13 de mayo de 2013

Variantes para un regreso a casa


A veces, regreso a casa tan cansado,  sin fuerzas, siquiera, para una caricia. Entonces me alegro (tal vez “alegro” no sea la palabra) de no tener hijos… y de vivir solo. Otras veces, el mismo cansancio…  de otros regresos, a la misma casa, me hace extrañar a mamá.

19 de febrero de 2013

La soledad de los objetos


Si los objetos sintieran, preferirían no sentir. Estoy seguro. Hoy -puesto que hasta el gato está de vacaciones en esta empresa- he almorzado rodeado de ellos. De objetos, que es de eso de lo que hablo. Ojalá, pensaba mientras tragaba no sé qué, que la quietud -la santa quietud de los objetos- sea calma. Pero no. La quietud de los objetos es inquietud, un desasosiego que no tiene fin, el cual, de tanto en tanto, siente algún alivio cuando un alma descuidada los coge, los usa o, simplemente, los cambia de lugar para que no estorben. Es por eso que muchos objetos estorban. Son como niños faltos de afecto llamando desesperadamente la atención.
Hoy almorcé con el salero. Un salero plástico y feo, hecho con el amor que se brinda a los objetos funcionales y fabricados en serie, es decir, ninguno. “Ninguno amor”. Desde una prudente distancia -la prudente distancia a la que están acostumbrados protocolarmente los saleros- parece que me observaba… como queriendo trabar amistad. Saqué un rotulador de mi bolsillo, cogí el salero y me pareció sentir su suspiro de alivio… Entonces, le dibujé unos ojos de mono animado. “Para mirarnos mejor…”
No diré que hablamos el salero y yo, no vayan a pensar que estoy loco. Sin embargo, nos hicimos un poco de compañía, una compañía miserable, pero compañía a fin de cuentas. Cuando me marchaba, luego de rumiar una manzana desabrida, noté que sus ojos de mono animado me miraban distinto, con un cierto brillo tal vez, como aquel que precede a la tristeza… Pasado un instante, comprendí lo que él quería. Lo tomé entre mis manos y nos miramos por última vez. Le sonreí. Lamenté no haberle dibujado una boca, pero a falta de esta, sus ojillos me devolvieron la sonrisa. Mi brazo se alzó para coger impulso y, sin pensarlo, lo estrellé contra el suelo.
Me fui sin recoger sus pedazos y sin limpiar su blanca sangre derramada…

13 de octubre de 2012

Todos los pasajeros deben descender


En vista y considerando que no hay verdaderas intenciones de acabar con la miseria, T piensa que la ciudad debería adaptarse a ella, a la miseria. Y tiene algunas ideas. Por ejemplo, que los bancos de las calles, además de asientos, podrían ser casas para mendigos y perros abandonados. La ciudad podría hacer de su arquitectura un resquicio contra el desamparo.

Eso piensa mientras camina hacia el metro, como en la eterna segunda parte de una película llamada “al amanecer se irán los amantes”. Y piensa que ya son demasiados los días sin sol, y que así nomás con esta primavera disidente.

Piensa también, montado en el vagón de regreso a sí mismo, que el tren debería estar vacío, y que  no tiene ganas de bajarse en la estación terminal, porque  quiere ver qué hay más allá de esa última estación.

El tren llega al final del recorrido, a esa última estación donde todos los pasajeros deben descender. Él piensa, sigue pensando. Sin embargo,  como el pasajero común y silvestre que es, se baja como los demás. Y piensa que pensar tanto es inútil.

Si el mundo fuera un tren, todos los pasajeros deberían descender… piensa (sin punto final)
 
(Otro 13 de octubre... seis años ya escribiendo en estos "malditos recovecos").

 

15 de julio de 2012

Por siempre jamás...

