verdad, tal como me habías contado. Sin embargo, este frío era difícil de imaginar, sólo ahora que lo siento puedo entender de lo que hablabas. Tú decías que era lo único malo de este lugar, pero que terminarías acostumbrándote, total, los muertos son más fríos que el frío. Eso decías…¿Sabes? Nunca pensé que debería traerte tan pronto.

Pero promesa obliga. Estábamos borrachos aquella vez, borrachos como cada vez que alguien te abandonaba, como cada vez que alguien me abandonaba. Ay, amigo, el desamor casi nos volvió alcohólicos. En eso también éramos tal para cual: unos perfectos perdedores. Siempre decías que debíamos haber nacido maricones, que habríamos sido la pareja imperfecta: “Con lo que yo te quiero, hijoputa”, me decías muerto de risa, después de haber llorado todo tu tinto llanto de borracho clásico.

Fue solo después de la resaca de tu muerte cuando recordé aquella promesa, aquélla que la vanidad de creernos inmortales nos había hecho olvidar. Y es por eso que estoy aquí, contemplando el paisaje que tantas veces me contaste, y que ahora vuelvo a escuchar como si fuesen las indicaciones para encontrar el sitio exacto en un mapa.

A la entrada del pueblo, a mano derecha (si vienes del Este), encontrarás un puente de madera. Sí, ése que alguna vez fue colgante. Debes cruzarlo y seguir el camino de tierra hasta encontrar el sendero que te lleve al bosque. Camina por ese sendero. Si es primavera, verás flores amarillas y moradas por todos lados. Pronto llegarás a una bifurcación: un camino te lleva hacia la profundidad del bosque; el otro, al mar… Allí, al final del sendero, ¿lo ves?

Sí, lo veo… como si me hubieras prestado tus ojos. Sólo las flores no están porque es invierno.“Justo en ese punto quiero que eches a volar mis putas cenizas”, me dijiste. Te respondí con una risotada, también de borracho, que no hablaras güevás. Pero entonces te pusiste bien serio -y yo me reí con más ganas porque los borrachos que tratan de ponerse serios se ven muy cómicos- y me hiciste prometerlo… vale, vale, prometido.

Y aquí estoy, sacudiéndome de las manos el triste polvo en el que te has convertido, con fuerza, con rabia, para ver si ahora que estás muerto me sacudo también este amor de mierda. Porque en eso no te fijaste, hijoputa, que cuando decías el chistecito aquel de los maricones yo me mordía la risa…

(Vuelvo a publicar este relato porque Pamela Meza, ex-alumna y talentosa artista, me hizo el honor de ilustrarlo sin que yo lo supiera... y claro, vale la pena compartirlo).

5 de diciembre de 2011

"No te veré morir"


Para Paty, que me dijo: "Escríbelo".


