23 de mayo de 2011

La amistad en los tiempos del celular


“Estoy esperando a un amigo”, dice el desconocido de la mesa del lado, hablando por celular. Yo no espero a nadie, solo me tomo un café y leo, pero no puedo evitar escuchar la conversación, y de paso desconcentrarme en mi lectura. Pasado un rato, el amigo llega. El otro, que durante todo ese tiempo no ha parado de hablar, lo saluda con un gesto de “dame un segundo, que estoy en algo importante”. El recién llegado sonríe, se sienta y pide una cerveza, y luego otra… y otra. Eso sí, de tanto en tanto, ambos se comunican con más sonrisas, y el hablador, con el índice y el pulgar da a entender que ahora sí ya casi está… pero no está.
Cuando al fin decide colgar, pide las disculpas de rigor, y se saludan con las frases convencionales. Están en eso cuando suena un teléfono. Es el celular del -a estas alturas- llegado hace rato. Con un gesto de “ya casi estoy”, le pide un momentito. El que había terminado de hablar, aprovecha el prematuro paréntesis para pedir un café, y luego otro… y otro.
Después de no sé cuántos cafés, el teléfono se calla. Entonces ambos miran la hora, se encogen de hombros, y deciden que es hora de despedirse, no sin antes enfatizar en que se llamarán.

7 de mayo de 2011

Demencia senil

Entonces Dios, viejo y cansado, se sentó en su creación.

29 de abril de 2011

El último tren


…y este otoño tan lleno de lugares comunes, pensó, al ver caer las hojas como en una escena cursilona de película romántica. Hizo todo el camino, que iba del bar al metro, recriminándose. Que era un imbécil, que nunca aprendería, que bien merecido se lo tenía. Con esto último, se refería a esa desagradable sensación de vacío que ocupaba todos sus órganos. Caminaba con las manos en los bolsillos. Tenía frío. Empuñadas. Y rabia… con él mismo, que es la peor de las rabias. ¿Sabes cuántas personas solas hay en el mundo? Y, aunque la pregunta era retórica, de todos modos se respondió. Miles. Y no tiene nada de malo. Y si lo tiene qué, a todo se acostumbra el hombre. Llevaba solo mucho tiempo y pensaba que se había acostumbrado. Pero no, al más mínimo descuido, ya estaba soñando en plural.
Apuró el pasó para alcanzar el último tren y al llegar a la estación, el calorcito que de pronto lo envolvió, le hizo olvidarse por un momento de sí mismo. Se subió al tren y al cerrarse las puertas vio su imagen en la ventanilla. A mis años, pensó resignado, cualquier ilusión puede ser mortal.

23 de marzo de 2011

CACHORRO


Me apuntó con la pistola y me dijo que le diera todo el dinero. El muchacho temblaba entero, seguramente por la mucha droga que se había metido o por la falta de ella. Pidiéndole que se calmara, saqué los billetes que tenía en un bolsillo y se los alargué, pero me gritó que él sabía que yo tenía más y, a punta de pistola, me obligó a subir al dormitorio. Le dije que no era necesario que me apuntara, que le daría todo lo que tenía y de uno de los cajones del ropero saqué el dinero que mi esposa siempre dejaba allí, por eso de que nunca se sabe, como solía decir ella. Se guardó los billetes y bajó la escalera de tres zancadas. Sin embargo, al instante volvió a aparecer en la puerta de la habitación. Me miró algunos segundos. Ya no me apuntaba. Inclinó la cabeza hacia un costado como un cachorro indefenso y me dijo: “Perdona, papá…” y salió corriendo.


