26 de julio de 2009

Cosas Rotas

La semana que recién terminaba había dejado unas cuantas cosas rotas. El lunes, un vaso inauguró la temporada de quebrazones, con un estruendo bastante más pequeño que el provocado por la caída del televisor. Este acontecimiento, el del televisor, había ocurrido el sábado, como para culminar apoteósicamente una semana de cosas rotas. Lo había movido para limpiar el polvo del mueble que lo sostuvo durante unos cuantos años. No pensó en las leyes físicas del contrapeso ni en la falta de equilibrio de estos aparatos, cuando lo dejó en la cama, y salió tan tranquilo a sacudir el trapito de la limpieza. En eso estaba cuando sintió el estruendo, porque vaya que hace ruido un televisor al estrellarse contra el suelo. Ya no había nada que hacer. Contempló largo rato los pedazos esparcidos por el piso como si no fuera cierto lo ocurrido. No, no podía ser cierto si tan solo hace dos días se había roto el DVD en otra torpe maniobra de sus manos.

Algo no andaba bien, definitivamente, algo no andaba nada bien.

Al anochecer del domingo, contempló largo rato los restos de papel higiénico con lágrimas y mocos esparcidos por el piso… no fue el televisor lo último que se rompió esa semana.
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5 de julio de 2009

"Ganaremos todas las batallas"


Tu nombre fue el presagio de que vendrías, porque antes de tener existencia ya te llamabas Padú. Vagaban los primeros días de abril, como suele vagar el otoño cuando es joven, y vagabas tú, sin rumbo cierto, por la orilla de la vida, una avenida larga y transitada, que amenazaba con convertirse en un abismo. Tu extraña figura, que no era más grande que un zapato, caminaba hacia mí con pasos torpes. Fue entonces cuando, desde la infinita profundidad del suelo, me miraste y yo perdí, ante esos ojillos desamparados, una nueva batalla por hacer de mi corazón el reducto más inexpugnable.

En tu cuerpo traías los males del abandono, los ojos tristes y en alguna parte de tu alma, un entusiasta deseo de vivir. Ya habías ganado la primera batalla. Sin embargo, la vida a veces es una malaputa y no nos lo pondría fácil. Tampoco sabía la vida que se enfrentaba a un valiente como pocos, que sin capas ni espadas le hacía frente a las peores heridas. En ocasiones, cuando salías muy maltrecho de algún combate, pensaba que no resistirías y no podía evitar llorar, entonces tú, con esa costumbre tan perruna, movías alegremente tu cola y me pasabas la lengua por mi oreja como diciendo: “No llores, que ganaremos todas las batallas”. Y sí, vencías en una y otra y otra… pero la vida (esa putavida de a veces), no se convencía de que tú eras un ser para este mundo. Y tú, aun en medio de los arrasados campos de batalla, te las arreglabas para ser feliz. Ahora que lo pienso, eso debió ser lo que molestó a la vida y las tomó contigo y se alió con la muerte (que para putas, ella).

No contaré tu final. No ahora que envuelvo mi pena con tus mejores recuerdos. No le daremos ese gusto a las putas esas que creen haber ganado la última batalla. Porque la última y todas las batallas las ganaste tú, porque estás vivo, Padú, que era lo que tú querías. Estás vivo en las aurículas y los ventrículos de Marta, y en el corazón de todos aquéllos que lucharon contigo en más de alguna batalla. Estás vivo, Padú… vivito y coleando, que no son otra cosa que los golpecitos de tu cola feliz mis sístoles y mis diástoles.



2 de junio de 2009

Saber llorar

-Quiero que sepa llorar…

Se quedó callado, dejando la frase con puntos suspensivos. Yo esperé a que continuara.

- … quiero que pueda llorar cuando le duela el mundo. No que llore simplemente porque se cayó y se rompió una rodilla, o porque no tiene el juguete que quiere. Quiero que sepa y pueda llorar por el dolor de los otros, por la pena ajena. Llorar por y con los otros es el primer paso para hacer algo por ellos… Porque uno también forma parte de los otros.