Se levantó al alba. Alistó la ropa que se pondría, que era la misma de siempre, pero en esta ocasión le sacudía el polvo acumulado en 365 días y le remendaba las costuras que el tiempo iba desvencijando sin piedad. Miró su vestido lila, de falso terciopelo, y pensó que si la nostalgia tenía un color era ése: el lila desteñido, el lila cansado, el lila derrotado. Luego, apoyada en la baranda de su pequeño jardín, cogió sus zapatos, los que a pesar de su esfuerzo por sacarles un poco de brillo, permanecían obstinadamente opacos, añejamente negros; el óxido había roto las hebillas y las correas bailoteaban inútiles sobre sus pálidos empeines. Menos mal que casi no tenía que caminar, de otro modo le habría resultado difícil sostenerse sobre aquellos tacones, que -aunque no eran muy altos- habían entorpecido sus pasos como consecuencia de la quietud de sus eternas jornadas.
Mientras se arreglaba su pelo largo y sombrío, pensaba en como las visitas poco a poco habían comenzado a distanciarse. Al principio de la mudanza, él venía a verla muy seguido; después sus apariciones se redujeron a tres en el año: cumpleaños, aniversario… y este día. Eso sí, jamás había dejado de venir, aunque no más fuese este único día. Habían pasado tantos años, ya ni siquiera recordaba cuántos eran, pero él seguía viniendo, cada vez más viejo, cada vez más lentos sus pasos. A lo largo de todo ese tiempo ella lo había visto hacerse viejo. -Si él está así –pensaba- hecho un mar de arrugas, cómo estaré yo… Por suerte, en el lugar al que la habían traído no había espejos. No es que estuvieran prohibidos, simplemente allí no tenían sentido, la vanidad resultaba ridícula. Sin embargo, ella, ese día, cuando él la venía a ver, se arreglaba un poquito como en el otro tiempo.
Cuando el primer sol de noviembre se deslizó suave por encima del muro, llenando el gran patio de cientos de sombras pretenciosas, ella se sentó sobre el banco de piedra de su jardín a esperarlo. Sabía que de un momento a otro él aparecería al final del sendero, con el ramo de crisantemos de siempre, de ese vivo color lila que, a la vez, alegraba sus días y humillaba su vestido de terciopelo, que alguna vez tuvo el mismo color.
Por fin lo vio aparecer. Mientras se acercaba, no dejó de mirarlo en ningún momento, como queriendo abarcar en esa mirada el año que había pasado sin verlo. Sin embargo, esta vez tuvo la certeza de que esa sería la última visita, y por un instante, sólo por un instante, sintió pena porque no lo vería morir, no podría acompañarlo como él había estado con ella cuando la muerte, tempranamente, vino a buscarla.
El sol continúa empinándose por los muros del cementerio, alumbrando las esculturas de los santos y las inútiles alas de los ángeles. Un hombre viejo deposita un ramo de crisantemos en la tumba de una mujer…


(El título está tomado del último verso de un poema de Idea Vilariño: "Ya no").

5 de noviembre de 2011

Una vez yo vi al alma mojándose los pies a la orilla de la cama


Ya no escondo tanto mi cuerpo de tus ojos, porque tú no ves con los ojos. Poco importa a tus ojos, que no necesitan ver, que el esqueleto esté antes que la carne. Porque me miras, con una mirada sobrenatural, y me desbordo, ahora por los ojos míos, y me escapo de mí, sobrepasado por la alta marea del alma que sube del pecho a la garganta, y de la garganta a la orilla de los ojos… de los míos, y ahora también de los tuyos. Entonces rodamos por rostros horizontanles, convertidos en diminutos ríos que desembocan en la almohada.
Y el aliento arrastra al deseo cansado hasta la orilla, donde muere, pero no muere... como las olas.

24 de octubre de 2011

De la vida, la muerte, el olvido y otras hierbas...




Amores (no) correspondidos


Él se enamoró de la vida. La vida, por esas cosas de ella misma, nunca se enamoró de él.




Cortejo


Le cerró un ojo a la muerte. La muerte, que no se anda con chicas, le cerró los dos.




El olvido



13 de octubre de 2011

El regustillo oxidado de la nostalgia


Y de pronto, en menos de lo que cantaba un gallo, la fiesta se acababa.
Una larga caravana de autos cargados de bultos y maletas sobre sus techos, desfilaba por la larga y única calle del pueblo, envolviéndolo todo en una gran nube de polvo. Y cuando la polvorienta nube desaparecía, como por arte de una triste magia, la larga y única calle estaba desierta.
Con la polvorienta nube también desaparecía la feria de entretenciones, y las sillas voladoras, por las que mendigábamos dinero para surcar los aires como gorriones, comenzaban a ser un alegre recuerdo. En recuerdo también se convertían los gatos porfiados y la ruleta que hacía volar un avión de mentira como si fuera verdad, el cual, si había suerte, aterrizaba en un largo chicle de fresa. Los patitos de lata, descoloridos y heridos de postones, emigraban también -huyendo de los cazadores- a otros veranos.
Y se desvanecían en el aire las canciones, que en ese tiempo ya eran antiguas… “Estelita, que linda que estás/ Estelita, podría con usted conversaaaar…” Esa música, que brotaba de los altavoces de la feria, era la banda sonora de las vacaciones, y de nuestra infancia.
Todo desaparecía. Todo, menos nosotros, que para consolarnos, nos dedicábamos a recorrer el lugar donde había estado la feria, buscando alguna moneda perdida en el fragor de la fiesta.
El verano, que prometía ser eterno, se había marchado y con él los amigos que regresaban a sus inmensas ciudades, que nosotros -los niños del pueblo, los que nos quedábamos- no conocíamos más que de oídas, y a las que nuestra desbordada imaginación, dotaba de fantásticas cualidades.
Y después, la resignación. Pronto vendría el regreso a la escuela, y el ajetreo de esa víspera ayudaba a ahuyentar la sensación de abandono que nos quedaba en el alma…
Ahora, tantísimos años después, cuando el regreso inevitable me trae al pueblo nuevamente, el regustillo oxidado de la nostalgia me hace rescatar del pavimento que cubre las calles del presente, aquella triste nube de polvo que un día también a mí me hizo desaparecer.