15 de febrero de 2011

Cuento de verano

Miró por la ventana del comedor que daba al patio trasero. Una pátina de polvo y hojas secas cubría las baldosas. Ya se lavarán cuando llueva, pensó. Era pleno verano y la ciudad sudaba indiferente sus penas bajo un sol de justicia. Febrero transcurría como una siesta interminable, borracho de vacío y abandono. De pronto, un relámpago iluminó la tarde, que, sin él darse cuenta, se había vuelto negra. Luego un trueno estremeció las ventanas y espantó a los perros de la calle, que huyeron a refugiarse a ninguna parte, porque en esta ciudad no hay refugios para ellos. Y de pronto, la lluvia. A goterones, gordos y ralos al comienzo, para convertirse en un aguacero con todas las de la ley unos segundos después. Las lluvias de verano hacen que todo parezca irreal, pensó, mientras miraba como el polvo de las baldosas se escapaba en pequeños ríos turbios por el desagüe. Sonrió. Sin embargo, las hojas secas -que los pequeños ríos turbios arrastraban- comenzaron a tapar la alcantarilla hasta convertir el patio en un pequeño lago oscuro. La lluvia es verdad, pensó, pero la vida es mentira.
.
.
.

16 de diciembre de 2010

Eros y... Psique
(Una versión lejana y particular)

De fondo suena, una y otra vez, “Ne me quitte pas” en la versión de Jaques Brel. Había apretado el botón de repetir, para que la canción no dejara de sonar durante toda esa breve eternidad. Porque sí, porque así lo había imaginado, y también para no olvidar que el amor es triste aun en el momento de mayor felicidad. Hay también en la escena copas rotas y vino derramado, porque el primer arrebato de deseo comienza en la cena, por culpa, quizás, de las ciruelas al oporto y la crema, que maliciosa se queda en la frontera de la boca de ella, y la lengua envalentonada de él, un poco borracha, un poco dulce, que se aventura por esas comisuras sin dios. Y las manos - que al primer contacto de la lengua de él en la boca de ella, pierden el control y lo tiran todo- pasan de la risa al cuerpo, sintiendo, por primera vez la piel del otro, imaginada por tantos, por tantísimos años. Entonces se besan… a la desesperada, casi con rabia, casi con dolor, un dolor dulce, suave, feliz. Y las manos que vagan sin rumbo no se miden en las caricias, y los dedos parecen dientes queriendo arrancar la carne del otro. Por fin pelean la batalla que ya habían perdido. Luego viene una especie de tregua. Sin saber cómo, llegan, a una esquina del comedor, y arrinconados, sin separar sus labios, comparten un mismo aliento, tibio, salado y alcohólico. Como si en la caverna de sus bocas se muriera un dragón, la respiración y los latidos recobran la calma. Fue en ese instante cuando él apretó el botón…ne me quitte pas ne me quitte pas ne me quitte pas… Los besos se hacen lentos y las caricias expertas, para dar paso a la escena en que los amantes se desprenden de sus ropas, regando con ellas el camino al dormitorio, sin siquiera darse tiempo para contemplar esa primera desnudez compartida. La camisa de él, la blusa de ella; las medias, los calcetines y el desequilibrio de la maniobra que los hace rebotar en la cama. Entonces sí se ven, con más de veinte años de retraso, de espera, y él piensa que para los pechos de ella, de verdad, veinte años no son nada, y no le importa si en su propio cuerpo veinte años son algo. Y terminan de desvestirse, como dos críos adolescentes, juguetones y torpes, enredándose en el pantalón y en la falda. Y ya completamente desnudos, las lenguas teminan el trabajo que habían comenzado los dedos. Mientras Jaques Brel sigue cantando ne me quitte pas ne me quitte pas… él se hunde, lento y conmovido, entre sus piernas. Y cuando la canción vuelve a girar sobre sí misma, ella es la que está sobre él en el delicioso y soberano arte de encajar. Y otra vez él… y otra vez Jaques Brel ne me quitte pa y ella otra vez ne me quitte y él agitándose como si tuviese alas ne me quit tensándose ambos cóncavos ne me y convexos y Brel desgañitándose en el aleteo final para no envidiar los jadeos ne me quitte pas ne me quitte pas… y el amante, ahoga un grito y el ne me quitte pas se oye ahora apenas, quedito, triste, porque el amor, aun en su momento más esplendoroso, es triste…más para él, que a pesar de que con los años ha ido perfeccionando sus fantasías, le sigue pareciendo triste eyacular, siempre, en su propio ombligo…
.