-No son palabras muy optimistas para darle la bienvenida a tu hijo- le digo, y él parece no escucharme.

-¿Sabes qué me preocupa?

Lo miro y le respondo con un gesto.

-Siento que el ser humano está perdiendo la capacidad de conmoverse, y eso me asusta. El llanto está en vías de extinción.

-Pero que el llanto desaparezca puede significar también el fin del dolor- le digo, tratando de quitarle el tinte pesimista a su discurso.

-O que el dolor no nos importa- remata él.

Pausa larga. Afuera, tras los ventanales de la sala de espera, amanece.

-¿Y no quieres que sepa reír?-. Ahora soy yo quien interroga.

-Sí, pero para reír de verdad, primero hay que saber llorar.

-Estás imposible- le digo, riendo y palmoteándole la espalda.

Ambos reímos y nos abrazamos. Estábamos en eso cuando una enfermera lo vino a buscar.

-Bah, ve a recibir a Juanito- le digo, empujándolo suavemente, porque se ha quedado como paralizado.

Antes de que se pierda por el pasillo le digo alzando la voz para que me oiga:

-¿Por qué Juan?

Se gira, se encoge de hombros y me dice:

-Es el nombre más sencillo que encontramos.

Ya había comenzado a llorar…
(Para Elna, Marçal, Anna i Jordi).



27 de mayo de 2009

Credo

A veces me gustaría creer en Dios para poder decir Dios mío, por qué me has abandonado...



18 de mayo de 2009

Don Mario

A don Mario lo conocí por la Isabel, por esa canción en que éramos mucho más más que dos. La escuchábamos en un caset pirata, de esos que hacíamos girar con un lápiz para rebobinarlos. Y la oíamos en secreto, porque don Mario era de los prohibidos, al igual que la Isabel. Porque don Mario, aunque le cantara al amor, siempre hablaba de justicia, y eso a los dictadores no les gustaba nada.

Tiempo después, cuando estudiaba literatura en la universidad, don Mario y yo nos hicimos amigos. La soledad es nuestra propiedad más privada, me dijo un día en los patios de la facultad. Era -como siempre en mi vida cuando no es invierno- otoño, y estaba solo. Él me entendía y en estás soledades de Babel, de alguna manera, me hacía compañía. Junto a él hice el inventario de mis sentires, y los días comenzaron a desfilar en verso… libre. Aprendí también, por ese entonces, a recitarlo hasta con los dedos de los pies (yo me entiendo).

La Yani me contó, una vez en el patio de la virgen, que lo amaba desde la vez en que lo oyó recitar en la Estación Mapocho. “Es un viejo adorable”, me dijo, y a renglón seguido, agregó: “Lo amo, güeón.” Yo sonreí por tan singular declaración de amor, y pienso que no era la única que lo amaba. Ahora que se ha muerto, pienso eso, ahora que comienzo a notar cuánto quería, a quien fue mi amigo en los años más tristes.

El profesor de Literatura Hispanoamericana, ese viejo medio loco y medio sátiro, me enseñó sus cuentos. Entonces me hice amigo de Eduardo, que con trece años me habló de amor y perdón, de coraje, de tostadas y réquiems. Eduardo me hizo llorar, porque su madre no lloraba nunca. Y los feos de aquella amargadulcenoche me han acompañado todos estos años, en cada curso, para explicar que no es el rostro el feo, sino el alma cuando no se cuida.

Y cómo olvidar La vecina orilla. Ocurrió hace algunos años, cuando me despidieron de un colegio. El día que debía marcharme, junto a otros profesores despedidos, todos mis alumnos llegaron con una rosa roja y la dejaron en la puerta de la capilla (porque era un colegio católico). De algo me sonaba ese gesto, esa protesta. La sonrisa cómplice de Wladimir me lo recordó: “Los cuentos enseñan, profesor.” Y no precisamente literatura… Don Mario y yo seguíamos juntos.