(Un 13 de Octubre, hace 5 años, comencé a escribir este blog... gracias a todas y todos por la compañía).

20 de septiembre de 2011

Apología de los balcones



La mamá dice que fue un accidente, pero yo sé que no fue así. La mamá nunca va a reconocer que su hijo, ése que se veía tan feliz, se haya suicidado lanzándose de un piso quince. Qué no, que tampoco estaba borracho, dice la mamá, que su hijo no bebía. Y de drogas ni hablar, que su hijo eso nunca, porque ella lo conocía tan bien a su hijo, que era tan buen hijo además… su hijo. Mi hermano.
Un desgraciado, un terrible accidente, dice la mamá. Pero yo sé que fue la seducción del vacío, que lo he leído en un libro que mi hermano tenía en su velador y porque he investigado mucho del tema desde su muerte. Eso, que estoy buscando la respuesta a por qué se mata la gente. Porque no solo mi hermano ha muerto así. Son muchos los jóvenes que se lanzan de los balcones, en bandadas casi, como si fuese una moda, y luego la prensa dice que son accidentes, porque madres como la mía declaran eso a los cuatro vientos… porque su hijo no, porque tenía tantísimos proyectos y una estupenda vida por delante.
Y eso, que según lo que he leído, mi hermano vio el cielo allá abajo, que temblaba como una sábana sacudida por dos pares de manos gigantes, y aunque era de noche, él lo vio azul, intensamente azul.
A veces, cuando no puedo dormir, pienso otras cosas sobre su muerte. Por ejemplo, en el tiempo que se tarda un cuerpo en caer desde un piso quince. O si pensó en algo… en alguien, o si se dio cuenta que el cielo era el suelo.
Eso pienso a veces. Sólo espero que no le haya dolido mucho… aunque yo creo que sí, porque yo sentí el sonido de su cabeza al romperse en el cemento. Pienso también que todo sería muy distinto si nosotros, los humanos, tuviésemos alas.

22 de agosto de 2011

Artilugio

Fue allí, en esa frontera incierta entre mi casa y el mundo, justo en el momento de la despedida, después del beso incluso, cuando -así como que no quiere la cosa- me lo dijo: “Dejé mi cepillo de dientes en tu baño…”

11 de agosto de 2011

Al amanecer se irán los amantes…


… atravesando una ciudad aún vacía y sin sol, encontrándose en su huida con otros amantes que, como él, han abandonado en una cama tibia un cuerpo dormido. Y se saludan, sin saludarse, los amantes, y continúan su camino, trazando el mapa clandestino de los amores inciertos por una ciudad aún vacía y sin sol.
Algunos sonríen por dentro, pues saben que pronto volverán al placer de deshacer la cama y de enredarse las sábanas entre las piernas. Otros, sin embargo, no tendrán la suerte de un regreso, aquéllos que, como él, se vistieron con sigilo, para que no se despertara quien dormía, y se pusieron los zapatos esperando el ascensor.
… como él, que pareciera que camina descalzo por el pavimento húmedo y frío, con los zapatos colgando de una mano, balanceándose sin rumbo… como la pena de los amantes que no vuelven más.