Mientras tanto en el futuro, los peces de ciudad -aquellos a los que años atrás Sabina les dedicó una canción- quedaron atrapados en las redes sociales…

9 de junio de 2012

Manual para curar ángeles heridos

A veces, tu recuerdo me duele como un principio de infarto. Entonces me pregunto qué fue de ti… y me pregunto, si en una de esas, tú te preguntas qué fue de mí. Como la pregunta es retórica, dejaremos la respuesta vagando en el mar de los acasos.

Cuando te conocí te sangraban las alas, o lo que quedaba de ellas. Viajábamos en el mismo vagón semivacío de la medianoche; tú me dabas la espalda, no a mí, claro, sería mucha pretensión de mi parte pensar eso, si tú todavía no sabías ni que existía. Dejémoslo en que era al mundo (al que le dabas la espalda, digo). Y si bien tu pelo de ángel renacentista escondía, a la altura de los omóplatos, dos manchas informes en tu camisa, (C me dice que se dice escápula, que los omóplatos ya no existen), yo supe altiro que eran los muñones de tus alas cortadas que no dejaban de sangrar.

Lo demás, como se suele decir, es historia. Lo demás, para ser más exacto, es toda la historia.

Lo demás era todo lo que importaba… quién iba a pensar que esa historia (que era toda la historia), sería, para ti, lo de menos.



15 de abril de 2012

TODAS LAS HORAS DEL MARTES

Mete la llave en la cerradura, la gira… se tarda mil segundos en abrir. No sabe lo que va a encontrar al otro lado.

Son las tres de la tarde de un lunes. Nunca ha estado un lunes a esa hora en su casa. Su propia casa. Durante casi veinte años, nunca. Nunca un lunes laborable.


Entra. Por fin entra.

Otros mil, dos mil segundos, inmóvil en la entrada, observando los muebles, los cuadros, los adornos de la sala, como intentando reconocerlos.


Se mueve. Por fin se mueve.

Deja el maletín en la mesa; el abrigo en el respaldo de una silla. Se afloja la corbata y se deja caer en el sillón que mira a la ventana.

“Este es el color de mi casa a las tres de la tarde”, piensa mientras mira la luz que se filtra a pesar de las gruesas cortinas.

“Esta la temperatura de mi casa vacía…”

“Y el silencio, aquí adentro (lleno de ruidos de la calle), a las tres diez de la tarde.”

“Mi casa por dentro a las tres y cuarto de la tarde de un lunes de trabajo.”
Eso piensa. Eso siente.

Y duerme… se duerme. Después de tantos años, una siesta involuntaria. La siesta de los despedidos, la siesta de los echados a la calle.

Cuando se despierta, a una hora incierta, todo sigue igual. Todo, menos el color de la casa a esa hora incierta de un lunes laborable.

“Mañana sabré cómo son todas las horas del martes aquí adentro.”

Piensa.

6 de abril de 2012

ETERNAMENTE

“Y nos encontrarán y sabrán que alguien te amó…”
(Pedro Guerra)

Una buena mañana, se coló en la cama mientras él aun dormía, y al acomodarse al tibio zigzag del cuerpo de su amante –al cóncavo de sus piernas, al convexo de su espalda- sintió que no había un mejor lugar en el mundo para vivir. Entonces, decidió quedarse…


Muchos años después, cientos, miles quizás, alguien que escarbaba entre las ruinas de la humanidad, los encontró, intactos los huesos, intacto el abrazo, tal como aquella remota mañana cuando se coló en su cama.



24 de marzo de 2012

¿Estado civil?...

A la pregunta, sobrevino el eterno silencio de los puntos suspensivos…

… sola, dijo al final.

13 de marzo de 2012

HERMANAS

Las dos tienen más de cuarenta (el segundo dígito es incierto); la mayor sonríe poco y ríe menos. Ahora que lo pienso, no recuerdo cuando fue la última vez que la escuché reír. La menor, por el contrario, va sonriendo por la vida, por esa vida suya que a ratos es triste.