Don Mario se fue en mayo, en el apogeo del otoño en el hemisferio sur (que sigue existiendo). Don Mario se fue y se quedó en su Montevideo, ciudad que extraño sin haber estado nunca, porque no he podido concretar el viaje planificado desde que nos conocimos. Ojalá que adonde don Mario llegue, se respire bien.

Don Mario se fue ayer, en su Montevideo, dejándome con la esquina de mi otoño rota…






4 de mayo de 2009

…y otra vez otoño

- ¿Qué pasaría si me enamoro de ti?
- Eso no va a ocurrir.
- Pero si ocurre…
- ... A tu edad el amor pasa rápido.

Silencio… o pausa.

- ¿Y si tú te enamoras de mí?
- Para un corazón viejo como el mío…sería un regalo.

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7 de abril de 2009

Primer Acto

Y ahí está… una vez más, detrás de la cortina, esperando que comience la función. Del otro lado, el público, que como siempre espera su mejor actuación. Si supieran que no me gusta mi papel… Para no pensar, se concentra en una gota que le recorre la espalda. Sabe que los largos segundos que faltan para que el telón se descorra, inevitablemente, llegarán a su fin, dejando su cuerpo desnudo a la vista del mundo. Porque sí, en esa primera escena él está desnudo. Respira profundo, resignado. La cortina se desliza como sin ganas. Entonces, en un gesto desprovisto de toda teatralidad, alza un brazo y coge la toalla del perchero, sale de la bañera y se seca frente al espejo. Piensa. A veces, el show no debería continuar.
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(Para f., a falta de una mejor actuación).
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1 de abril de 2009

Sin título

Escogí la vía lenta para el exterminio. Pensar. Habría sido mejor, tal vez, si hubiese optado por la droga, que al menos, en algún momento del camino hacia el desbarrancadero, te da algo de placer… dicen. Alguna vez lo intenté, a decir verdad, pero debo ser un caso perdido, pues ni vocación de drogadicto tenía. A eso llamo yo no tener ni una puta afición, o adicción en este caso. Escogí, como dije, la vía lenta para el exterminio. Contar el tiempo. Miro el reloj. Las nueve y media. Otra vez llegaré a la conclusión de que no vale la pena levantarse. Me llevo las manos a la frente. Mis dedos tocan algo extraño. Tengo una cicatriz en la sien, pero por dentro.

30 de marzo de 2009

No debería llover cuando te dejan

Se marchó un sábado de lluvias torrenciales. Mientras ordenaba su ropa, me encerré en mi habitación y dormí muchas horas. Cuando desperté, ya era de noche... su sombra seguía haciendo maletas. Luego se despidió de los niños y sentí la puerta cerrarse.

Afuera había escampado… adentro, sin embargo, parecía que nunca iba a dejar de llover.




18 de marzo de 2009

Próxima estación... otoño

Bajó del vagón con el alma temblándole en las piernas. Había caminado unos pocos pasos por la línea amarilla dibujada en el piso del andén, cuando sintió que las puertas del tren se cerraban… ya era tarde para volver por la mirada que adivinó en su espalda…
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16 de marzo de 2009

¿Qué raza de perro eres?

Si yo fuera perro, sería un quiltro vagabundo. Me llamaría Guacho. Me pararía afuera de las carnicerías y supermercados. Me acostumbraría al frío y al calor... tal vez. Dormiría en la estación Pajaritos sobre un cartón, con la Chola, el Indio y el Flaite. Tendría un ojo tuerto y el alma coja.

(Y le ladraría a los autos de la avenida… desesperadamente).

9 de marzo de 2009

Ruido
Tanto ruido y al final...
(P.Guerra; J.Sabina)

A veces, cuando el sueño está a punto de cerrarme los ojos, escucho el ruido del mar. Entonces, un sobresalto me despierta y descubro, con tristeza, que es el ruido de los autos en alguna avenida próxima a mi cama.

Vuelvo, en ese diminuto instante, al mapa de mi niñez, en un pueblo tan lejano como el ruido del mar que ya no existe.