29 de noviembre de 2010

La pedagogía de los sueños

Ahora que ya no sé soñar y que no vivo esperando buenas noticias. Ahora que tampoco espero a nadie en la estación del metro, y que me emborracho solo en bares perdidos sin compadecerme, o que sin compadecerme me emborracho perdido en bares solos. Ahora que me levanto temprano de lunes a viernes, aunque no tenga ganas, y que el viernes no importa porque es igual al lunes. Ahora que los días pasan sin sobresalto, miento. Miento como canalla, porque ahora que ya no sé soñar ni dormido, de lunes a viernes, en una escuela olvidada, enseño a soñar…


19 de noviembre de 2010

Puestos a elegir…

Cuando su padre le dijo que ya estaba en edad de ganarse la vida por sí mismo, él decidió perderla.





24 de octubre de 2010

Atún y pan
Para Laluz, por el café que dejé que se enfriara...

Pasaba cada dos días, más o menos a la misma hora, de vuelta del trabajo. Se hizo conocido entre las cajeras no por ser un cliente frecuente, que de ésos en los supermercados de barrio hay miles, sino porque siempre compraba lo mismo: una lata de atún, desmenuzado y en agua, y cuatro panes. Las cajeras jugaban a inventarle una vida a partir de esos dos artículos. Lo primero era su estado civil; una decía que era soltero; otra, que separado; alguna, adicta a las teleseries mexicanas, afirmaba que era un viudo, que nunca se había resignado a la pérdida de su esposa. Y claro, de cocinar nada, por eso el atún. De aquí a poco olerá a pescado, bromeaban. Y claro, por eso es tan flaco, si come tan poquito. Y claro, está solo… y sonreían cómplices. De su voz solo sabían como pronunciaba dos palabras: hola y gracias. Nunca ninguna se atrevió a intentar sacarle otra. Es que con ese aire serio y lejano parecía de otro mundo. Sin embargo, A María, la más reservada de las cajeras, le gustaba su voz, y no se lo contaba a nadie. Ella imaginaba como serían otras frases en su boca, incluso como sonaría su nombre en su boca… María. Y mientras las otras cajeras seguían con las invenciones biográficas del hombre del atún y el pan, ella imaginaba cómo sonaría su nombre en su boca. ¿Y él? ¿Cómo se llamaría él? Tiene cara de Juan Pablo, decía una; otra, que de Ramiro; alguna, adicta a los nombres rebuscados (tal vez la misma aficionada a las teleseries mexicanas), afirmaba que se llamaba Estanislao José. Pero María no participaba en la trivia bautismal, pues pensaba en él sin nombre. Simplemente pensaba en él, en su presencia, e iba más allá y en su ausencia imaginaba los detalles del espacio que habitaba a diario, el color de las cortinas, la forma de la mesa, y en noches de insomnio, imaginó, con pudor, la textura de sus sábanas, la proximidad de su piel. Pensaba también en sus ritos de hombre solo. Más de una vez se sorprendió imaginándose al otro lado de su mesa, compartiendo el café de la mañana, el olor a tostadas quemadas (que a los hombres siempre se les queman) y el sabor de la mermelada. Así, María, como era dada a coleccionar amores imposibles, comenzó a imaginar más de lo que la razón le indicaba. Tantas veces el amor no es otra cosa que malas indicaciones del corazón, Cupido disparando flechas a tontas y a locas, vaya. Y aunque ella estaba entre las tontas entre comillas, se ha de alegar en su defensa que las escasas historias de amor de María, las reales, jamás habían alcanzado esa categoría, es decir, de “historia de amor”. Por este motivo, y a pesar de que ya no era una jovencita, prefería imaginar relaciones, incluso tormentosas, pero, eso sí, con finales felices. Y en este contexto, claro está, el cliente del atún y el pan, era el amante ideal: guapo (medianamente, siendo objetivos), caballero (aunque solo decía hola y gracias, podría no haber dicho nada, lo defendía ella ante sí misma) y misterioso (aunque qué cliente no lo es…). La cuestión es que María comenzó a vivir su romance intensamente y soportaba sus duras horas de cajera, pensando en que cada dos días lo vería por breves minutos. Y mientras las demás cajeras seguían con sus conjeturas, cada vez más delirantes, ella, cada vez más a menudo, se colaba en sus noches y en su cuerpo, siguiendo la ruta de su perfume desde las orejas al cuello y de ahí al pecho, al ombligo, derribando poco a poco las trincheras de la vergüenza. Sin embargo, cuando él venía por su lata de atún y por su pan, ella aparentaba la misma amabilidad o indiferencia (depende del punto de vista) que ante cualquier otro cliente. A veces, cuando la imposibilidad la desesperaba un poco, imaginaba acciones osadas para producir un contacto: “Y si le deslizo, como por error, un chocolate”, “Y si deslizo, como por casualidad, mis dedos por los suyos cuando le entregue el cambio, “Y si…” Pero no, eso no estaba en las reglas del juego de los amores imposibles. Por eso regresaba sin mucho drama a sus ensoñaciones, donde sí se permitía un poco de melodrama, con peleas y reconciliaciones. Y a veces, también escapándose sin querer de las reglas, pensaba en qué pasaría si un mal día, su amante sin nombre no regresaba más a comprar. Eso ocurría cuando su historia se le escapaba de las manos y de sus fantasías. Es que a veces la realidad pesa como la verdad que es nomás. De tanto en tanto, se involucraba en los juegos inventivos con sus compañeras, no fuera cosa que sospecharan algo y lo arruinaran todo.