Hasta los veintitantos siempre durmieron juntas. Al principio, por obligación, pues las camas eran pocas, y después por costumbre, por el gusto de la compañía o por el frío que la más grande decía sentir eternamente en sus pies. Pero quiso el tiempo que por esos años se emparejaran. La menor lo hizo primero y se marchó a la ciudad del hombre que ella escogió como compañero. El tiempo también les trajo un par de críos a cada cual.


Sin embargo, todas las vacaciones, la menor regresa al pueblo y, con alguno de los críos entremedio, vuelven a dormir juntas, como cuando niñas, como cuando jóvenes, relegando a los esposos a la soltería.


Tienen más de cuarenta, y si bien las camas en las que han dormido han cambiado (ahora son más grandes… más blandas), ellas siguen siendo las mismas niñas cómplices, que soñaban tiempos mejores, y que al final del verano, al momento de la despedida, todavía lloran como si no se fueran a ver más…


1 de enero de 2012

El día que se acabó el mundo



El lunes, cuando se despertó, el mundo se caía a pedazos. Aparentemente, todo estaba en calma y en su lugar. Una multitud cabizbaja comenzaba a recorrer las calles rumbo al trabajo; otra multitud apresurada, corría a comprar los regalos para la navidad que estaba a la vuelta de la esquina. Nadie parecía darse cuenta de los últimos estertores del mundo, a pesar de que todos los portales de internet lo anunciaban.


El hombre, con sus eternas guerras, se engolosinaba matando seres humanos a diestra y siniestra. Pensó que si tan solo ocupara una ínfima parte de su afán de muerte en matar el hambre, las moscas desaparecerían. Pero ya era tarde para pensar, porque ya se oía el ruido del fin del mundo, que no era otro que el insoportable zumbido de las moscas.


La naturaleza, por su parte, cansada de la estupidez de los habitantes de la tierra, les echaba una manito desplegando todo su arsenal de destrucción: terremotos, tormentas, sequías… volcanes.


Era cuestión de tiempo. No daba para más… a más tardar mañana.


Sin embargo, mañana cuando se despertó, para su mal, el mundo no se había acabado, pero estaba vacío. Entonces, descolgó el teléfono y la llamó para pedirle una segunda oportunidad.

25 de diciembre de 2011

"Con lo que yo te quiero, hijoputa..."



Escogiste un buen sitio para quedarte. Es lindo en verdad, tal como me habías contado. Sin embargo, este frío era difícil de imaginar, sólo ahora que lo siento puedo entender de lo que hablabas. Tú decías que era lo único malo de este lugar, pero que terminarías acostumbrándote, total, los muertos son más fríos que el frío. Eso decías…¿Sabes? Nunca pensé que debería traerte tan pronto.

Pero promesa obliga. Estábamos borrachos aquella vez, borrachos como cada vez que alguien te abandonaba, como cada vez que alguien me abandonaba. Ay, amigo, el desamor casi nos volvió alcohólicos. En eso también éramos tal para cual: unos perfectos perdedores. Siempre decías que debíamos haber nacido maricones, que habríamos sido la pareja imperfecta: “Con lo que yo te quiero, hijoputa”, me decías muerto de risa, después de haber llorado todo tu tinto llanto de borracho clásico.

Fue solo después de la resaca de tu muerte cuando recordé aquella promesa, aquélla que la vanidad de creernos inmortales nos había hecho olvidar. Y es por eso que estoy aquí, contemplando el paisaje que tantas veces me contaste, y que ahora vuelvo a escuchar como si fuesen las indicaciones para encontrar el sitio exacto en un mapa.

A la entrada del pueblo, a mano derecha (si vienes del Este), encontrarás un puente de madera. Sí, ése que alguna vez fue colgante. Debes cruzarlo y seguir el camino de tierra hasta encontrar el sendero que te lleve al bosque. Camina por ese sendero. Si es primavera, verás flores amarillas y moradas por todos lados. Pronto llegarás a una bifurcación: un camino te lleva hacia la profundidad del bosque; el otro, al mar… Allí, al final del sendero, ¿lo ves?