30 de enero de 2009

El amor no existe, María…

Es que no naciste para puta, María, por más que trates… Te dije que con ese corazón tuyo tan debilucho no llegarías ni a la esquina, que es donde se paran las putas a esperar a sus clientes. Si, ya sé que una vez te dije que el amor estaba a la vuelta de la esquina. Te mentí, María, y te pido perdón por eso. A la vuelta de la esquina, y en la esquina, sólo hay sexo. Sí, María, también recuerdo que me dijiste, en el colmo de tu soledad, que si no había amor, al menos aprovecharías la esquina para follar con quien estuviera disponible (que no son pocos). Que un buen revolcón no le viene mal a nadie, me dijiste. Y me mostraste una sonrisa canchera que no te comprabas ni tú, tú menos que nadie. Y ves, María, como yo tenía razón. Que ese corazón tuyo no tiene vocación de puto. Y tú, venga con que sí, que ya estabas harta de ser buena, que entre buena y estúpida no había diferencia. Pero quien nació para buena, o estúpida si quieres, no tiene mucho que hacer, María, sino asumirse en su condición de buena-idiota. Sí, no te enojes porque me río de los argumentos que me invento para convencerte. Bueno, vale, que ya es tarde, que ahora sólo tengo que vendarte ese corazón tuyo que viene de perder todas las batallas. Tampoco tienes que ser tan trágica, María, que estás malherida, pero vivita, y no te imaginas la de batallas que nos quedan por perder. Bah, deja que me ría de las desgracias nuestras, que las tuyas son mías y las mías tuyas. Dime que no parecemos dos putas en decadencia que recuerdan sus buenos tiempos. ¿Qué tú y yo no tuvimos mejores tiempos? Bueno, tampoco fuimos putas, que tu incursión en el rubro no llega ni a la categoría de aficionada. Es que estás imposible, María, vaya, si yo sólo quiero que sonrías un poco. ¿Qué como lo hago yo para no sufrir? Es que sufro igual, ¿sabes?, pero por otras razones. Razones existenciales, como diría ese amigo mío medio filósofo, o “insistenciales”, según mi versión de la teoría, por eso de insistir en vivir, que no es tan malo después de todo. Pero me estoy yendo del tema, como siempre. Ya, y a propósito de insistir, por esta noche no voy a seguir tratando de animarte, que bien sé que cuando uno está así, ni dios en persona con toda su corte celestial es capaz de convencerte de que no porque el amor te sea esquivo tienes que dejar de creer que esté en alguna parte. Que ese tema te da escozor. ¿Te dije o no te dije que los amores de una noche no son amores ni nada que se le parezca? Vale, que no te estoy riñendo. Te estoy vendando el corazón, que es lo único que se puede hacer ahora, y menos mal que me tienes a mí, María, que si no, te desangras… ¿Qué te pidió el teléfono? ¿Y qué hay con eso? Que con tal de acostarse contigo te habría pedido la mano si es preciso. No se hable más, y aunque me odies, ya no te dejo volver a salir a buscar sexo, que tú, a la primera de piel, al primer indicio de ternura ya sucumbes y crees otra vez que el amor existe. ¿Qué me contradigo? Eso siempre. Que lo que tú buscas es que te follen el alma, María, y eso, los forasteros no saben hacerlo…
Pero si ya me preguntaste eso, María. Bueno, te lo repito, no es que no sufra… cuando entendí que el amor existía, pero que no era bueno, guardé el corazón en el velador… (y no te imaginas cuánto sufre un corazón guardado). ¿Qué por qué te soporto? ¿Es necesario volver a hablar de eso? Sabes que me moriré vendándote el corazón. Porque fui tu primer mal… porque dejé que te enamoraras de mí, cuando la vida ya sabía que se había equivocado… María.