15 de junio de 2011

¡DIOS!

Al fin veía claro. Al fin había resuelto la ecuación teológica que lo atormentaba desde pequeño. Y la solución estaba en la Gramática: Dios era una interjección.


23 de mayo de 2011

La amistad en los tiempos del celular


“Estoy esperando a un amigo”, dice el desconocido de la mesa del lado, hablando por celular. Yo no espero a nadie, solo me tomo un café y leo, pero no puedo evitar escuchar la conversación, y de paso desconcentrarme en mi lectura. Pasado un rato, el amigo llega. El otro, que durante todo ese tiempo no ha parado de hablar, lo saluda con un gesto de “dame un segundo, que estoy en algo importante”. El recién llegado sonríe, se sienta y pide una cerveza, y luego otra… y otra. Eso sí, de tanto en tanto, ambos se comunican con más sonrisas, y el hablador, con el índice y el pulgar da a entender que ahora sí ya casi está… pero no está.
Cuando al fin decide colgar, pide las disculpas de rigor, y se saludan con las frases convencionales. Están en eso cuando suena un teléfono. Es el celular del -a estas alturas- llegado hace rato. Con un gesto de “ya casi estoy”, le pide un momentito. El que había terminado de hablar, aprovecha el prematuro paréntesis para pedir un café, y luego otro… y otro.
Después de no sé cuántos cafés, el teléfono se calla. Entonces ambos miran la hora, se encogen de hombros, y deciden que es hora de despedirse, no sin antes enfatizar en que se llamarán.

7 de mayo de 2011

Demencia senil

Entonces Dios, viejo y cansado, se sentó en su creación.

29 de abril de 2011

El último tren


…y este otoño tan lleno de lugares comunes, pensó, al ver caer las hojas como en una escena cursilona de película romántica. Hizo todo el camino, que iba del bar al metro, recriminándose. Que era un imbécil, que nunca aprendería, que bien merecido se lo tenía. Con esto último, se refería a esa desagradable sensación de vacío que ocupaba todos sus órganos. Caminaba con las manos en los bolsillos. Tenía frío. Empuñadas. Y rabia… con él mismo, que es la peor de las rabias. ¿Sabes cuántas personas solas hay en el mundo? Y, aunque la pregunta era retórica, de todos modos se respondió. Miles. Y no tiene nada de malo. Y si lo tiene qué, a todo se acostumbra el hombre. Llevaba solo mucho tiempo y pensaba que se había acostumbrado. Pero no, al más mínimo descuido, ya estaba soñando en plural.
Apuró el pasó para alcanzar el último tren y al llegar a la estación, el calorcito que de pronto lo envolvió, le hizo olvidarse por un momento de sí mismo. Se subió al tren y al cerrarse las puertas vio su imagen en la ventanilla. A mis años, pensó resignado, cualquier ilusión puede ser mortal.

23 de marzo de 2011

CACHORRO


Me apuntó con la pistola y me dijo que le diera todo el dinero. El muchacho temblaba entero, seguramente por la mucha droga que se había metido o por la falta de ella. Pidiéndole que se calmara, saqué los billetes que tenía en un bolsillo y se los alargué, pero me gritó que él sabía que yo tenía más y, a punta de pistola, me obligó a subir al dormitorio. Le dije que no era necesario que me apuntara, que le daría todo lo que tenía y de uno de los cajones del ropero saqué el dinero que mi esposa siempre dejaba allí, por eso de que nunca se sabe, como solía decir ella. Se guardó los billetes y bajó la escalera de tres zancadas. Sin embargo, al instante volvió a aparecer en la puerta de la habitación. Me miró algunos segundos. Ya no me apuntaba. Inclinó la cabeza hacia un costado como un cachorro indefenso y me dijo: “Perdona, papá…” y salió corriendo.