Pero todas las historias tienen un final, incluso las imposibles. Ocurrió uno de aquellos días en que ella, María, decidió jugar con las demás. La tarde-noche anterior, había sido él quien rompió las reglas y al atún y el pan acostumbrados, añadió dos artículos nuevos: vino y quesos. El vino y el queso, en este caso, eran inesperados productos que agregaban el elemento tormentoso posible a una historia imposible. Este hecho lo cambiaba todo y el revuelo que ocasionó en las “guionistas de supermercado” fue mayúsculo., pues venía a proporcionar material inédito a una teleserie que ya comenzaba a perder interés. “Así que vino y quesitos…” Entonces, las teorías acerca de quién y cómo sería la misteriosa invitada, echaron a volar con renovado entusiasmo la creatividad de las cajeras: “Debe ser una compañera de trabajo”, decía una; “qué no, que es una vecina y seguro la conocemos porque compra aquí”, aseguraba otra; “ay, debe ser una jovencita que conoció por casualidad al cruzarse las líneas telefónicas”, suspiraba la de las teleseries mexicanas; “la cosa es que nos quedamos viudas antes del casamiento…” remataba la de más edad, decepcionada como si de verdad hubiese tenido alguna posibilidad. Y luego venían las apuestas por el nombre de la afortunada: Angélica, Carolina, Rosa Amelia… “O Simplemente María, como tú”, dijo la misma de las teleseries mexicanas, sorprendiendo a la homónima, quien hasta ese momento escuchaba en silencio la conversación de sus colegas. “Sí, se llama María”, dijo María, con una sonrisa que todas interpretaron como de tristeza. Entonces otra, para dar un final más gracioso al capítulo de ese día, agregó: “Y a la elegida no le gusta el atún…”
-No- dijo María, en voz tan baja que ninguna pudo escucharla- el atún es para su perro Blas…y volvió a sonreír sin una pizca de tristeza.
.
.
(Un cuento distinto, menos triste, para recordar que llevo 4 años escribiendo en estos recovecos).
.
.
.