18 de enero de 2009

La literatura no existe, Juan

Y es por esas palabras tuyas, que parecen literatura, por lo que siempre regreso. Pero esta vez no, Juan, esta vez no voy a volver. Porque la literatura, a lo más, dura unos pocos días, un par de noches en que suena en mi oído, y la dicha parece que es verdad. Pero los días, Juan, son muy largos para que la literatura alcance a llenarlos, y a ti se te olvidan o cansan, yo que sé, los días con finales felices. Porque la literatura no existe, Juan, ésa, al menos no. Si la escribieras tú, Juan, la literatura -como dices siempre que lo harás- no sería bonita, sería más bien dura, Juan, punzante, filuda. Como hoy por la mañana, como tantas mañanas, Juan, en que tempranito se te olvida la literatura que me susurras al oído por la noche. Y yo, tan como si nada, tengo que aguantarme todo ese desprecio tuyo, que siento no me merezco, porque lo único que he hecho es quererte, tontamente quererte, Juan, que es como se quiere cuando no se pasa el amor por la cabeza. Es fea la literatura tuya, Juan, ya no me gusta, porque es de mentira, aunque suene bonito. Por eso, esta vez no voy a volver. Ni con rima, Juan. Esta vez no vuelvo. Y no vuelvo, porque se necesita mucho más que literatura en la oreja por las noches para querer a alguien. Una necesita un verso también, de vez en cuando, a lo largo de las largas horas del día, porque no te imaginas, Juan, lo interminables que se hacen las horas cuando, aunque tú estés, me siento más sola que la una, y es esa soledad de vacío que no sé explicar con palabras (que la literatura –como tú te empeñas en decirme- no es lo mío, que ese es tu terreno, y mira adónde fuimos a parar), la que me va llevando a la tristeza. Por eso, Juan, me voy, porque la tristeza cansa, no sabes cuánto. Me voy porque no existen los finales felices, eso ya lo entendí, pero al menos, si me voy y no vuelvo, será un solo y último final, y no uno cada día (y a veces, uno cada hora, Juan…). Y me voy ahora, Juan, que aún te quiero un poco, así el recuerdo tuyo será menos amargo. Porque si me voy cuando ya no te quiera nada, ni eso quedará, Juan, ni un miserable recuerdo tuyo. Y sabes, de sobra sabes, que eso ocurrirá, porque tú mismo me dijiste -cuando era el tiempo en que creíamos en los finales felices y para siempre- que uno quería a quien admiraba. No, no dijiste “quería”, dijiste “amaba”, que ya casi se me olvida este verbo. Y eso pasa, Juan, que ya no te admiro, por eso sé que no voy a volver, porque cada día te pareces más a uno de esos personajes que no importan… Juan.

16 de enero de 2009

Discurso

Si em dius adéu…

¿Recuerdas? Aquella vez, en tu ciudad, que por un tiempo también fue mía, llovía como si nunca hubiese dejado de llover. Hoy, sin embargo, el día es “limpio y claro”, al menos acá lo es. Deseo, de todo corazón, que esta claridad sea el mejor de los augurios para toda la nueva vida que comienza a vivirse en ti.

Dejó un momento el lápiz en el aire y pensó. Si hubiese podido ir ¿habría ido? Quizá sí, se dijo, y siguió escribiendo.

Hay personas que están hechas para rescatar la parte de felicidad que les toca. Hay quienes luchan por ella… hay quienes se la merecen. Hay quienes lo consiguen. Porque sí, porque ven siempre el lado amable de la vida. Tú eres de esas personas, y estás en el lugar que te corresponde… en la parte, y de parte, de la alegría.

Que tinguis sort…

Los miles de kilómetros que los separaban, océano de por medio, eran razón suficiente para justificar su ausencia. Vaya, la excusa perfecta.

Qué más puedo decir. Alguna vez, tú y yo, decidimos emprender un viaje. Creo habértelo dicho, cuando era el tiempo de decir, que tú portabas una maleta colmada de ilusiones, y que yo, en cambio, llevaba en mi equipaje una carga de desasosiego y desperdicio. Una tristeza ancestral, una herencia no deseada, que tú no tenías por qué ayudarme a cargar. Aún así, lo hiciste, y créeme si te digo que en más de una estación fui feliz… malgrat la boira.