Sí, lo veo… como si me hubieras prestado tus ojos. Sólo las flores no están porque es invierno.“Justo en ese punto quiero que eches a volar mis putas cenizas”, me dijiste. Te respondí con una risotada, también de borracho, que no hablaras güevás. Pero entonces te pusiste bien serio -y yo me reí con más ganas porque los borrachos que tratan de ponerse serios se ven muy cómicos- y me hiciste prometerlo… vale, vale, prometido.

Y aquí estoy, sacudiéndome de las manos el triste polvo en el que te has convertido, con fuerza, con rabia, para ver si ahora que estás muerto me sacudo también este amor de mierda. Porque en eso no te fijaste, hijoputa, que cuando decías el chistecito aquel de los maricones yo me mordía la risa…

(Vuelvo a publicar este relato porque Pamela Meza, ex-alumna y talentosa artista, me hizo el honor de ilustrarlo sin que yo lo supiera... y claro, vale la pena compartirlo).

5 de diciembre de 2011

"No te veré morir"


Para Paty, que me dijo: "Escríbelo".


Se levantó al alba. Alistó la ropa que se pondría, que era la misma de siempre, pero en esta ocasión le sacudía el polvo acumulado en 365 días y le remendaba las costuras que el tiempo iba desvencijando sin piedad. Miró su vestido lila, de falso terciopelo, y pensó que si la nostalgia tenía un color era ése: el lila desteñido, el lila cansado, el lila derrotado. Luego, apoyada en la baranda de su pequeño jardín, cogió sus zapatos, los que a pesar de su esfuerzo por sacarles un poco de brillo, permanecían obstinadamente opacos, añejamente negros; el óxido había roto las hebillas y las correas bailoteaban inútiles sobre sus pálidos empeines. Menos mal que casi no tenía que caminar, de otro modo le habría resultado difícil sostenerse sobre aquellos tacones, que -aunque no eran muy altos- habían entorpecido sus pasos como consecuencia de la quietud de sus eternas jornadas.
Mientras se arreglaba su pelo largo y sombrío, pensaba en como las visitas poco a poco habían comenzado a distanciarse. Al principio de la mudanza, él venía a verla muy seguido; después sus apariciones se redujeron a tres en el año: cumpleaños, aniversario… y este día. Eso sí, jamás había dejado de venir, aunque no más fuese este único día. Habían pasado tantos años, ya ni siquiera recordaba cuántos eran, pero él seguía viniendo, cada vez más viejo, cada vez más lentos sus pasos. A lo largo de todo ese tiempo ella lo había visto hacerse viejo. -Si él está así –pensaba- hecho un mar de arrugas, cómo estaré yo… Por suerte, en el lugar al que la habían traído no había espejos. No es que estuvieran prohibidos, simplemente allí no tenían sentido, la vanidad resultaba ridícula. Sin embargo, ella, ese día, cuando él la venía a ver, se arreglaba un poquito como en el otro tiempo.
Cuando el primer sol de noviembre se deslizó suave por encima del muro, llenando el gran patio de cientos de sombras pretenciosas, ella se sentó sobre el banco de piedra de su jardín a esperarlo. Sabía que de un momento a otro él aparecería al final del sendero, con el ramo de crisantemos de siempre, de ese vivo color lila que, a la vez, alegraba sus días y humillaba su vestido de terciopelo, que alguna vez tuvo el mismo color.
Por fin lo vio aparecer. Mientras se acercaba, no dejó de mirarlo en ningún momento, como queriendo abarcar en esa mirada el año que había pasado sin verlo. Sin embargo, esta vez tuvo la certeza de que esa sería la última visita, y por un instante, sólo por un instante, sintió pena porque no lo vería morir, no podría acompañarlo como él había estado con ella cuando la muerte, tempranamente, vino a buscarla.
El sol continúa empinándose por los muros del cementerio, alumbrando las esculturas de los santos y las inútiles alas de los ángeles. Un hombre viejo deposita un ramo de crisantemos en la tumba de una mujer…


(El título está tomado del último verso de un poema de Idea Vilariño: "Ya no").