11 de septiembre de 2010

Deudas imperdonables

... y al amor le quedé debiendo una historia. La mía.

31 de agosto de 2010

Debut

Nervioso, desenfundó el violín y para tranquilizarse ensayó algunas notas. Era su primer concierto como solista y, a decir verdad, ni el escenario ni la acústica ni el público eran lo que él había soñado para su debut. Pero no iba a echar pie atrás. No, no le daría la razón a su padre en eso de que los músicos eran unos muertos de hambre. Y así, desenfundando también su orgullo, cerró los ojos, respiró hondo y atacó. Comenzó con Karelia, porque Sibelius le hacía olvidarse del mundo. Luego, con Rachmanivov y su Vocalise, se fue perdiendo en su propia música, y se vio tocando, como si fuera otro, en desiertos y valles desconocidos, en montañas ignoradas, solo… completamente solo. De pronto, un sonido ajeno le hizo regresar, de sabe Dios qué territorios, a la tierra. Era el sonido de las primeras monedas que comenzaban a caer en el estuche del violín, que él había dejado como abandonado en el pasillo del metro.

Entonces, las emprendió con Por una cabeza para el deleite del público pasajero.



17 de agosto de 2010

Cuenta regresiva ...

... pocas veces sé el día en que vivo. El tiempo y yo vagamos por caminos distintos. Pasa que el tiempo me dijo que yo lo había perdido, y debe tener razón. A ratos nos encontramos, algún martes o miércoles laborable... porque sí.

... tampoco sé mucho del cuerpo que habito. A veces siento que quiere decirme alguna cosa, que se le escapa la sangre, la carne... los huesos. Yo solo lo miro con extrañeza, como si no fuera el mío.

... el tiempo y mi cuerpo deben andar por ahí, sonriéndose de mí, que me he quedado con el alma entumida en un eterno domingo de invierno.

.
.

18 de julio de 2010

“CON LO QUE YO TE QUIERO, HIJOPUTA”

… Escogiste un buen sitio para quedarte. Es lindo en verdad, tal como me habías contado. Sin embargo, este frío era difícil de imaginar, sólo ahora que lo siento puedo entender de lo que hablabas. Tú decías que era lo único malo de este lugar, pero que terminarías acostumbrándote, total, los muertos son más fríos que el frío. Eso decías…

¿Sabes? Nunca pensé que debería traerte tan pronto. Pero promesa obliga. Estábamos borrachos aquella vez, borrachos como cada vez que alguien te abandonaba, como cada vez que alguien me abandonaba. Ay, amigo, el desamor casi nos volvió alcohólicos. En eso también éramos tal para cual: unos perfectos perdedores. Siempre decías que debíamos haber nacido maricones, que habríamos sido la pareja imperfecta: “Con lo que yo te quiero, hijoputa”, me decías muerto de risa, después de haber llorado todo tu tinto llanto de borracho clásico.

Fue solo después de la resaca de tu muerte cuando recordé aquella promesa, aquélla que la vanidad de creernos inmortales nos había hecho olvidar. Y es por eso que estoy aquí, contemplando el paisaje que tantas veces me contaste, y que ahora vuelvo a escuchar como si fuesen las indicaciones para encontrar el sitio exacto en un mapa.

A la entrada del pueblo, a mano derecha (si vienes del Este), encontrarás un puente de madera. Sí, ése que alguna vez fue colgante. Debes cruzarlo y seguir el camino de tierra hasta encontrar el sendero que te lleve al bosque. Camina por ese sendero. Si es primavera, verás flores amarillas y moradas por todos lados. Pronto llegarás a una bifurcación: un camino te lleva hacia la profundidad del bosque; el otro, al mar… Allí, al final del sendero, ¿lo ves?

Sí, lo veo… como si me hubieras prestado tus ojos. Sólo las flores no están porque es invierno.