Que tinguis sort…

Se detuvo a leer lo que llevaba escrito. Tachó palabras, cambió adjetivos, trasladó una frase… repitió un verso. Lo leyó en voz alta…

Que tinguis sort…

Qué más puedo decir. El corazón no razona y vuelve a querer… siempre, como si fuera la primera vez. ¡Salud por eso! Alzo una copa por tu corazón, por su osadía. Y por ti, por hacer del corazón tu guía.

No le gustó la rima de las últimas frases, pero no encontró la palabra para reemplazar “guía”. Y lo dejó así, tampoco se trataba de un texto literario. Era sólo una especie de discurso, que, por cierto, él no leería. Lo que importaba era que sonara verdadero y, ojalá, no triste, porque de verdad se alegraba por ella. Y si estaba triste no era por eso, por el motivo de su carta, sino porque era su costumbre.

I que trobis el que t’mancat amb mi

Cuánto sentido le hizo este verso y deseó con fuerza que así fuera…

No fue casualidad esta canción. Ahora que escribo este verso (en cursiva), me doy cuenta de ello. Fue un presagio, otro más, y puedo dar fe, después de tantos años, malgrat tot, que fue de los buenos. Porque mañana te casas; porque has encontrado un nuevo compañero de viaje; porque ya no estás sola… porque ya no estarás más sola…

Eso era todo lo que tenía que decir. Dobló la hoja lentamente, y la metió en el sobre como si de un ritual se tratara. Cuando ya lo iba a cerrar, volvió a sacar la hoja, la desdobló, lentamente, y escribió, entre paréntesis, la última frase.

(Desde mi estación de viajero inmóvil, mi abrazo para ti, para ambos).
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8 de enero de 2009

¿Quieres ser Jude Law?

Quiere ser Jude Law. Él Quiere ser Jude Law en esa película en que es administrador de un café muy de película, porque nunca hay clientes y siempre está por cerrar. En verdad, querría ser cualquier actor, pero quiere ser Jude Law porque es el protagonista de la película que terminó de ver hace un rato. En verdad, quiere ser un personaje de película. Quiere ser otro. Quiere ser un otro a quien le pase algo. Porque hace algunas semanas que está encerrado en casa, y cuando alguien se encierra en casa no pasa nada más que la rutina. Y la rutina se convierte en un rito odioso. Y los ritos odiosos, y las rutinas de mierda, no son historias para contar. Porque es distinto que a Jude Law no le pase nada, porque, como es película, al final seguro algo le ocurre.

Ël, sin embargo, llegará al final del día sin que le haya ocurrido nada. O sí, porque cuando no pasa nada, todo ocurre: el café de la mañana, la tostada. Y ocurren lentamente. Y luego -hasta la madrugada- le ocurre el libro de medicina que debe corregir para entregar antes de que acabe el mes. A ratos ocurre que come. A ratos, acaricia a sus perros.

Pero claro, ahora quiere ser Jude Law, porque desde hace dos días que ni la cabeza ni el cuerpo le responden muy bien. Entonces decide ver una película, y aunque Jude Law es un tipo tan solo como él, quiere serlo porque el guión, a Jude Law, le será favorable. El guión, los ángulos y lo planos…

Los ritos rutinarios y solitarios de Jude Law resultan poéticos. Los suyos en cambio, con el transcurrir de los días de encierro, han empezado a convertirse en certezas. Una taza con restos de café en el fondo del lavaplatos, una cuchara abandonada a su lado. Un vaso. Una servilleta arrugada. Un mantel doblado en muchas partes en la esquina de la mesa. Todo en su única unidad, Todo en singular. Lo único plural son las hojas del libro que corrige, los lápices… las migas de pan, que ocupan el resto de la superficie de la mesa.

De pronto, se da cuenta que no sabe si es miércoles o jueves. Se da cuenta que tampoco le importa. Se da cuenta que otra vez es la madrugada. Se da cuenta que está cansado… se da cuenta que nunca será Jude Law.