5 de noviembre de 2011

Una vez yo vi al alma mojándose los pies a la orilla de la cama


Ya no escondo tanto mi cuerpo de tus ojos, porque tú no ves con los ojos. Poco importa a tus ojos, que no necesitan ver, que el esqueleto esté antes que la carne. Porque me miras, con una mirada sobrenatural, y me desbordo, ahora por los ojos míos, y me escapo de mí, sobrepasado por la alta marea del alma que sube del pecho a la garganta, y de la garganta a la orilla de los ojos… de los míos, y ahora también de los tuyos. Entonces rodamos por rostros horizontanles, convertidos en diminutos ríos que desembocan en la almohada.
Y el aliento arrastra al deseo cansado hasta la orilla, donde muere, pero no muere... como las olas.

24 de octubre de 2011

De la vida, la muerte, el olvido y otras hierbas...




Amores (no) correspondidos


Él se enamoró de la vida. La vida, por esas cosas de ella misma, nunca se enamoró de él.




Cortejo


Le cerró un ojo a la muerte. La muerte, que no se anda con chicas, le cerró los dos.




El olvido



13 de octubre de 2011

El regustillo oxidado de la nostalgia


Y de pronto, en menos de lo que cantaba un gallo, la fiesta se acababa.
Una larga caravana de autos cargados de bultos y maletas sobre sus techos, desfilaba por la larga y única calle del pueblo, envolviéndolo todo en una gran nube de polvo. Y cuando la polvorienta nube desaparecía, como por arte de una triste magia, la larga y única calle estaba desierta.
Con la polvorienta nube también desaparecía la feria de entretenciones, y las sillas voladoras, por las que mendigábamos dinero para surcar los aires como gorriones, comenzaban a ser un alegre recuerdo. En recuerdo también se convertían los gatos porfiados y la ruleta que hacía volar un avión de mentira como si fuera verdad, el cual, si había suerte, aterrizaba en un largo chicle de fresa. Los patitos de lata, descoloridos y heridos de postones, emigraban también -huyendo de los cazadores- a otros veranos.
Y se desvanecían en el aire las canciones, que en ese tiempo ya eran antiguas… “Estelita, que linda que estás/ Estelita, podría con usted conversaaaar…” Esa música, que brotaba de los altavoces de la feria, era la banda sonora de las vacaciones, y de nuestra infancia.
Todo desaparecía. Todo, menos nosotros, que para consolarnos, nos dedicábamos a recorrer el lugar donde había estado la feria, buscando alguna moneda perdida en el fragor de la fiesta.
El verano, que prometía ser eterno, se había marchado y con él los amigos que regresaban a sus inmensas ciudades, que nosotros -los niños del pueblo, los que nos quedábamos- no conocíamos más que de oídas, y a las que nuestra desbordada imaginación, dotaba de fantásticas cualidades.
Y después, la resignación. Pronto vendría el regreso a la escuela, y el ajetreo de esa víspera ayudaba a ahuyentar la sensación de abandono que nos quedaba en el alma…
Ahora, tantísimos años después, cuando el regreso inevitable me trae al pueblo nuevamente, el regustillo oxidado de la nostalgia me hace rescatar del pavimento que cubre las calles del presente, aquella triste nube de polvo que un día también a mí me hizo desaparecer.


(Un 13 de Octubre, hace 5 años, comencé a escribir este blog... gracias a todas y todos por la compañía).

