13 de mayo de 2013
Variantes para un regreso a casa
19 de febrero de 2013
La soledad de los objetos
13 de octubre de 2012
Todos los pasajeros deben descender
15 de julio de 2012
Por siempre jamás...
9 de junio de 2012
Manual para curar ángeles heridos
Cuando te conocí te sangraban las alas, o lo que quedaba de ellas. Viajábamos en el mismo vagón semivacío de la medianoche; tú me dabas la espalda, no a mí, claro, sería mucha pretensión de mi parte pensar eso, si tú todavía no sabías ni que existía. Dejémoslo en que era al mundo (al que le dabas la espalda, digo). Y si bien tu pelo de ángel renacentista escondía, a la altura de los omóplatos, dos manchas informes en tu camisa, (C me dice que se dice escápula, que los omóplatos ya no existen), yo supe altiro que eran los muñones de tus alas cortadas que no dejaban de sangrar.
Lo demás, como se suele decir, es historia. Lo demás, para ser más exacto, es toda la historia.
Lo demás era todo lo que importaba… quién iba a pensar que esa historia (que era toda la historia), sería, para ti, lo de menos.
15 de abril de 2012
Mete la llave en la cerradura, la gira… se tarda mil segundos en abrir. No sabe lo que va a encontrar al otro lado.
Son las tres de la tarde de un lunes. Nunca ha estado un lunes a esa hora en su casa. Su propia casa. Durante casi veinte años, nunca. Nunca un lunes laborable.
Entra. Por fin entra.
Otros mil, dos mil segundos, inmóvil en la entrada, observando los muebles, los cuadros, los adornos de la sala, como intentando reconocerlos.
Se mueve. Por fin se mueve.
Deja el maletín en la mesa; el abrigo en el respaldo de una silla. Se afloja la corbata y se deja caer en el sillón que mira a la ventana.
“Este es el color de mi casa a las tres de la tarde”, piensa mientras mira la luz que se filtra a pesar de las gruesas cortinas.
“Esta la temperatura de mi casa vacía…”
“Y el silencio, aquí adentro (lleno de ruidos de la calle), a las tres diez de la tarde.”
“Mi casa por dentro a las tres y cuarto de la tarde de un lunes de trabajo.”
Eso piensa. Eso siente.
Y duerme… se duerme. Después de tantos años, una siesta involuntaria. La siesta de los despedidos, la siesta de los echados a la calle.
Cuando se despierta, a una hora incierta, todo sigue igual. Todo, menos el color de la casa a esa hora incierta de un lunes laborable.
“Mañana sabré cómo son todas las horas del martes aquí adentro.”
Piensa.
6 de abril de 2012
“Y nos encontrarán y sabrán que alguien te amó…”
(Pedro Guerra)
Una buena mañana, se coló en la cama mientras él aun dormía, y al acomodarse al tibio zigzag del cuerpo de su amante –al cóncavo de sus piernas, al convexo de su espalda- sintió que no había un mejor lugar en el mundo para vivir. Entonces, decidió quedarse…
Muchos años después, cientos, miles quizás, alguien que escarbaba entre las ruinas de la humanidad, los encontró, intactos los huesos, intacto el abrazo, tal como aquella remota mañana cuando se coló en su cama.
24 de marzo de 2012
13 de marzo de 2012
Las dos tienen más de cuarenta (el segundo dígito es incierto); la mayor sonríe poco y ríe menos. Ahora que lo pienso, no recuerdo cuando fue la última vez que la escuché reír. La menor, por el contrario, va sonriendo por la vida, por esa vida suya que a ratos es triste.
Hasta los veintitantos siempre durmieron juntas. Al principio, por obligación, pues las camas eran pocas, y después por costumbre, por el gusto de la compañía o por el frío que la más grande decía sentir eternamente en sus pies. Pero quiso el tiempo que por esos años se emparejaran. La menor lo hizo primero y se marchó a la ciudad del hombre que ella escogió como compañero. El tiempo también les trajo un par de críos a cada cual.
Sin embargo, todas las vacaciones, la menor regresa al pueblo y, con alguno de los críos entremedio, vuelven a dormir juntas, como cuando niñas, como cuando jóvenes, relegando a los esposos a la soltería.