15 de febrero de 2011

Cuento de verano

Miró por la ventana del comedor que daba al patio trasero. Una pátina de polvo y hojas secas cubría las baldosas. Ya se lavarán cuando llueva, pensó. Era pleno verano y la ciudad sudaba indiferente sus penas bajo un sol de justicia. Febrero transcurría como una siesta interminable, borracho de vacío y abandono. De pronto, un relámpago iluminó la tarde, que, sin él darse cuenta, se había vuelto negra. Luego un trueno estremeció las ventanas y espantó a los perros de la calle, que huyeron a refugiarse a ninguna parte, porque en esta ciudad no hay refugios para ellos. Y de pronto, la lluvia. A goterones, gordos y ralos al comienzo, para convertirse en un aguacero con todas las de la ley unos segundos después. Las lluvias de verano hacen que todo parezca irreal, pensó, mientras miraba como el polvo de las baldosas se escapaba en pequeños ríos turbios por el desagüe. Sonrió. Sin embargo, las hojas secas -que los pequeños ríos turbios arrastraban- comenzaron a tapar la alcantarilla hasta convertir el patio en un pequeño lago oscuro. La lluvia es verdad, pensó, pero la vida es mentira.
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16 de diciembre de 2010

Eros y... Psique
(Una versión lejana y particular)

De fondo suena, una y otra vez, “Ne me quitte pas” en la versión de Jaques Brel. Había apretado el botón de repetir, para que la canción no dejara de sonar durante toda esa breve eternidad. Porque sí, porque así lo había imaginado, y también para no olvidar que el amor es triste aun en el momento de mayor felicidad. Hay también en la escena copas rotas y vino derramado, porque el primer arrebato de deseo comienza en la cena, por culpa, quizás, de las ciruelas al oporto y la crema, que maliciosa se queda en la frontera de la boca de ella, y la lengua envalentonada de él, un poco borracha, un poco dulce, que se aventura por esas comisuras sin dios. Y las manos - que al primer contacto de la lengua de él en la boca de ella, pierden el control y lo tiran todo- pasan de la risa al cuerpo, sintiendo, por primera vez la piel del otro, imaginada por tantos, por tantísimos años. Entonces se besan… a la desesperada, casi con rabia, casi con dolor, un dolor dulce, suave, feliz. Y las manos que vagan sin rumbo no se miden en las caricias, y los dedos parecen dientes queriendo arrancar la carne del otro. Por fin pelean la batalla que ya habían perdido. Luego viene una especie de tregua. Sin saber cómo, llegan, a una esquina del comedor, y arrinconados, sin separar sus labios, comparten un mismo aliento, tibio, salado y alcohólico. Como si en la caverna de sus bocas se muriera un dragón, la respiración y los latidos recobran la calma. Fue en ese instante cuando él apretó el botón…ne me quitte pas ne me quitte pas ne me quitte pas… Los besos se hacen lentos y las caricias expertas, para dar paso a la escena en que los amantes se desprenden de sus ropas, regando con ellas el camino al dormitorio, sin siquiera darse tiempo para contemplar esa primera desnudez compartida. La camisa de él, la blusa de ella; las medias, los calcetines y el desequilibrio de la maniobra que los hace rebotar en la cama. Entonces sí se ven, con más de veinte años de retraso, de espera, y él piensa que para los pechos de ella, de verdad, veinte años no son nada, y no le importa si en su propio cuerpo veinte años son algo. Y terminan de desvestirse, como dos críos adolescentes, juguetones y torpes, enredándose en el pantalón y en la falda. Y ya completamente desnudos, las lenguas teminan el trabajo que habían comenzado los dedos. Mientras Jaques Brel sigue cantando ne me quitte pas ne me quitte pas… él se hunde, lento y conmovido, entre sus piernas. Y cuando la canción vuelve a girar sobre sí misma, ella es la que está sobre él en el delicioso y soberano arte de encajar. Y otra vez él… y otra vez Jaques Brel ne me quitte pa y ella otra vez ne me quitte y él agitándose como si tuviese alas ne me quit tensándose ambos cóncavos ne me y convexos y Brel desgañitándose en el aleteo final para no envidiar los jadeos ne me quitte pas ne me quitte pas… y el amante, ahoga un grito y el ne me quitte pas se oye ahora apenas, quedito, triste, porque el amor, aun en su momento más esplendoroso, es triste…más para él, que a pesar de que con los años ha ido perfeccionando sus fantasías, le sigue pareciendo triste eyacular, siempre, en su propio ombligo…
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29 de noviembre de 2010