20 de septiembre de 2011

Apología de los balcones



La mamá dice que fue un accidente, pero yo sé que no fue así. La mamá nunca va a reconocer que su hijo, ése que se veía tan feliz, se haya suicidado lanzándose de un piso quince. Qué no, que tampoco estaba borracho, dice la mamá, que su hijo no bebía. Y de drogas ni hablar, que su hijo eso nunca, porque ella lo conocía tan bien a su hijo, que era tan buen hijo además… su hijo. Mi hermano.
Un desgraciado, un terrible accidente, dice la mamá. Pero yo sé que fue la seducción del vacío, que lo he leído en un libro que mi hermano tenía en su velador y porque he investigado mucho del tema desde su muerte. Eso, que estoy buscando la respuesta a por qué se mata la gente. Porque no solo mi hermano ha muerto así. Son muchos los jóvenes que se lanzan de los balcones, en bandadas casi, como si fuese una moda, y luego la prensa dice que son accidentes, porque madres como la mía declaran eso a los cuatro vientos… porque su hijo no, porque tenía tantísimos proyectos y una estupenda vida por delante.
Y eso, que según lo que he leído, mi hermano vio el cielo allá abajo, que temblaba como una sábana sacudida por dos pares de manos gigantes, y aunque era de noche, él lo vio azul, intensamente azul.
A veces, cuando no puedo dormir, pienso otras cosas sobre su muerte. Por ejemplo, en el tiempo que se tarda un cuerpo en caer desde un piso quince. O si pensó en algo… en alguien, o si se dio cuenta que el cielo era el suelo.
Eso pienso a veces. Sólo espero que no le haya dolido mucho… aunque yo creo que sí, porque yo sentí el sonido de su cabeza al romperse en el cemento. Pienso también que todo sería muy distinto si nosotros, los humanos, tuviésemos alas.

22 de agosto de 2011

Artilugio

Fue allí, en esa frontera incierta entre mi casa y el mundo, justo en el momento de la despedida, después del beso incluso, cuando -así como que no quiere la cosa- me lo dijo: “Dejé mi cepillo de dientes en tu baño…”

11 de agosto de 2011

Al amanecer se irán los amantes…


… atravesando una ciudad aún vacía y sin sol, encontrándose en su huida con otros amantes que, como él, han abandonado en una cama tibia un cuerpo dormido. Y se saludan, sin saludarse, los amantes, y continúan su camino, trazando el mapa clandestino de los amores inciertos por una ciudad aún vacía y sin sol.
Algunos sonríen por dentro, pues saben que pronto volverán al placer de deshacer la cama y de enredarse las sábanas entre las piernas. Otros, sin embargo, no tendrán la suerte de un regreso, aquéllos que, como él, se vistieron con sigilo, para que no se despertara quien dormía, y se pusieron los zapatos esperando el ascensor.
… como él, que pareciera que camina descalzo por el pavimento húmedo y frío, con los zapatos colgando de una mano, balanceándose sin rumbo… como la pena de los amantes que no vuelven más.




15 de junio de 2011

¡DIOS!

Al fin veía claro. Al fin había resuelto la ecuación teológica que lo atormentaba desde pequeño. Y la solución estaba en la Gramática: Dios era una interjección.


23 de mayo de 2011

La amistad en los tiempos del celular


“Estoy esperando a un amigo”, dice el desconocido de la mesa del lado, hablando por celular. Yo no espero a nadie, solo me tomo un café y leo, pero no puedo evitar escuchar la conversación, y de paso desconcentrarme en mi lectura. Pasado un rato, el amigo llega. El otro, que durante todo ese tiempo no ha parado de hablar, lo saluda con un gesto de “dame un segundo, que estoy en algo importante”. El recién llegado sonríe, se sienta y pide una cerveza, y luego otra… y otra. Eso sí, de tanto en tanto, ambos se comunican con más sonrisas, y el hablador, con el índice y el pulgar da a entender que ahora sí ya casi está… pero no está.
Cuando al fin decide colgar, pide las disculpas de rigor, y se saludan con las frases convencionales. Están en eso cuando suena un teléfono. Es el celular del -a estas alturas- llegado hace rato. Con un gesto de “ya casi estoy”, le pide un momentito. El que había terminado de hablar, aprovecha el prematuro paréntesis para pedir un café, y luego otro… y otro.
Después de no sé cuántos cafés, el teléfono se calla. Entonces ambos miran la hora, se encogen de hombros, y deciden que es hora de despedirse, no sin antes enfatizar en que se llamarán.