Tienen más de cuarenta, y si bien las camas en las que han dormido han cambiado (ahora son más grandes… más blandas), ellas siguen siendo las mismas niñas cómplices, que soñaban tiempos mejores, y que al final del verano, al momento de la despedida, todavía lloran como si no se fueran a ver más…
1 de enero de 2012
El lunes, cuando se despertó, el mundo se caía a pedazos. Aparentemente, todo estaba en calma y en su lugar. Una multitud cabizbaja comenzaba a recorrer las calles rumbo al trabajo; otra multitud apresurada, corría a comprar los regalos para la navidad que estaba a la vuelta de la esquina. Nadie parecía darse cuenta de los últimos estertores del mundo, a pesar de que todos los portales de internet lo anunciaban.
El hombre, con sus eternas guerras, se engolosinaba matando seres humanos a diestra y siniestra. Pensó que si tan solo ocupara una ínfima parte de su afán de muerte en matar el hambre, las moscas desaparecerían. Pero ya era tarde para pensar, porque ya se oía el ruido del fin del mundo, que no era otro que el insoportable zumbido de las moscas.
La naturaleza, por su parte, cansada de la estupidez de los habitantes de la tierra, les echaba una manito desplegando todo su arsenal de destrucción: terremotos, tormentas, sequías… volcanes.
Era cuestión de tiempo. No daba para más… a más tardar mañana.
Sin embargo, mañana cuando se despertó, para su mal, el mundo no se había acabado, pero estaba vacío. Entonces, descolgó el teléfono y la llamó para pedirle una segunda oportunidad.
25 de diciembre de 2011

5 de diciembre de 2011
Mientras se arreglaba su pelo largo y sombrío, pensaba en como las visitas poco a poco habían comenzado a distanciarse. Al principio de la mudanza, él venía a verla muy seguido; después sus apariciones se redujeron a tres en el año: cumpleaños, aniversario… y este día. Eso sí, jamás había dejado de venir, aunque no más fuese este único día. Habían pasado tantos años, ya ni siquiera recordaba cuántos eran, pero él seguía viniendo, cada vez más viejo, cada vez más lentos sus pasos. A lo largo de todo ese tiempo ella lo había visto hacerse viejo. -Si él está así –pensaba- hecho un mar de arrugas, cómo estaré yo… Por suerte, en el lugar al que la habían traído no había espejos. No es que estuvieran prohibidos, simplemente allí no tenían sentido, la vanidad resultaba ridícula. Sin embargo, ella, ese día, cuando él la venía a ver, se arreglaba un poquito como en el otro tiempo.
Cuando el primer sol de noviembre se deslizó suave por encima del muro, llenando el gran patio de cientos de sombras pretenciosas, ella se sentó sobre el banco de piedra de su jardín a esperarlo. Sabía que de un momento a otro él aparecería al final del sendero, con el ramo de crisantemos de siempre, de ese vivo color lila que, a la vez, alegraba sus días y humillaba su vestido de terciopelo, que alguna vez tuvo el mismo color.
Por fin lo vio aparecer. Mientras se acercaba, no dejó de mirarlo en ningún momento, como queriendo abarcar en esa mirada el año que había pasado sin verlo. Sin embargo, esta vez tuvo la certeza de que esa sería la última visita, y por un instante, sólo por un instante, sintió pena porque no lo vería morir, no podría acompañarlo como él había estado con ella cuando la muerte, tempranamente, vino a buscarla.
El sol continúa empinándose por los muros del cementerio, alumbrando las esculturas de los santos y las inútiles alas de los ángeles. Un hombre viejo deposita un ramo de crisantemos en la tumba de una mujer…
5 de noviembre de 2011
Y el aliento arrastra al deseo cansado hasta la orilla, donde muere, pero no muere... como las olas.
24 de octubre de 2011
13 de octubre de 2011
Una larga caravana de autos cargados de bultos y maletas sobre sus techos, desfilaba por la larga y única calle del pueblo, envolviéndolo todo en una gran nube de polvo. Y cuando la polvorienta nube desaparecía, como por arte de una triste magia, la larga y única calle estaba desierta.
Con la polvorienta nube también desaparecía la feria de entretenciones, y las sillas voladoras, por las que mendigábamos dinero para surcar los aires como gorriones, comenzaban a ser un alegre recuerdo. En recuerdo también se convertían los gatos porfiados y la ruleta que hacía volar un avión de mentira como si fuera verdad, el cual, si había suerte, aterrizaba en un largo chicle de fresa. Los patitos de lata, descoloridos y heridos de postones, emigraban también -huyendo de los cazadores- a otros veranos.