“Justo en ese punto quiero que eches a volar mis putas cenizas”, me dijiste. Te respondí con una risotada, también de borracho, que no hablaras güevás. Pero entonces te pusiste bien serio -y yo me reí con más ganas porque los borrachos que tratan de ponerse serios se ven muy cómicos- y me hiciste prometerlo… vale, vale, prometido.

Y aquí estoy, sacudiéndome de las manos el triste polvo en el que te has convertido, con fuerza, con rabia, para ver si ahora que estás muerto me sacudo también este amor de mierda. Porque en eso no te fijaste, hijoputa, que cuando decías el chistecito aquel de los maricones yo me mordía la risa…




23 de mayo de 2010

A decir de él

“Que un viejo amor, no se olvida ni se deja.”

El sol mezquinaba sus rayos y los dejaba caer sobre el patio del asilo como aletazos de pájaro herido. Sentados a lo largo del corredor, los abuelos desentumecían sus cuerpos, y trataban de aferrarse a la cola de un recuerdo que los abandonaba. La voz de Gardel, que salía de una radio vieja y desafinada, les entibiaba los huesos del alma. Algunos, que todavía tenían la noción de domingo, esperaban por si alguien venía a visitarlos; los otros, simplemente vagaban por las desmemoriadas horas de sus últimos días.

Zenón era de aquéllos que no esperaba a nadie, pero no porque su cabeza se hubiese olvidado de todo, sino porque no tenía a nadie a quien esperar. A decir de él, su piel se había jubilado de caricias y su boca de besos antes de los cuarenta. Por ese entonces, había asumido que lo único cierto en su vida era que moriría solo.

A decir de él: “Al otro lado del amor, no hay nadie esperándote…”
.
.
.

13 de abril de 2010

Rosita

Ese día regresaba a casa más tarde de lo que era mi costumbre. Asuntos de fuerza mayor me retuvieron en la oficina hasta entrada la noche. Conducía, a pesar del cansancio, concentrado para que una fina, pero persistente llovizna no me jugara una mala pasada. Por eso fue que me sobresalté cuando en un semáforo en rojo sentí unos golpecitos en la ventanilla de mi auto. En medio de la bruma invernal pude distinguir a una niña que me ofrecía una rosa. La imagen era, por decir lo menos, desconcertante…

Bajé el vidrio sin pensar -en realidad, todo lo que hice de ahí en adelante fue sin pensar- y, como una aparición, la pequeña, con el rostro salpicado de lluvia, me sonrío estirando la mano con la rosa.

-¿Tienes hambre?- le pregunté.

Ella sacudió la cabeza de arriba abajo, sin dejar de ofrecerme la rosa. Yo me incliné para abrirle la puerta.

-Sube- le dije, y ella obedeció como si fuera una orden.

Cerca de allí había una gasolinera de ésas que tienen un lugar para comer algo al paso. Los pocos clientes que habían, al vernos entrar nos miraron con curiosidad (ahora puedo afirmar que no era curiosidad, sino reprobación).

-¿Qué quieres comer?- le dije, ayudándola a instalarse en una de esas mesas pequeñas y redondas, que eran muy altas para su poca estatura.

-Un completo- dijo sin dudar.

-¿Con leche, té, café…?- le dije, como tomándole el pedido.

-Una Coca cola- respondió sonriendo y balanceando los pies que le colgaban lejos del suelo.

-Espérame aquí- agregué guiñándole un ojo.

Cuando volví a la mesa con su pedido y un café para mí, sus ojos se iluminaron. Comenzó a comer con entusiasmo. Yo intenté vaciar su bebida en un vaso, pero dijo que no y tomó directamente de la lata.

-¿Cuántos años tienes?

-Diez- dijo sin dejar de comer.

-¿Y tu mamá…?- pregunté, intentando establecer un diálogo.

-No sé- dijo. –No tengo mamá…

-¿Y con quién vives?- insistí.