19 de noviembre de 2008

(Sin título)
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Ese jueves no fue la excepción a mi fe en las duchas milagrosas, incluso quise renovarla y decidí darme un largo baño de tina. No imaginaba que sería más largo de lo que pensaba. Mientras la bañera se llenaba, me preparé un café, fumándome el cuarto o quinto cigarro del día. Terminé de bebérmelo apoyado en el lavamanos, justo cuando el agua alcanzaba un nivel apropiado. Me metí a la bañera con el resto de pitillo que me quedaba apretado entre los labios, y me estiré, no del todo, porque mi cuerpo es más largo que la bañera, por eso quedó como esos Cristos crucificados, con unas rodillas flacas medio dobladas hacia un lado. A los pocos segundos, la nuca comenzó a dolerme y, por no tener a mano nada mejor, cogí el calzoncillo que me había sacado, lo doblé y lo acomodé entre la dura superficie y mi cabeza.

Al principio el agua tibia, casi caliente, me hizo olvidar, por un largo rato, que existía un mundo más allá de la frontera de mi cuerpo. La tibieza siempre ha sido para mí uno de los mayores placeres, casi un vicio, y si no sonara ridículo hasta diría que tiene algún efecto sicotrópico. Y con esa agradable sensación de abandono, no sé bien si me dormí o perdí la conciencia. El asunto es que cuando recobré el sentido, sentí en mi cuerpo la modorra aquella que me impide levantarme tantas veces; reconocí también, con rabia, el baño, con los artefactos y azulejos de siempre. Otra vez había perdido la fe y había recobrado la noción del tiempo. Tenía frío, el agua se había helado, pero era incapaz de salir de la bañera, como antes no había podido levantarme de la cama. En medio del agua, por allá donde asomaban las rótulas entumidas de Cristo, la colilla del cigarro flotaba a la deriva.

Comenzaba a tiritar, cuando sentí que alguien abría la puerta. Había olvidado que era jueves y Rosa venía a limpiar y ordenar mis últimos siete días. Entonces caí en la cuenta que llevaba más de dos horas metido en el agua. Creo que muy adentro de mí, me alegré de su llegada casi sin querer reconocerlo. Escuché la puerta cerrarse y sus pasos entrando a la casa. Luego, un leve ruido de bolsa plástica. La imaginé sacando el delantal de esa bolsa, y poniéndoselo con calma. La vi amarrándose el pelo… De pronto, el sonido de la radio que se enciende hizo que desaparecieran esas imágenes de mi cabeza. Busca una emisora hasta que encuentra una canción que le gusta. Pensé: Ojalá comience a limpiar por el baño, para que me encuentre, o que al menos tenga ganas de mear. Necesito que me encuentre. Tengo frío. Ni siquiera tendrá que abrir la puerta, cuando vives solo, nada más la puerta de entrada tiene sentido.