La pedagogía de los sueños

Ahora que ya no sé soñar y que no vivo esperando buenas noticias. Ahora que tampoco espero a nadie en la estación del metro, y que me emborracho solo en bares perdidos sin compadecerme, o que sin compadecerme me emborracho perdido en bares solos. Ahora que me levanto temprano de lunes a viernes, aunque no tenga ganas, y que el viernes no importa porque es igual al lunes. Ahora que los días pasan sin sobresalto, miento. Miento como canalla, porque ahora que ya no sé soñar ni dormido, de lunes a viernes, en una escuela olvidada, enseño a soñar…


19 de noviembre de 2010

Puestos a elegir…

Cuando su padre le dijo que ya estaba en edad de ganarse la vida por sí mismo, él decidió perderla.





24 de octubre de 2010

Atún y pan
Para Laluz, por el café que dejé que se enfriara...

Pasaba cada dos días, más o menos a la misma hora, de vuelta del trabajo. Se hizo conocido entre las cajeras no por ser un cliente frecuente, que de ésos en los supermercados de barrio hay miles, sino porque siempre compraba lo mismo: una lata de atún, desmenuzado y en agua, y cuatro panes. Las cajeras jugaban a inventarle una vida a partir de esos dos artículos. Lo primero era su estado civil; una decía que era soltero; otra, que separado; alguna, adicta a las teleseries mexicanas, afirmaba que era un viudo, que nunca se había resignado a la pérdida de su esposa. Y claro, de cocinar nada, por eso el atún. De aquí a poco olerá a pescado, bromeaban. Y claro, por eso es tan flaco, si come tan poquito. Y claro, está solo… y sonreían cómplices. De su voz solo sabían como pronunciaba dos palabras: hola y gracias. Nunca ninguna se atrevió a intentar sacarle otra. Es que con ese aire serio y lejano parecía de otro mundo. Sin embargo, A María, la más reservada de las cajeras, le gustaba su voz, y no se lo contaba a nadie. Ella imaginaba como serían otras frases en su boca, incluso como sonaría su nombre en su boca… María. Y mientras las otras cajeras seguían con las invenciones biográficas del hombre del atún y el pan, ella imaginaba cómo sonaría su nombre en su boca. ¿Y él? ¿Cómo se llamaría él? Tiene cara de Juan Pablo, decía una; otra, que de Ramiro; alguna, adicta a los nombres rebuscados (tal vez la misma aficionada a las teleseries mexicanas), afirmaba que se llamaba Estanislao José. Pero María no participaba en la trivia bautismal, pues pensaba en él sin nombre. Simplemente pensaba en él, en su presencia, e iba más allá y en su ausencia imaginaba los detalles del espacio que habitaba a diario, el color de las cortinas, la forma de la mesa, y en noches de insomnio, imaginó, con pudor, la textura de sus sábanas, la proximidad de su piel. Pensaba también en sus ritos de hombre solo. Más de una vez se sorprendió imaginándose al otro lado de su mesa, compartiendo el café de la mañana, el olor a tostadas quemadas (que a los hombres siempre se les queman) y el sabor de la mermelada. Así, María, como era dada a coleccionar amores imposibles, comenzó a imaginar más de lo que la razón le indicaba. Tantas veces el amor no es otra cosa que malas indicaciones del corazón, Cupido disparando flechas a tontas y a locas, vaya. Y aunque ella estaba entre las tontas entre comillas, se ha de alegar en su defensa que las escasas historias de amor de María, las reales, jamás habían alcanzado esa categoría, es decir, de “historia de amor”. Por este motivo, y a pesar de que ya no era una jovencita, prefería imaginar relaciones, incluso tormentosas, pero, eso sí, con finales felices. Y en este contexto, claro está, el cliente del atún y el pan, era el amante ideal: guapo (medianamente, siendo objetivos), caballero (aunque solo decía hola y gracias, podría no haber dicho nada, lo defendía ella ante sí misma) y misterioso (aunque qué cliente no lo es…). La cuestión es que María comenzó a vivir su romance intensamente y soportaba sus duras horas de cajera, pensando en que cada dos días lo vería por breves minutos. Y mientras las demás cajeras seguían con sus conjeturas, cada vez más delirantes, ella, cada vez más a menudo, se colaba en sus noches y en su cuerpo, siguiendo la ruta de su perfume desde las orejas al cuello y de ahí al pecho, al ombligo, derribando poco a poco las trincheras de la vergüenza. Sin embargo, cuando él venía por su lata de atún y por su pan, ella aparentaba la misma amabilidad o indiferencia (depende del punto de vista) que ante cualquier otro cliente. A veces, cuando la imposibilidad la desesperaba un poco, imaginaba acciones osadas para producir un contacto: “Y si le deslizo, como por error, un chocolate”, “Y si deslizo, como por casualidad, mis dedos por los suyos cuando le entregue el cambio, “Y si…” Pero no, eso no estaba en las reglas del juego de los amores imposibles. Por eso regresaba sin mucho drama a sus ensoñaciones, donde sí se permitía un poco de melodrama, con peleas y reconciliaciones. Y a veces, también escapándose sin querer de las reglas, pensaba en qué pasaría si un mal día, su amante sin nombre no regresaba más a comprar. Eso ocurría cuando su historia se le escapaba de las manos y de sus fantasías. Es que a veces la realidad pesa como la verdad que es nomás. De tanto en tanto, se involucraba en los juegos inventivos con sus compañeras, no fuera cosa que sospecharan algo y lo arruinaran todo.