-Por ahí, con unos amigos…

Cuando terminó de comer me miró y sonrió. Yo sonreí también porque sobre su labio superior se habían dibujado unos divertidos bigotes de ketchup y mayonesa. Cogí una servilleta y le limpié la boca. Entonces fue cuando ella dijo lo que yo nunca esperé escuchar… lo que nunca hubiese querido oír.

-Ya… ahora qué quieres que te haga.

Y me lo dijo desde esa sonrisa, que, a pesar de todo, seguía siendo inocente…

21 de diciembre de 2009


El mar del pueblo, ese mar, ningún otro...

A menudo, el mar viene a visitarme en sueños. Es el mar del pueblo, siempre es ese mar, ningún otro. Y nunca viene en son de paz. Irrumpe violento, arrasándolo todo, cambiando la geografía de la playa, desparramando las calles, destrozando los mapas.

Cuando era pequeño, allá por los cuatro o cinco años, el mar se salió de sus cabales. Eso no lo soñé. Recuerdo que, de la mano de mi madre, subimos al cerro que estaba (y debe seguir estando) detrás de la casa. Huíamos del mar.

Con el tiempo, me marché del pueblo, huyendo del Pacífico turbulento.

Con el tiempo, el agua salada llegó también a la ciudad. Entró por mi calle. Golpeó la puerta de mi casa… Y aquí en la ciudad no hay cerros posibles.

El mar siempre me persigue en sueños. El mar del pueblo, ese mar, ningún otro.

9 de noviembre de 2009

La tercera vía

Dudas entre escribir o masturbarte. Piensas en lo que duele menos… Entonces, te muerdes las manos y tratas de dormir.

13 de octubre de 2009

Tristán


Desde que vivimos solos él, mi hermanita y yo, todas las mañanas son iguales. Cuando se despierta, antes de meterse a la ducha, deja que nos colemos un ratito en su cama. Entonces, yo me acomodo en la ce redonda que su cuerpo dibuja alrededor mío y pienso que no hay un mejor lugar en el mundo. Después, cuando se levanta, nos revuelve el pelo diciendo algo cariñoso, y nos sirve el desayuno. Antes de salir de casa, nos advierte cariñosamente: “Pórtense bien… volveré pronto.” Y cuando ya casi ha cerrando la puerta, agrega: “Los quiero mucho”...

(Hoy se cumplen 3 años desde que comencé a escribir en este espacio. No era este el texto que iba a publicar, pero por una triste circunstancia, mi perro-amigo-compañero Tristán está extrañamente enfermo… y mi mundo, desestabilizado).




21 de septiembre de 2009

El último café

Era un tipo extraño, con frecuentes ataques de luna. A veces, hablaba de una cierta o incierta república independiente de sí mismo. Tardé en comprender que ese país no era otra cosa que una soledad que defendía, sutilmente, con distancia y silencio, y también con sonrisas detodoestábien, nonecesitoanadie…

Sin embargo, yo sabía que ese silencio que guardaba hacía mucho ruido por dentro.

- Estoy viejo- me dijo, mientras con el índice recorría el surco que va desde la aleta de la nariz hasta la orilla de la boca. –Se ha convertido en un abismo- agregó.

- Ocurre que estás cansado, no viejo…

- ¿Acaso no es este cansancio la vejez?...

Sus ojos, al otro lado de la taza, parecían dos soles -o dos lunas más bien- que se ponían en el redondo horizonte del café. Afuera hacía frío y caía una leve llovizna.

- No se va el invierno de un día para otro…- dijo.

Entonces pensé que si era el cansancio la vejez, él era un viejo.
.
.
.

19 de agosto de 2009

El Himno del Desencanto

Pasaremos por este mundo con más pena que gloria. No habremos peleado ninguna batalla más que la propia, cotidiana y absurda… como si no hubiese habido nada por qué pelear. Como si lo tuviésemos todo ganado. Porque parece que somos libres… porque parece que somos felices.
.
.
.