Y se desvanecían en el aire las canciones, que en ese tiempo ya eran antiguas… “Estelita, que linda que estás/ Estelita, podría con usted conversaaaar…” Esa música, que brotaba de los altavoces de la feria, era la banda sonora de las vacaciones, y de nuestra infancia.
Todo desaparecía. Todo, menos nosotros, que para consolarnos, nos dedicábamos a recorrer el lugar donde había estado la feria, buscando alguna moneda perdida en el fragor de la fiesta.
El verano, que prometía ser eterno, se había marchado y con él los amigos que regresaban a sus inmensas ciudades, que nosotros -los niños del pueblo, los que nos quedábamos- no conocíamos más que de oídas, y a las que nuestra desbordada imaginación, dotaba de fantásticas cualidades.
Y después, la resignación. Pronto vendría el regreso a la escuela, y el ajetreo de esa víspera ayudaba a ahuyentar la sensación de abandono que nos quedaba en el alma…
Ahora, tantísimos años después, cuando el regreso inevitable me trae al pueblo nuevamente, el regustillo oxidado de la nostalgia me hace rescatar del pavimento que cubre las calles del presente, aquella triste nube de polvo que un día también a mí me hizo desaparecer.
20 de septiembre de 2011
Un desgraciado, un terrible accidente, dice la mamá. Pero yo sé que fue la seducción del vacío, que lo he leído en un libro que mi hermano tenía en su velador y porque he investigado mucho del tema desde su muerte. Eso, que estoy buscando la respuesta a por qué se mata la gente. Porque no solo mi hermano ha muerto así. Son muchos los jóvenes que se lanzan de los balcones, en bandadas casi, como si fuese una moda, y luego la prensa dice que son accidentes, porque madres como la mía declaran eso a los cuatro vientos… porque su hijo no, porque tenía tantísimos proyectos y una estupenda vida por delante.
Y eso, que según lo que he leído, mi hermano vio el cielo allá abajo, que temblaba como una sábana sacudida por dos pares de manos gigantes, y aunque era de noche, él lo vio azul, intensamente azul.
A veces, cuando no puedo dormir, pienso otras cosas sobre su muerte. Por ejemplo, en el tiempo que se tarda un cuerpo en caer desde un piso quince. O si pensó en algo… en alguien, o si se dio cuenta que el cielo era el suelo.
Eso pienso a veces. Sólo espero que no le haya dolido mucho… aunque yo creo que sí, porque yo sentí el sonido de su cabeza al romperse en el cemento. Pienso también que todo sería muy distinto si nosotros, los humanos, tuviésemos alas.
22 de agosto de 2011
11 de agosto de 2011
… atravesando una ciudad aún vacía y sin sol, encontrándose en su huida con otros amantes que, como él, han abandonado en una cama tibia un cuerpo dormido. Y se saludan, sin saludarse, los amantes, y continúan su camino, trazando el mapa clandestino de los amores inciertos por una ciudad aún vacía y sin sol.
Algunos sonríen por dentro, pues saben que pronto volverán al placer de deshacer la cama y de enredarse las sábanas entre las piernas. Otros, sin embargo, no tendrán la suerte de un regreso, aquéllos que, como él, se vistieron con sigilo, para que no se despertara quien dormía, y se pusieron los zapatos esperando el ascensor.
15 de junio de 2011
Al fin veía claro. Al fin había resuelto la ecuación teológica que lo atormentaba desde pequeño. Y la solución estaba en la Gramática: Dios era una interjección.
23 de mayo de 2011
Cuando al fin decide colgar, pide las disculpas de rigor, y se saludan con las frases convencionales. Están en eso cuando suena un teléfono. Es el celular del -a estas alturas- llegado hace rato. Con un gesto de “ya casi estoy”, le pide un momentito. El que había terminado de hablar, aprovecha el prematuro paréntesis para pedir un café, y luego otro… y otro.
Después de no sé cuántos cafés, el teléfono se calla. Entonces ambos miran la hora, se encogen de hombros, y deciden que es hora de despedirse, no sin antes enfatizar en que se llamarán.