Pero todas las historias tienen un final, incluso las imposibles. Ocurrió uno de aquellos días en que ella, María, decidió jugar con las demás. La tarde-noche anterior, había sido él quien rompió las reglas y al atún y el pan acostumbrados, añadió dos artículos nuevos: vino y quesos. El vino y el queso, en este caso, eran inesperados productos que agregaban el elemento tormentoso posible a una historia imposible. Este hecho lo cambiaba todo y el revuelo que ocasionó en las “guionistas de supermercado” fue mayúsculo., pues venía a proporcionar material inédito a una teleserie que ya comenzaba a perder interés. “Así que vino y quesitos…” Entonces, las teorías acerca de quién y cómo sería la misteriosa invitada, echaron a volar con renovado entusiasmo la creatividad de las cajeras: “Debe ser una compañera de trabajo”, decía una; “qué no, que es una vecina y seguro la conocemos porque compra aquí”, aseguraba otra; “ay, debe ser una jovencita que conoció por casualidad al cruzarse las líneas telefónicas”, suspiraba la de las teleseries mexicanas; “la cosa es que nos quedamos viudas antes del casamiento…” remataba la de más edad, decepcionada como si de verdad hubiese tenido alguna posibilidad. Y luego venían las apuestas por el nombre de la afortunada: Angélica, Carolina, Rosa Amelia… “O Simplemente María, como tú”, dijo la misma de las teleseries mexicanas, sorprendiendo a la homónima, quien hasta ese momento escuchaba en silencio la conversación de sus colegas. “Sí, se llama María”, dijo María, con una sonrisa que todas interpretaron como de tristeza. Entonces otra, para dar un final más gracioso al capítulo de ese día, agregó: “Y a la elegida no le gusta el atún…”
-No- dijo María, en voz tan baja que ninguna pudo escucharla- el atún es para su perro Blas…y volvió a sonreír sin una pizca de tristeza.
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(Un cuento distinto, menos triste, para recordar que llevo 4 años escribiendo en estos recovecos).
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11 de septiembre de 2010

Deudas imperdonables

... y al amor le quedé debiendo una historia. La mía.