6 de noviembre de 2008

Lo raro de soñar

En medio de la noche, lo despertó un grito sordo, gutural. –Ayúdenme-. No tardó en darse cuenta que quien gritaba era él mismo. Y, aunque a los pocos segundos ya no recordaba lo que había soñado, no se atrevía a cerrar los ojos para volver a dormirse. La sensación de miedo y los desarticulados latidos de su corazón se lo impedían. Estiró la mano hasta el velador, cogió el teléfono y vio la hora. Cuatro de la mañana. Faltaban, al menos, dos horas para que comenzara a amanecer. Se revolvió inquieto, las sábanas se le habían enredado en las piernas y tuvo que luchar para liberarse de ellas. Definitivamente ya no podría volver a dormirse. Decidió levantarse y, sin encender la luz, como si temiese ser visto, comenzó a recorrer la casa. Si alguien lo hubiese observado, pensaría que buscaba algo… la razón de su desasosiego, tal vez, la causa de su pesadilla. Caminó hasta la sala y se detuvo a los pocos pasos, intentando adivinar los objetos en la penumbra. -Si estiro una mano- se dijo -tocaré el estante de los libros. Y en efecto, así lo hizo y sintió la textura de la madera en sus dedos. Dio unos pasos más y se paró detrás de donde debería estar el sillón de cuero negro. Y sí, estaba allí, y palpó el respaldo como lo haría un ciego. Se desvió un poco a la derecha, buscando la mesa del comedor. Aparentemente, todo estaba en su lugar. Entonces avanzó hasta el ventanal, guiado por una delgada línea de luz que se colaba desde el exterior. Descorrió un poco la cortina. Afuera, una espesa niebla cubría la ciudad, y se hacía evidente en los haces de luz que proyectaban las farolas del alumbrado público. Miró hacia un extremo de la calle. Sólo había silencio y soledad. Sintió, en ese instante, que el mundo estaba deshabitado. Cuando giró la cabeza hacia el otro lado supo lo que era sentir que la sangre se congele en las venas. Y, aunque la figura que vio en medio de la calle, caminando hacia la avenida, le daba la espalda, pudo reconocerse en ella. –Mierda- exclamó entre dientes- me volví a dormir. Intentó, a partir de ese momento, dominar su pesadilla. Caminó muy despacio hacia su habitación, siempre a oscuras, para no despertar al que dormía. Si lo hacía, temía que su cuerpo, en triplicado, quedara vagando por la eternidad en el limbo de los malos sueños. Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta de su dormitorio, instintivamente -como se suele hacer cuando uno está despierto- encendió la luz y miró hacia su cama…Sólo entonces comprendió que no estaba soñando.

30 de octubre de 2008

Últimos días de octubre

Esa tarde, en el café de siempre, o de casi siempre, sus ojos me hablaron una vez más de la tristeza que su boca nunca quiso contarme. Sus ojos siempre hablaban de tristeza; su boca, en cambio, sonreía lo más del tiempo, enseñando unos dientes pequeños y chuecos como si fueran fragmentos de una risa ajena.

Y, aunque hablaba de cosas intrascendentes, en cada palabra, en cada frase, parecía que el alma quería escapársele por los ojos. Y por las manos, que se movían como queriendo extraer respuestas del aire.

De pronto, su semblante cambio. Sus manos dejaron de revolver el espacio, aterrizaron en la mesa, y con un dedo comenzó a dibujar el contorno de la taza ya vacía…

-Mi sonrisa es de mentira- dijo-. Sonrío por costumbre, así como digo “bien”, cada vez que me preguntan cómo estoy. De este modo, te ahorras un montón de explicaciones que nadie quiere oír.

Me dieron ganas de decirle algo cariñoso, como tarado o imbécil, (siempre uso adjetivos ofensivos para demostrar afecto; los verdaderamente cariñosos me da una vergüenza tremenda pronunciarlos), y tuve el impulso de revolverle el cabello como se hace con un niño que ha dicho una tontera. Callé, sin embargo, contuve el impulso y sólo sonreí… por costumbre.

La música dejó de sonar, y en el breve silencio que flota entre una canción y otra, se quedó pensando y dijo:

-La vida no tiene banda sonora.

Luego, pagué la cuenta, y me marché… tan solo como había llegado, sin banda sonora, pero con esa molestosa voz “en off” que nunca me deja en paz.

23 de octubre de 2008

Suspiro limeño

-Buenos días, mi niño.

Dejó la bandeja con el desayuno en el velador. Subió la persiana y la habitación se llenó con las primeras luces del domingo. El pequeño se revolvió en la cama y sonrió.

-¿Cómo amaneció, mi niño?

Ella besó su frente y se despidió hasta la noche.

La micro la dejó en la estación Escuela Militar. En Baquedano hizo la combinación hacia Plaza de Armas, donde se bajó. En Catedral con Puente saludó a sus amigas sin detenerse. Se dirigió al centro de llamados, intercambió algunas palabras con el encargado, marcó el código 51-1…

Al otro lado, una mano pequeña descolgó el aparato…

-Buenos días, mi niño, ¿cómo amaneció…?


(Dedicado a las inmigrantes peruanas, que dejan a sus hijos en su país, para venir a Chile a cuidar hijos ajenos).